Dolor e impotencia

Redacción

Por Redacción

El presidente Néstor Kirchner fue bien recibido por la multitud que asistía al acto que conmemoró el noveno aniversario del atentado contra la AMIA, pero no es nada seguro que sea tratado de la misma manera el 18 de julio del año próximo a menos que antes de esa fecha haya caído el régimen teocrático que ya se ve repudiado por la mayoría de los iraníes, pero que está más que dispuesto a echar mano a la violencia en un esfuerzo por reprimir la oposición creciente. Estaba en lo cierto Kirchner cuando dijo que «la investigación del caso de la AMIA es una vergüenza nacional», pero los responsables de llevarla a cabo han tenido sus motivos para temer acercarse demasiado a la verdad.  Entre ellos está la sospecha de que la «pista local» los conducirá a sectores peligrosos vinculados con la Policía Bonaerense y agrupaciones de la ultraderecha conformadas por ex militares con contactos políticos que sus socios preferirían no confesar, además de la convicción, acaso cobarde pero no por eso incomprensible, de que no nos convendría internarnos demasiado en el sanguinario avispero de Medio Oriente. Según el presidente de la DAIA, José Hercman, se trató de «un acto de guerra planeado y ordenado por el gobierno de la República Islámica de Irán ejecutado por asesinos fundamentalistas de Hizbollah con la complicidad de argentinos, delincuentes de civil y de uniforme», juicio éste que refleja con precisión los datos disponibles.   Pues bien: el que la Argentina ya haya sido víctima de un ataque criminal por parte de «fundamentalistas islámicos» constituye una razón contundente para ayudar a Estados Unidos y el Reino Unido en su intento de transformar Afganistán e Irak en democracias en las que el terrorismo de raíz religiosa, que no es producto de la miseria y la extrema desigualdad sino de la voluntad de los tradicionalistas de enfrentarse con el Occidente en un terreno en el que éste carece de ventajas, pueda ser combatido con mayor eficacia. Por precarios que hayan resultado ser los pretextos tácticos para la guerra contra Saddam Hussein que, según parece, no contaba con la «armas de destrucción masiva» que él mismo daba a entender que poseía, la justificación estratégica sigue intacta porque a menos que los países comprometidos con la democracia logren que los de cultura islámica participen de «la globalización» no será posible impedir que bandas de fanáticos rencorosos sigan atacando blancos como la embajada de Israel y la sede de la AMIA aquí y las Torres Gemelas y el edificio del Pentágono en Estados Unidos. A pesar de tales atentados, parecería que en buena parte del mundo la opinión pública insiste en creer que la mejor forma de reducir el peligro consistiría en dar la otra mejilla, hablar de paz y prometer más ayuda económica, aunque tales reacciones sólo servirían para envalentonar a los terroristas al convencerlos de que todos los países occidentales pueden ser atacados con tanta impunidad como hasta ahora ha resultado ser el caso con la Argentina.   Por desgracia, no estamos en condiciones de defendernos contra los clérigos iraníes, los terroristas del Hizbollah o de cualquier otra organización similar sin la plena colaboración de Estados Unidos, Europa e Israel. Si por motivos ideológicos, nacionalistas o antinorteamericanos nos negamos a asumir las connotaciones de esta realidad evidente, lo único que podremos hacer frente a una nueva atrocidad será protestar, celebrar actos conmemorativos y pedir al régimen considerado responsable que detengan a los autores intelectuales.  Divididos, los países libres, sobre todo los más atrasados, son débiles frente al terrorismo internacional; unidos, están en condiciones de contrarrestarlo, aunque para hacerlo a veces se vean constreñidos a ir al extremo de ocupar militarmente lugares dominados por dictadores que ni siquiera procuran disimular su agresividad hacia el resto del mundo.  Si bien las perspectivas así abiertas no son del todo atractivas para la mayoría que sólo quiere vivir en paz y que quisiera creer que hoy en día la fuerza militar es un anacronismo, los atentados contra la embajada israelí y la AMIA, que fueron seguidos por los ataques aún más espectaculares contra blancos en Nueva York y Washington, prueban que la pasividad puede resultar infinitamente peor.   


