Decisión estratégica

El problema básico de la educación es muy sencillo: les preocupa sólo a los integrantes de una minoría.

Por Redacción

Hace poco, el gremio docente CTERA difundió los resultados de una encuesta realizada por la consultora Equis, según los cuales la mitad de los maestros percibe menos de 500 pesos mensuales y por lo menos el veinte por ciento vive por debajo de la línea de pobreza. Aunque tales cifras no deberían haber ocasionado sorpresa alguna porque, al fin y al cabo, los salarios docentes han sido notoriamente miserables desde varias generaciones atrás, sindicalistas, políticos y otros reaccionaron con estupor como si se hubiera tratado de una novedad tan inesperada como increíble, afirmándose escandalizados por la condición de la educación en nuestro país. Así las cosas, es de prever que luego de las protestas y las manifestaciones rutinarias de pesar, la opinión pública opte por olvidar el asunto para que la difusión de los datos de la próxima encuesta también les proporcione una sorpresa mayúscula.

Aunque muchos atribuyen la depauperación de los docentes bien a las políticas deficientes del gobierno aliancista y de su antecesor peronista, bien al impacto del «neoliberalismo», la verdad es que en una fecha ya remota nuestra sociedad optó por minimizar la importancia de la educación, confiándola principalmente a mujeres «abnegadas» que, se suponía, estarían más que dispuestas a conformarse con salarios apenas simbólicos por sentir cariño por los niños. A través de los años, políticos y pensadores han hecho hincapié en la necesidad de hacer de la educación una prioridad absoluta, pero si bien la lógica contundente de sus planteos difícilmente pudo haber sido más convincente, ningún gobierno se ha sentido constreñido a actuar en consecuencia, sin duda por entender que las profesiones de fe en la educación que virtualmente todos suelen formular no deberían tomarse al pie de la letra: les encanta la educación, eso sí, y son plenamente conscientes de que se trata de algo imprescindible, pero el gobierno que procurara traducir el amor platónico así supuesto en una actitud más concreta, aumentando los impuestos a fin de costear una mejora salarial generalizada, no tardaría en verse frente a un estallido de ira ciudadana, como en efecto fue el caso cuando al gobierno de Menem se le ocurrió obligar a los dueños de vehículos a pagar un gravamen no muy grande con dicho propósito.

Aquel episodio nos dijo más sobre las prioridades auténticas del país, que todos los discursos de los políticos y las exhortaciones de los intelectuales. Los salarios docentes son tan exiguos porque la sociedad en su conjunto quiere que lo sean. De más está decir que también tiene otras formas de manifestar lo que realmente piensa de la educación. Todo intento de asegurar que los colegios sean más exigentes -en la medida en que sea factible mejorarlos cuando muchos docentes buenos ganan menos que mucamas- desata las protestas de quienes se oponen a que los chicos sean obligados a esforzarse. La sugerencia sensata de la entonces ministra de Educación, Susana Decibe, de que convendría que los alumnos hicieran sus deberes en casa motivó un alud de insultos y réplicas supuestamente sarcásticas pero en realidad patéticas. Y, lo mismo que sus homólogos del mundo entero, los gremialistas del sector se oponen tercamente a cualquier intento de controlar su desempeño.

El problema básico de la educación en nuestro país es sencillo: consiste en que el tema preocupa sólo a los integrantes de una minoría muy pequeña. Si no fuera así, los salarios docentes se hubieran visto aumentados mucho hace por lo menos medio siglo y a partir de entonces ningún gobierno se hubiera permitido correr el riesgo de dejarlos caer nuevamente por temor a los «costos políticos». Por lo tanto, es de prever que a pesar de la «sorpresa» momentánea causada por la mirada más reciente a la realidad, la calificación de De la Rúa de «Sarmiento del siglo XXI» y la angustia que sienten quienes no poseen los diplomas -no es una cuestión de conocimientos y comprensión- que a su juicio les asegurarían un buen empleo, muy poco cambiará. Para que ello suceda, sería necesario que la mayoría aceptara el hecho de que es producto de un sistema educativo ya sumamente deficiente y que se negara a permitir que sus hijos compartieran el mismo destino, «autocrítica» que, claro está, muy pocos tendrían la honestidad de intentar.