Déficit democrático

Por Redacción

Puede que el reemplazo de Silvio Berlusconi como primer ministro italiano por el tecnócrata Mario Monti, como el del griego Giorgos Papandreou por el banquero Lucas Papademos, haya servido para prolongar la vida del euro, pero a la larga el futuro de la moneda común dependerá de la voluntad de los ciudadanos de los países que lo usan de tolerar por mucho tiempo a gobiernos que, como todos saben, les fueron impuestos por la canciller alemana Angela Merkel, secundada por el presidente francés Nicolas Sarkozy –de ahí el mote de “Merkozy” con el que muchos europeos han bautizado a la dupla que los gobierna– y, desde luego, “los mercados” que, después de ensañarse con Grecia, han concentrado últimamente su atención en la magnitud de la deuda pública italiana. Aunque parecería que por ahora los griegos e italianos confían más en los tecnócratas que en los políticos, cuya incapacidad para alcanzar acuerdos firmes los ha exasperado, no hay ninguna garantía de que se hayan resignado definitivamente a los ajustes draconianos que los recién nominados tendrán forzosamente que emprender. Tampoco la hay de que Monti y Papademos resulten ser más eficaces que Berlusconi y Papandreou a la hora de instrumentar las reformas que todos consideran necesarias. Como éstos descubrieron, una cosa es convencer a la mayoría de los legisladores de votar a favor de medidas sumamente antipáticas, pero otra muy distinta es concretarlas contra la oposición tenaz de los sindicatos, los empleados públicos y empresarios reacios a respetar reglas que a su entender resultan propias de sociedades que les son ajenas. Huelga decir que en adelante todos los perjudicados por los ajustes aprovecharán al máximo el hecho innegable de que la fuente de legitimidad de sus respectivos gobiernos se encuentre en Berlín, no en Roma o Atenas como corresponde. No extraña, pues, que tanto en Italia como Grecia ya se haya comenzado a especular en torno a la expectativa de vida de gobiernos que carecen de una auténtica base de sustentación popular. Además de enfrentar los angustiantes problemas financieros que han surgido en la Eurozona, los dirigentes de la Unión Europea tendrán que preocuparse por el creciente déficit democrático, por la brecha que se ha abierto entre las elites políticas y mediáticas que están emotivamente comprometidas con el proyecto europeo y los demás que se sienten cada vez menos representados. En los referendos que se celebraron hace algunos años en Francia, Holanda e Irlanda, países renombrados por su presunta vocación europea, la mayoría sorprendió a dichas elites al negarse a ratificar la constitución propuesta a pesar de que la apoyaron casi todos los partidos políticos y la prensa, razón por la que los gobiernos europeos optaron por reemplazarla por un tratado que sólo precisaba ser aprobado por los parlamentarios, de tal modo manifestaron el desprecio que sienten por la voluntad popular. Asimismo, a esta altura es evidente que al grueso de los europeos no le interesa demasiado la idea de que la única forma de superar los problemas de la Unión Europea consista en “profundizarla”, transformando a los países que la integran en meras provincias gobernadas desde Bruselas. Antes bien, la mayoría quiere conservar un grado de autonomía incompatible con los objetivos de quienes sueñan con un superestado capaz de desempeñar un papel equiparable a aquel de Estados Unidos en el escenario internacional. Lo que acaba de suceder en Grecia e Italia ha demostrado una vez más que, a juicio de quienes llevan la voz cantante en Europa, las decisiones económicas son demasiado importantes como para permitir que la gente común tenga la última palabra. Dadas las circunstancias, tal actitud puede entenderse –las campañas electorales tienen que durar por lo menos algunas semanas, mientras que los mercados financieros hacen público su parecer en una cuestión de días, cuando no de horas–, pero así y todo es peligroso suponer que sea posible llevar a cabo programas de reformas drásticas que afecten negativamente a decenas de millones de personas sin tomar en cuenta sus puntos de vista, sobre todo si se difunde la impresión de que acarrean el sacrificio de los pueblos de los países débiles en beneficio de otros que son mucho más fuertes.


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