El presidente Néstor Kirchner fue bien recibido por la multitud que asistía al acto que conmemoró el noveno aniversario del atentado contra la AMIA, pero no es nada seguro que sea tratado de la misma manera el 18 de julio del año próximo a menos que antes de esa fecha haya caído el régimen teocrático que ya se ve repudiado por la mayoría de los iraníes, pero que está más que dispuesto a echar mano a la violencia en un esfuerzo por reprimir la oposición creciente. Estaba en lo cierto Kirchner cuando dijo que "la investigación del caso de la AMIA es una vergüenza nacional", pero los responsables de llevarla a cabo han tenido sus motivos para temer acercarse demasiado a la verdad.  Entre ellos está la sospecha de que la "pista local" los conducirá a sectores peligrosos vinculados con la Policía Bonaerense y agrupaciones de la ultraderecha conformadas por ex militares con contactos políticos que sus socios preferirían no confesar, además de la convicción, acaso cobarde pero no por eso incomprensible, de que no nos convendría internarnos demasiado en el sanguinario avispero de Medio Oriente. Según el presidente de la DAIA, José Hercman, se trató de "un acto de guerra planeado y ordenado por el gobierno de la República Islámica de Irán ejecutado por asesinos fundamentalistas de Hizbollah con la complicidad de argentinos, delincuentes de civil y de uniforme", juicio éste que refleja con precisión los datos disponibles.   Pues bien: el que la Argentina ya haya sido víctima de un ataque criminal por parte de "fundamentalistas islámicos" constituye una razón contundente para ayudar a Estados Unidos y el Reino Unido en su intento de transformar Afganistán e Irak en democracias en las que el terrorismo de raíz religiosa, que no es producto de la miseria y la extrema desigualdad sino de la voluntad de los tradicionalistas de enfrentarse con el Occidente en un terreno en el que éste carece de ventajas, pueda ser combatido con mayor eficacia. Por precarios que hayan resultado ser los pretextos tácticos para la guerra contra Saddam Hussein que, según parece, no contaba con la "armas de destrucción masiva" que él mismo daba a entender que poseía, la justificación estratégica sigue intacta porque a menos que los países comprometidos con la democracia logren que los de cultura islámica participen de "la globalización" no será posible impedir que bandas de fanáticos rencorosos sigan atacando blancos como la embajada de Israel y la sede de la AMIA aquí y las Torres Gemelas y el edificio del Pentágono en Estados Unidos. A pesar de tales atentados, parecería que en buena parte del mundo la opinión pública insiste en creer que la mejor forma de reducir el peligro consistiría en dar la otra mejilla, hablar de paz y prometer más ayuda económica, aunque tales reacciones sólo servirían para envalentonar a los terroristas al convencerlos de que todos los países occidentales pueden ser atacados con tanta impunidad como hasta ahora ha resultado ser el caso con la Argentina.   Por desgracia, no estamos en condiciones de defendernos contra los clérigos iraníes, los terroristas del Hizbollah o de cualquier otra organización similar sin la plena colaboración de Estados Unidos, Europa e Israel. Si por motivos ideológicos, nacionalistas o antinorteamericanos nos negamos a asumir las connotaciones de esta realidad evidente, lo único que podremos hacer frente a una nueva atrocidad será protestar, celebrar actos conmemorativos y pedir al régimen considerado responsable que detengan a los autores intelectuales.  Divididos, los países libres, sobre todo los más atrasados, son débiles frente al terrorismo internacional; unidos, están en condiciones de contrarrestarlo, aunque para hacerlo a veces se vean constreñidos a ir al extremo de ocupar militarmente lugares dominados por dictadores que ni siquiera procuran disimular su agresividad hacia el resto del mundo.  Si bien las perspectivas así abiertas no son del todo atractivas para la mayoría que sólo quiere vivir en paz y que quisiera creer que hoy en día la fuerza militar es un anacronismo, los atentados contra la embajada israelí y la AMIA, que fueron seguidos por los ataques aún más espectaculares contra blancos en Nueva York y Washington, prueban que la pasividad puede resultar infinitamente peor.   

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