Después de Chávez
Hugo Chávez fue un caudillo latinoamericano que, como Juan Domingo Perón, logró entusiasmar no sólo a los íntimamente convencidos de que es mejor que gobiernen militares sino también a muchísimos izquierdistas de mentalidad autoritaria. Como Perón, el venezolano contó con una abundancia de recursos naturales, en su caso los supuestos por reservas petroleras gigantescas, que le permitió repartir muchísimo dinero entre los estructuralmente pobres y, merced a su carisma personal, forjar con ellos lazos emotivos muy fuertes que con toda seguridad perdurarán, ya que sus seguidores atribuirán a otros los resultados negativos de una gestión extraordinariamente ineficaz. Es probable, pues, que el movimiento que se formó en torno a su figura a menudo extravagante sobreviva a su muerte, lo que plantearía problemas difícilmente superables por los gobiernos venideros, pero no lo es que el chavismo consiga mantenerse unido. Antes bien, no extrañaría que, lo mismo que el peronismo, se diluya hasta tal punto que no sea más que “una sensación” que afecte a todas las agrupaciones políticas de su país, incluyendo a las contrarias por principio al populismo prebendario, prepotente y fenomenalmente corrupto que en la actualidad es. Aunque en nuestro país Chávez fue, según una serie de encuestas de opinión, uno de los jefes de Estado extranjeros menos prestigiosos, tal inconveniente no le impidió hacer sentir su influencia en los círculos gubernamentales. Puede que los Kirchner entendieran que algunas recetas que a su juicio acaso eran apropiadas para Venezuela no funcionarían aquí, pero no obstante sus eventuales dudas se acercaron al “comandante”, tratándolo como un aliado imprescindible. En los años últimos, las relaciones comerciales y financieras bilaterales han florecido –en una oportunidad, Chávez ayudó al gobierno kirchnerista comprando bonos por varios miles de millones de dólares, si bien a tasas usureras–, mientras que tanto Néstor Kirchner como su esposa y sucesora, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se habrán sentido alentados por la guerra sin cuartel que libraba su amigo venezolano contra los “medios hegemónicos” y “la corporación judicial”, además de los organismos de control. En Santa Cruz se acostumbraron a tratarlos con desprecio, pero a sus ojos la conducta de Chávez en dicho ámbito y los argumentos inherentes al relato bolivariano habrán contribuido a legitimar sus pretensiones. Asimismo, Cristina no ha vacilado en modificar la política exterior nacional, aproximándola a la chavista apoyando un pacto con la teocracia iraní y, desde luego, alejándola todavía más de la preferida por Estados Unidos. A pesar de disfrutar la Venezuela chavista de una bonanza petrolera sin precedentes, puesto que durante la gestión de Chávez el precio del barril de crudo se multiplicó por diez, la situación económica que ha legado a sus sucesores difícilmente podría ser peor. Compite con la Argentina para ver cuál país latinoamericano pueda tener la tasa de inflación más alta del planeta. Debería de estar en condiciones de exportar alimentos, pero tiene que importar el 80% de los que consume. También le es forzoso importar gasolina, ya que no la procesa. Asimismo, por increíble que parezca, la Venezuela petrolera sufre una crisis energética crónica, con apagones constantes, atribuible a la inoperancia de un sector público politizado, y “baños socialistas” para ahorrar agua. Y como si todo esto no fuera más que suficiente, Caracas se ha visto transformada en la capital mundial de la inseguridad ciudadana: el año pasado se registraron casi 6.000 asesinatos en la ciudad. Así y todo, ni la ominosa crisis económica que se cierne sobre Venezuela ni el nivel terrorífico de violencia urbana, para no hablar de la corrupción obscena de personajes vinculados con el movimiento gobernante, pudieron privar a Chávez del apoyo de amplios sectores populares. En las elecciones del año pasado triunfó con facilidad relativa sobre su joven contrincante, Henrique Capriles. De celebrarse elecciones pronto, como prevé la Constitución, su sucesor designado, el nada carismático Nicolás Maduro, podría verse beneficiado por la nostalgia que ya sienten tantos venezolanos por el caudillo recién fallecido, pero no le sería del todo sencillo llenar el vacío que ha dejado el exparacaidista exuberante.
