Del amor y otros demonios del siglo XXI
Cuestiones que vuelven a evaluarse bajo una nueva mirada.
Pablo E. Chacón
La cuestión del amor como un fenómeno digno de reflexión y atención a las mutaciones de las que ha sido objeto, retornó como una figura que diversos intelectuales trataron a lo largo del año sin ignorar las geografías, sus modos de aparición y la nueva recepción impuesta por las migraciones forzadas en el mundo global. Lejos está el planeta del baby boom de la posguerra, de la primavera del amor y del conservadurismo de los 90. Si existe un repliegue sobre el universo privado, es acompañado por una revalorización de la familia en todas sus formas, incluidas aquellas que en algún momento se consideraron disidentes (matrimonios del mismo sexo, trans, gay, lesbianas, etcétera). El discurso sobre el amor conoce hoy un reverdecer que algunos intelectuales que llegaron a la Argentina se encargaron de actualizar. ¿Las razones de ese reverdecer? Serán conjeturas pero no está de más sospechar una normalización después de años de descontrol primero y represión después a cambio de una vida supuestamente por fuera de los extremos. ¿Será casualidad que pensadores, sociólogos, psicoanalistas, escritores, filósofos, sociólogos, ensayistas se hayan volcado a pensar una experiencia de la cual se pueden contar, cuanto mucho, impresiones, pero de la cual es imposible adivinar su momento de aparición (esto es, la contingencia), su suerte, futuro y sustancia? Precisamente, si algo caracteriza al amor es su falta de sustancia. El filósofo francés Alain Badiou considera al amor uno de los procedimientos de la verdad. Y si bien en su hermoso “Elogio del amor” habla del flechazo, más importancia le da, si los amantes logran traspasar ese embrujo, a la duración. El deseo, para este señor es una materia imposible de regular, frágil y siempre al borde de la desaparición, por la cual no sólo alcanza con apostar. El escritor británico Alfred Hayes (después de su insuperable “Los enamorados”) volvió a la carga con “Que el mundo me conozca”, un texto que recuerda más a la escena norteamericana de los 50, a los textos de Arthur Miller o de Scott Firzgerald, sus personajes alienados, que al todo vale del Bret Easton Ellis de los 80. ¿El amor es tan viejo como el Homo sapiens? Nadie lo sabe. Sí se sabe que el matrimonio por conveniencia dio paso –junto con el capitalismo– al matrimonio por “amor”. Eso no quiere decir que el “amor” no hubiera existido antes, sino que sus manifestaciones eran sancionadas socialmente: que lo digan Romeo y Julieta, o Tristán e Isolda, que pagaron caro su osadía. Los sociólogos alemanes Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim, investigadores de la convivencia contemporánea y del individualismo posmoderno, emprenden un sesudo análisis sobre el amor a distancia. En “Amor a distancia. Nuevas formas de vida en la era global”, sostienen que las mujeres son la viga maestra del mundo contemporáneo. La entrada de la mujer al mercado de trabajo es una de esas revoluciones copernicanas que también estudia la ensayista marroquí Eva Illouz en “Por qué duele el amor”. Será una maldición o una bendición pero el amor es un episodio que no pasa desapercibido, incluso en esas tribus o etnias que desconocen otro trato que no sea el que implica la reproducción. Illouz pone el acento en la desarticulación del patriarcado y en la multiplicación de formatos, desde los más conservadores a los más “atrevidos”, y se anima a reinterpretar al sociólogo teutón Niklas Luhman, que en 1982, en “El amor”, describía, en su zona de influencia, la degradación del hombre, obligado a tomar las riendas de tareas como las domésticas que nunca había imaginado. El francés André Comte-Sponville revisa la historia del amor occidental en “Ni el sexo ni la muerte”, un poco a la manera de Denis de Rougemont. Su apuesta es por una pasión atemperada sin cláusulas o garantías de eternidad. Perder esa ilusión es una manera de vivir el momento, y quizá hasta de construir un futuro. La Argentina no ha dejado de ser una caja de resonancia de estos discursos. En las ciudades, las mujeres pasean su garbo y algunos hombres su desorientación. Si Antonioni, Bergman y Bertolucci contaban cierto ocaso masculino, Kieslowsky, Godard y Haneke cuentan la desesperación del hombre contemporáneo, ubicando, a su manera, el modo más notorio del malestar en la cultura. (Télam)
El libro del británico Alfred Hayes discurre sobre el amor en una puesta que se acerca al espíritu de los años 50.
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