De casa en casa

Redacción

Por Redacción

la peña

jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar

El fenómeno resultaba cuanto menos tentador, divertido, pero era mucho más profundo y lo sigue siendo en la actualidad. Claro, lo dimensionábamos desde nuestra óptica de niños, veíamos cómo todos iban detrás de la imagen imponente, que llevada en alto parecía más enorme todavía. Era nada más ni nada menos que la imagen de la Virgen del Valle, patrona de Catamarca, con cuya visita todos se sentían honrados, se anotaban para recibirla en sus casas, había agasajo garantizado, bocaditos, licores, café, gaseosa, tortas, sandwiches y también mucho que rezar. Esa era la parte a la que más le escapábamos. El rezo nos mantenía cautivos, nos dejaba como atados a una ceremonia de la cual no entendíamos demasiado, pero la visita de la Virgen era un acontecimiento del que no podíamos quedarnos al margen. Había que anotarse y esperar para que la Virgen del Valle llegara a nuestra casa. Había que trabajar para que la Virgen llegara, porque no es que la imagen entraba a tu casa y nada más. Con ella venían los vecinos, gente del barrio y gente del pueblo que la seguía a todas partes, algunos porque eran devotos y otros porque sabían que en cada domicilio había comida abundante y bebida suficiente. La consigna era que si queríamos asistir a la visita de la Virgen debíamos ir respetuosamente y rezar a la par del resto, desde el primero al último y después podíamos participar del agasajo a las visitas, que en realidad eran visitas de la Virgen más que de cada casa. La idea nuestra era que la Virgen se merecía todo nuestro respeto, veníamos de una familia católica, íbamos a misa, cantábamos a los gritos en la Iglesia y nos confesábamos, pero no era para tanto, no nos veíamos rezando toda una tarde a cambio de un vaso de gaseosa o una porción de torta. Cuando éramos locales, es decir cuando la Virgen del Valle entraba a nuestra casa, la cosa era más complicada. Esa idea de que primero se atendían las visitas implicaba que si al final de la tarde de rezos quedaba algo, podíamos comer, caso contrario, como todos los días tomábamos en el comedor una taza de mate cocido con pan y listo. Todo eso rodeaba una visita de la Virgen del Valle, las señoras grandes que iban de visita ponían cara de circunstancia, rezaban como jamás se las escuchaba en la iglesia del pueblo. Y al final no quedaban ni las migas de la torta ni de los bocaditos. Y a pesar de todas las recomendaciones, en los días en que la Virgen del Valle visitaba los hogares, solíamos ir con un primo a comer, básicamente a eso, porque él había aprendido las mañas para que uno tuviera cara de devoto, él sí sabía poner cara de circunstancia, él sabía rezar y que se note, pero también sabía escaparse después de un rato, cuando considerábamos que habíamos rezado y comido lo suficiente. En cada casa averiguábamos cuál era el próximo destino de la Virgen y repetíamos el rito. Con los años nos dimos cuenta que en realidad muchos hacían lo mismo y no sólo niños, también algunos grandes que iban a rezar un rato como para cumplir y después comían en cada casa, tomaban como nunca y pájaro que comió voló. La Virgen del Valle es cosa seria en una buena parte del país, sobre todo en el noroeste, miles y miles de devotos llegan cada año a visitar la imagen y la gruta. Y miles de vecinos esperan tener la imagen en sus casas. Supongo que lo del agasajo a los invitados es un plus, porque si sólo se tratara de rezar tal vez no serían tantos los que acuden a cada casa. A pesar de los años, de las realidades distintas de un tiempo a otro, todo lo que rodea a la Virgen sigue en pie, desde los que sienten verdadera devoción hasta los que son atraídos por las comidas y bebidas.


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