Doblan las cacerolas

Por Redacción

De tomarse en serio las afirmaciones del jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, a una proporción asombrosa de los porteños, cordobeses, rosarinos y otros argentinos “le importa más lo que ocurre en Miami que en San Juan”, o sea lo que decía la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en el discurso televisado que pronunciaba mientras decenas, quizás centenares, de miles de personas protestaban contra la prepotencia oficialista. No es exactamente una novedad que ciertos funcionarios del gobierno kirchnerista sienten aversión por los números, razón por la que transformaron el Indec en una usina propagandística, pero la reacción de Abal Medina y otros voceros oficiales frente a los cacerolazos multitudinarios que, para sorpresa no sólo de todos los políticos sino también de los medios periodísticos, estallaron la noche del jueves a lo ancho y lo largo del país fue tan ridícula como peligrosa. Es absurdo tratarlos como manifestaciones organizadas por una pequeña minoría oligárquica interesada en nada más que las tiendas de Miami; si Cristina y sus subordinados realmente creen que, con la excepción de algunos ricos bien vestidos que fantasean con viajar de compras a una ciudad norteamericana, los apoya el país entero, no tardarán en darse cuenta de las dimensiones de su error. Mal que les pese a los kirchneristas, lo que sucedió el jueves no puede minimizarse. Fue la movilización ciudadana más impactante que hemos visto desde mediados del 2008, cuando dividía el país el enfrentamiento del gobierno con el campo, pero en esta oportunidad no hubo líderes conocidos y no actuaron organizaciones acostumbradas a llevar a las plazas a cantidades impresionantes de personas en micros. No hubo choripán ni columnas nutridas de sindicalistas traídos desde provincias lejanas: fue una multitud autoconvocada que se reunió a través de las redes sociales para protestar contra el rumbo que ha tomado el país. Lo que temen los muchos que participaron es que el gobierno, por una mezcla de ineptitud, codicia oportunista, autoritarismo primitivo y terquedad ideológica, termine provocando un desastre generalizado que los prive de libertad, dignidad y el nivel de vida al que se han acostumbrado. Para ellos, la inflación que según el gobierno es un problema menor que sólo inquieta a la clase media, el intento grotesco de hacer creer que es posible vivir con seis pesos diarios, el cepo cambiario, la apropiación cada vez más frecuente, y cada vez más molesta, por la presidenta de la cadena nacional de televisión y radio con el propósito de obligar a la ciudadanía a escuchar otra arenga autorreferencial, la corrupción y la inseguridad son síntomas de un proceso degenerativo que nadie parece estar en condiciones de revertir. Si bien Cristina fue el blanco principal de las consignas improvisadas por los manifestantes que, huelga decirlo, se opusieron robustamente a una reforma constitucional destinada a permitirle eternizarse en el poder, también enviaron un mensaje a los opositores. La incapacidad patente de los dirigentes de una oposición penosamente fragmentada para desempeñar un papel constructivo ha contribuido mucho a agravar la etapa actual de la según parece crónica crisis nacional. Tanto los atropellos perpetrados por funcionarios y militantes kirchneristas que se proclaman resueltos a “ir por todo” –un eslogan que sería más apropiado para una banda de saqueadores que para un movimiento político– como la a veces apenas creíble torpeza de los diversos personajes que están a cargo de manejar la economía nacional se deben no sólo a la soberbia de demasiados integrantes del gobierno sino también a la ausencia aparente de una alternativa confiable. En efecto, el triunfo electoral que consiguió Cristina en octubre pasado pudo atribuirse a la sensación difundida de que sería mejor prolongar por algunos años más el statu quo de lo que sería arriesgarse invitando a un candidato opositor a emprender la tarea nada fácil de “construir poder”. Parecería que desde entonces muchos que votaron por Cristina han cambiado de opinión, pero hasta ahora ninguna agrupación opositora ha logrado brindar la impresión de estar en condiciones de reemplazar al kirchnerismo, de ahí la frustración que sienten quienes resucitaron el grito de batalla del 2001 y el 2002: “que se vayan todos”.


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