Disidentes atrapados
Los izquierdistas se consuelan diciéndose que si dieran el portazo, el giro gubernamental a la derecha sería mayor.
Este primer año de la gestión del presidente Fernando de la Rúa está resultando ser muy difícil tanto para los miembros de los diversos minipartidos de izquierda que por incluirse en el Frepaso forman parte de la Alianza, como para aquellos radicales que se creen progresistas. Con ingenuidad conmovedora, antes de las elecciones del año pasado muchos creyeron que desde el vamos un gobierno aliancista estaría en condiciones de poner fin a la «hegemonía neoliberal», repartiendo más equitativamente el ingreso, castigando como corresponde a todos los corruptos menemistas y alejándose de los Estados Unidos y del Fondo Monetario Internacional. Si bien siempre habían sabido que De la Rúa, además de ser un conservador nato, era un hombre sumamente cauteloso, no habían imaginado que su gobierno se vería obligado por las circunstancias a adoptar una estrategia económica que de muchas maneras sería aún más «derechista» que la aplicada por el presidente Carlos Menem en la fase final de su mandato cuando por motivos electoralistas actuó como un populista tradicional. Aunque en teoría no son del todo incompatibles el socialismo y el rigor fiscal -por el contrario, en Europa y en Asia, distintos gobiernos socialistas o comunistas han manejado las cuentas públicas con severidad puritana-, aquí los izquierdistas, lo mismo que los populistas, entienden que el respeto por la realidad económica es un lamentable vicio «liberal», un mero pretexto por robarles a los pobres el fruto de sus sacrificios, razón por la cual tanto el impuestazo ordenado por De la Rúa como el ajuste que lo siguió merecieron su viva desaprobación, mientras que el vigor con el que el vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez los ha defendido les ha parecido una forma de «traición».
Ultimamente, los izquierdistas y sus socios radicales, hartos de tragar un sapo tras otro, han estado debatiendo la conveniencia de continuar respaldando al gobierno. Aunque sus representantes han aprovechado plenamente su libertad para vociferar críticas contra las medidas tomadas por el ministro de Economía, José Luis Machinea, saben que la ambigüedad así supuesta no sólo parece hipócrita sino que también irrita sobremanera a De la Rúa, al desvirtuar sus esfuerzos por convencer a la ciudadanía de que la Alianza está más unida que nunca. Con todo, a pesar de la conciencia de que es mínima su afinidad ideológica con «su» gobierno, los izquierdistas han podido consolarse diciéndose que si finalmente dieran el portazo que tantas veces han insinuado, el único resultado sería que el giro hacia la derecha gubernamental se haría todavía más pronunciado. Para colmo, tienen que tomar en cuenta el riesgo de que una ruptura debilitaría tanto a la Alianza que a De la Rúa no le quedaría otra alternativa que suplicar la ayuda de distintos sectores peronistas. Si esto sucediera, la posibilidad de que en el futuro previsible el país tuviera un gobierno más «progresista» que el actual se reduciría a cero.
Mal que bien, por ahora, el aglutinante más fuerte con el cual cuenta la Alianza consiste precisamente en el temor que sienten los muchos disidentes a que los odiados «neoliberales» estén conspirando con el propósito de expulsar a los «progresistas» con la esperanza de reemplazarlos por personajes a su juicio más apropiados. Tal actitud puede considerarse un tanto paranoica, para no decir autoritaria -las «campañas» neoliberales han consistido en nada más siniestro que críticas hacia la gestión de Machinea-, pero desde el punto de vista de De la Rúa ha resultado muy útil. Por motivos políticos, le conviene que el coro griego disidente que lo ha acompañado permanezca en su lugar actual. Aunque le convendría aún más ser jefe de un gobierno más homogéneo conformado casi exclusivamente por personas comprometidas con el «rumbo» que ha emprendido, la realidad política argentina es tal que sería difícil imaginar una coyuntura que le permitiera modificar su composición actual sin provocar la reacción virulenta no sólo del grueso de la UCR sino también de los sindicatos y de caciques peronistas, que a pesar de estar bien a «la derecha» del presidente no pasarían por alto una ocasión para atacarlo desde la izquierda.