Hugo Chávez fue un caudillo latinoamericano que, como Juan Domingo Perón, logró entusiasmar no sólo a los íntimamente convencidos de que es mejor que gobiernen militares sino también a muchísimos izquierdistas de mentalidad autoritaria. Como Perón, el venezolano contó con una abundancia de recursos naturales, en su caso los supuestos por reservas petroleras gigantescas, que le permitió repartir muchísimo dinero entre los estructuralmente pobres y, merced a su carisma personal, forjar con ellos lazos emotivos muy fuertes que con toda seguridad perdurarán, ya que sus seguidores atribuirán a otros los resultados negativos de una gestión extraordinariamente ineficaz. Es probable, pues, que el movimiento que se formó en torno a su figura a menudo extravagante sobreviva a su muerte, lo que plantearía problemas difícilmente superables por los gobiernos venideros, pero no lo es que el chavismo consiga mantenerse unido. Antes bien, no extrañaría que, lo mismo que el peronismo, se diluya hasta tal punto que no sea más que “una sensación” que afecte a todas las agrupaciones políticas de su país, incluyendo a las contrarias por principio al populismo prebendario, prepotente y fenomenalmente corrupto que en la actualidad es. Aunque en nuestro país Chávez fue, según una serie de encuestas de opinión, uno de los jefes de Estado extranjeros menos prestigiosos, tal inconveniente no le impidió hacer sentir su influencia en los círculos gubernamentales. Puede que los Kirchner entendieran que algunas recetas que a su juicio acaso eran apropiadas para Venezuela no funcionarían aquí, pero no obstante sus eventuales dudas se acercaron al “comandante”, tratándolo como un aliado imprescindible. En los años últimos, las relaciones comerciales y financieras bilaterales han florecido –en una oportunidad, Chávez ayudó al gobierno kirchnerista comprando bonos por varios miles de millones de dólares, si bien a tasas usureras–, mientras que tanto Néstor Kirchner como su esposa y sucesora, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, se habrán sentido alentados por la guerra sin cuartel que libraba su amigo venezolano contra los “medios hegemónicos” y “la corporación judicial”, además de los organismos de control. En Santa Cruz se acostumbraron a tratarlos con desprecio, pero a sus ojos la conducta de Chávez en dicho ámbito y los argumentos inherentes al relato bolivariano habrán contribuido a legitimar sus pretensiones. Asimismo, Cristina no ha vacilado en modificar la política exterior nacional, aproximándola a la chavista apoyando un pacto con la teocracia iraní y, desde luego, alejándola todavía más de la preferida por Estados Unidos. A pesar de disfrutar la Venezuela chavista de una bonanza petrolera sin precedentes, puesto que durante la gestión de Chávez el precio del barril de crudo se multiplicó por diez, la situación económica que ha legado a sus sucesores difícilmente podría ser peor. Compite con la Argentina para ver cuál país latinoamericano pueda tener la tasa de inflación más alta del planeta. Debería de estar en condiciones de exportar alimentos, pero tiene que importar el 80% de los que consume. También le es forzoso importar gasolina, ya que no la procesa. Asimismo, por increíble que parezca, la Venezuela petrolera sufre una crisis energética crónica, con apagones constantes, atribuible a la inoperancia de un sector público politizado, y “baños socialistas” para ahorrar agua. Y como si todo esto no fuera más que suficiente, Caracas se ha visto transformada en la capital mundial de la inseguridad ciudadana: el año pasado se registraron casi 6.000 asesinatos en la ciudad. Así y todo, ni la ominosa crisis económica que se cierne sobre Venezuela ni el nivel terrorífico de violencia urbana, para no hablar de la corrupción obscena de personajes vinculados con el movimiento gobernante, pudieron privar a Chávez del apoyo de amplios sectores populares. En las elecciones del año pasado triunfó con facilidad relativa sobre su joven contrincante, Henrique Capriles. De celebrarse elecciones pronto, como prevé la Constitución, su sucesor designado, el nada carismático Nicolás Maduro, podría verse beneficiado por la nostalgia que ya sienten tantos venezolanos por el caudillo recién fallecido, pero no le sería del todo sencillo llenar el vacío que ha dejado el exparacaidista exuberante.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora