Danza
EN CLAVE DE Y
Cae, dicen los Blanditos… claro, ellos no pueden, tienen que luchar por elevarse. Ellos miran al cielo. Desde que son lo que son nos añoran, nos buscan… y es porque ellos también son nosotras, casi todos ellos son nosotras mantenidas por lo duro.
Pero no caemos. Danzamos.
Cuando copulan el ruido y la luz, empieza nuestra danza. Vamos hacia abajo, una busca a la otra, la otra a la otra, a veces despacio, a veces vértigo. Y antes de llegar abajo nos reconocemos, ¡oh, otra vez juntas! Desde el último viaje, ¿cuánto ciclo ha pasado? ¿Y esta vez, llegaré al mar? Ah, cuánto quisiera que tu anhelo, hermana, esta vez se cumpliera… quizás el azar te lleve conmigo, quizás me lleve de nuevo al mar, y eso ninguna de nosotras lo sabe. No sabe a dónde la llevará la danza.
Ya se ve todo, se viene, nos vamos hacia. El remolino que formamos, el que danza con el viento, nos acerca a la tierra. Si rodamos por esa barda y giramos hacia ese camino gris, y sorteamos las cosas que hacen los Blanditos para apresarnos, llegaremos al río. Entonces tendremos nuestra oportunidad: danzaremos con las hermanas de abajo, primero rápido, rápido, arrullando las orillas, jugando con los pececitos y los patos.
«¿Ese es el mar?», me pregunta la hermana que nunca ha terminado en el principio. Y es porque siempre la danza la lleva a una cuna barrosa, y ahí se queda, y cree que río es mar porque hay tantas y tantas danzando… no, todavía no. Falta jugar con las otras, ahora no tan rápido: el río se va a poner más sereno, y después de mucho, mucho, casi en una danza quieta, casi desmayada, entregada, no habrá límites. Llegaremos al mar.
Antes, la danza era un continuo ritmo de música mojada. ¿Antes de qué, hermana? Antes que los Blanditos inventaran tanto duro para apresarnos, de tanto que nos necesitan; diques, represas… presas. Palabras duras de los Blanditos.
Ya rodamos por sus caminos grises. ¡Eh!, vamos, remolino, avalancha, borrachera de danza… pero la Blandita no puede notarlo, ella se enoja, hermana, porque el Blandito pasó tan rápido dentro de lo duro que la bañó, la llenó de nosotras y de arcilla, y ella no puede vivir la magia, ella se arregló como las Blanditas se arreglan para sus haceres… y de sus ojos brotan hermanas que están adentro de ella, hermanas de furia que le enchastran las cosas que se pone para agradar más, y el Blandito sigue raudo dentro del duro, quizás ni se dio cuenta, la danza del duro es hostil, y dañino su vértigo, hermana.
Los Blanditos se han vuelto duros, su parte nuestra está perdiendo danza de alegría. Su luz no es la nuestra, es la que inventaron para llegar a alguna parte, el verde no es hoja, el rojo no es fuego, el amarillo no es sol… son señales para pasarse unos a otros: ya no saben darse paso solos… necesitan que cosas duras se lo digan.
¿Dónde estás? ¿Dónde estoy? Oh, no. Me caí de la Blandita, me junté con la de sus ojos, nos vamos hacia el pozo oscuro… acaricio cosas duras, cosas de olores muertos, la danza es ahora negra y rápida, danza de sombras… En este juego de puro azar, hermana, esta vez yo me quedo.
¿Llegarás al mar, hermana? ¿Será tu hora de danzar en el principio, al final del camino desde el rayo y la luz? Desde esta espesa oscuridad, espesa de nosotras mismas, hechas basura y túneles, desde este barro perverso que fabrico y me contiene -a mí, pequeñita que se encapsula sobreviviendo, agua aguantando, mientras la música se hace trueno subterráneo- te digo, hermana, quizás llegó tu hora. Quizás hayas danzado con otras en la música del universo y conozcas lo que apenas es un anhelo.
Pagarás por ello. Porque una vez que conozcas el mar, todo otro destino te hará sufrir. Todo tu anhelo «el mío» será que en el eterno ciclo de la danza, alguna otra vez lleguemos al mar.
Beba Salto
bebasalto@hotmail.com
EN CLAVE DE Y
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