Después de la fiesta
El “modelo” kirchnerista pudo instalarse, para entonces profundizarse hasta adquirir su forma actual, porque desde el vamos ha contado con el respaldo de peronistas, radicales e izquierdistas. Durante años buena parte tanto de la clase política nacional como de la ciudadanía en su conjunto se resistió a entender que no resultaría sostenible a menos que los precios de los commodities continuaran aumentando a un ritmo infernal. Si bien algunos dirigentes criticaron aspectos determinados de la estrategia oficial, lo hacían sin mucha convicción, acaso por entender que podría resultarles políticamente costoso oponerse a medidas que la mayoría apoyaba. Es probable que, de no haber sido por el virtual silencio de los adversarios moderados del peronismo actualmente disidente, el radicalismo y la izquierda democrática, el gobierno hubiera manejado la economía con mayor cautela, sobre todo al hacerse evidente que la inflación cobraba fuerza. Sin embargo, los únicos que le advertían de que el “modelo” resultaría insostenible eran algunos economistas “ortodoxos” que serían calificados de “neoliberales” supuestamente responsables de la gran crisis del 2001 y el 2002. Poco ha cambiado en este ámbito desde los días triunfales de las míticas “tasas chinas”. A pesar de todo lo ocurrido últimamente, parecería que el consenso populista, compartido por el gobierno y por amplios sectores de la oposición, apenas se ha modificado. Por cierto, no hay señales de que los opositores más influyentes hayan llegado a la conclusión de que los ya rutinarios desastres económicos podrían tener algo que ver con las ideas voluntaristas que, de un modo u otro, reivindican casi todos los políticos locales. Si sólo fuera una cuestión de principios, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el ministro de Economía Axel Kicillof y el jefe de Gabinete Jorge Capitanich no vacilarían en oponerse a “la política antiinflacionaria de shock” que, según diversos integrantes del frente centroizquierdista, ya está aplicando el gobierno nacional, pero, desgraciadamente para ellos, no pueden limitarse a hablar de su propio compromiso irrenunciable con el bienestar popular. También tienen que gobernar el país que efectivamente existe. Aunque Cristina y sus colaboradores siguen esforzándose por convencernos de que nada los obligaría a tomar medidas antipopulares y se niegan con tozudez a pronunciar la palabra “inflación”, no han tenido más alternativa que la de poner en marcha un ajuste que en otras épocas les hubiera merecido la plena aprobación del FMI. Para los líderes de las distintas agrupaciones opositoras, es muy tentador insistir en que ajustes como el iniciado a regañadientes por los kirchneristas nunca son necesarios, de suerte que en su opinión el gobierno debería encontrar una forma menos dolorosa de combatir la inflación. Si hay una, nadie sabe en qué consistiría, ya que en todos los países, con la excepción de aquellos que, como Venezuela y la Argentina, tienen gobiernos convencidos de que les ha tocado inventar “modelos” muy superiores a los de otras latitudes, los dirigentes políticos coinciden en que sería demasiado peligroso permitir que la inflación se consolidara y que por lo tanto hay que hacer cuanto resulte necesario para impedirlo. ¿Cómo reaccionarían quienes piensan así frente a una crisis como la actual? En vez de argüir que los ajustes siempre son malos y que el gobierno debería concentrarse en defender el poder adquisitivo de los salarios y continuar repartiendo subsidios, procurarían amortiguar el impacto de la austeridad en los sectores más vulnerables, además de intentar estimular las inversiones productivas eliminando trabas burocráticas y respetando más la seguridad jurídica. Mal que nos pese, la gran fiesta populista ya ha terminado. No habrá forma de prolongarla. Ha llegado la hora de pagar las muchas facturas. Protestar contra la realidad así supuesta es inútil. Así y todo, es razonable esperar que los miembros más lúcidos de la clase política actual hayan aprendido algo de lo ocurrido para que, por fin, se frene el ciclo nefasto en que, luego de una etapa de expansión emocionante, el gobierno de turno descubre, para su asombro, que el dinero fácil se ha agotado dejándolo sin más opción que la de reducir drásticamente el gasto público.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 17 de marzo de 2014