Datos que se esfuman
Aunque se habla de la importancia de la "memoria", los partidarios del olvido son muchos y llevan las de ganar.
Como ella misma habrá previsto, durante su visita al país la secretaria de Estado -o sea, la ministra de Asuntos Exteriores- norteamericana, Madelaine Albright, recibió muchos pedidos de ayuda por parte de sus anfitriones. Lo que acaso no habrá esperado la funcionaria, empero, fue que tantos tendrían que ver con información sobre la Argentina misma. No sólo se trataba de la solicitud lógica del canciller Adalberto Rodríguez Giavarini de que los servicios de inteligencia de los Estados Unidos hagan un esfuerzo adicional por ayudar en el esclarecimiento del atentado contra la AMIA -la incapacidad de sus homólogos locales es notoria-, sino también de que abran sus archivos sobre la presencia en la Argentina de jerarcas nazis que se refugiaron aquí al hundirse el Tercer Reich en 1945. Y, como si esto ya no fuera suficiente, el juez Adolfo Bagnasco aprovechó la ocasión para reiterar su demanda de que los norteamericanos le den más información en torno de los desaparecidos durante la «guerra sucia» y al Plan Cóndor que fue en buena medida articulado por las fuerzas armadas argentinas. Por supuesto que no pensaba sólo en la eventual participación de la CIA u otra agencia estadounidense en la represión ilegal: también quería contar con más datos sobre asuntos exclusivamente internos.
De más está decir que los funcionarios y los jueces no son los únicos que han adquirido la costumbre de buscar en el exterior datos sobre la Argentina que podrían resultarles útiles. Lo hacen desde hace muchos años los historiadores locales, que saben muy bien que las bibliotecas norteamericanas o europeas atesoran los libros y documentos que necesitan y que acceder a ellos no plantea demasiadas dificultades, mientras que si tuvieran que limitarse a las fuentes locales podrían perder muchísimo tiempo, sin garantía alguna de encontrar lo que buscaran. Lo mismo ocurre en otros ámbitos: cualquier estudioso de la literatura argentina sabe que aunque los tomos que le interesan estarán disponibles aquí, a menudo le convendría buscarlos primero en Washington, Londres o París. A pesar de las sumas importantes que a través de los años se han invertido en la Biblioteca Nacional y su equivalente del Congreso, ambas son tan deficientes que sería injusto compararlas con centenares de colecciones municipales o universitarias del Primer Mundo.
En parte, la destrucción de «la memoria» así supuesta se debe a la voluntad de olvidar de distintos grupos. Por motivos comprensibles, a los militares no les gusta en absoluto la idea de que investigadores independientes hurguen en archivos que, si bien no contendrían secretos vinculados con la seguridad nacional, sí registrarían pormenores de actividades que los jefes actuales preferirían fingir creer que nunca ocurrieron. Asimismo, es de suponer que a los relacionados con el movimiento peronista no les complacería la difusión de datos sobre los fugitivos nazis que Juan Domingo Perón o sus a láteres invitaron a trasladarse al país y sorprendería que conservaran archivos sobre las andanzas de José López Rega. Aunque muchos hablan de la importancia de la «memoria», los partidarios del olvido son muchos y, a menos que sus adversarios reciban la ayuda extranjera, continuarán llevando las de ganar.
Otro aliado del olvido es la desidia. Con frecuencia, el país se entera de que otra colección de documentos valiosa fue tan mal almacenada que los libros y papeles que lo conformaban se vieron inutilizados. Cuando esto sucede, muchas personas eminentes manifiestan su profunda indignación y las autoridades correspondientes juran que no obstante los límites presupuestarios harán lo posible por asegurar que no se pierda nada más, pero, por las razones que fueran, tales promesas raramente dan lugar a medidas concretas.
Así, pues, debido a una combinación del pudor, por decirlo así, de los que quisieran que su propio pasado fuera distinto y con desidia por parte de los que no se sienten realmente comprometidos con su trabajo formal, los deseosos de saber más sobre nuestra historia tienen que recurrir a fuentes en el exterior, realidad que refleja una falta de seriedad que incide mucho en el presente y que, huelga decirlo, se proyecta hacia el futuro también.
Como ella misma habrá previsto, durante su visita al país la secretaria de Estado -o sea, la ministra de Asuntos Exteriores- norteamericana, Madelaine Albright, recibió muchos pedidos de ayuda por parte de sus anfitriones. Lo que acaso no habrá esperado la funcionaria, empero, fue que tantos tendrían que ver con información sobre la Argentina misma. No sólo se trataba de la solicitud lógica del canciller Adalberto Rodríguez Giavarini de que los servicios de inteligencia de los Estados Unidos hagan un esfuerzo adicional por ayudar en el esclarecimiento del atentado contra la AMIA -la incapacidad de sus homólogos locales es notoria-, sino también de que abran sus archivos sobre la presencia en la Argentina de jerarcas nazis que se refugiaron aquí al hundirse el Tercer Reich en 1945. Y, como si esto ya no fuera suficiente, el juez Adolfo Bagnasco aprovechó la ocasión para reiterar su demanda de que los norteamericanos le den más información en torno de los desaparecidos durante la "guerra sucia" y al Plan Cóndor que fue en buena medida articulado por las fuerzas armadas argentinas. Por supuesto que no pensaba sólo en la eventual participación de la CIA u otra agencia estadounidense en la represión ilegal: también quería contar con más datos sobre asuntos exclusivamente internos.
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