Dominós tambaleantes

Por Redacción

A diferencia de los políticos, que por distintos motivos pueden demorar semanas o incluso meses antes de tomar medidas destinadas a solucionar un problema urgente, los mercados suelen reaccionar con rapidez vertiginosa frente a cualquier novedad que les parezca significante, aun cuando sólo sea cuestión de un rumor disparatado. Es lo que sucedió luego del colapso en septiembre del 2008 del banco de inversión Lehman Brothers, que dejó el sistema financiero internacional en estado de coma por algunos días, y a comienzos del año actual, cuando en un lapso sumamente breve quienes operaban en los mercados llegaron a la conclusión de que Grecia se encontraba al borde de la quiebra y que por lo tanto les convendría vender cuanto antes activos que podrían perder valor. Puede entenderse, pues, la alarma que se ha difundido en las principales capitales del mundo a raíz de las dificultades financieras de dos países pequeños, Irlanda y Portugal, cuyo producto anual es inferior a aquel de estados norteamericanos de escasa importancia económica como Maryland, Arizona y Alabama. Muchos temen que se produzca una reacción en cadena que afecte no sólo a los dos sino también a otros países, incluyendo Alemania y Francia, por el impacto en el sector bancario. Por estar en la Eurozona, en los años gordos Irlanda y Portugal pudieron acumular deudas tan enormes que, para mantenerse a flote en los flacos, necesitarán contar con el apoyo de todos sus socios, pero por razones comprensibles los países solventes, en especial Alemania, son reacios a ayudarlos. Con razón o sin ella, los contribuyentes alemanes propenden a atribuir los problemas de sus socios a la falta de disciplina y, lo mismo que ciertos norteamericanos cuando nuestro país estaba por precipitarse en un abismo financiero, sienten que deberían ser castigados por la irresponsabilidad de sus dirigentes. Huelga decir que las declaraciones contundentes en tal sentido de la canciller Angela Merkel y otros voceros del gobierno alemán sólo han servido para agravar todavía más una situación ya muy difícil. A menos que los dirigentes políticos de países como Alemania y Francia cambien de actitud muy pronto, empero, los mercados podrían en efecto declarar en bancarrota a Irlanda y Portugal, lo que, el temido contagio mediante, tendría consecuencias dolorosas para España y, tal vez, Italia, las que también son consideradas vulnerables. Según los más apocalípticos, el impacto sería tan fuerte que la Eurozona caería en pedazos, pero incluso los relativamente optimistas entienden que un área monetaria no puede funcionar por mucho tiempo si todos los países integrantes defienden con pasión lo que aún les queda de su soberanía económica. Los irlandeses no quieren que su país sea rescatado por las autoridades financieras de la Unión Europea; saben que les supondría una humillación apenas soportable después de haber desempeñado el papel del “tigre celta” y disfrutar de un ingreso per cápita entre los más altos del planeta, una humillación que, para más señas, los perjudicaría mucho en los próximos años. A diferencia de los portugueses, españoles e italianos, antes de estallar la crisis financiera los irlandeses tuvieron motivos de sobra para sentirse orgullosos de la manera en que habían salido de la pobreza creando una economía basada en un sistema educativo bueno y la voluntad de apostar a la alta tecnología, pero en medio de la euforia cometieron un error muy grave: como los españoles, permitieron que se formara una burbuja inmobiliaria que andando el tiempo adquiriría dimensiones monstruosas y que, como sucedió en Estados Unidos y el Reino Unido, llenaría el sistema bancario de activos tóxicos. Sin embargo, mientras que, por ahora cuando menos, los norteamericanos y británicos han contado con recursos financieros suficientes como para sostener sus bancos y, de todos modos, pueden devaluar sus monedas respectivas, la economía irlandesa es demasiado chica como para darse el lujo de gastar aproximadamente 100.000 millones de dólares para impedir el derrumbe de sus bancos y su gobierno no puede modificar el valor del euro que, merced en buena medida a las proezas exportadoras de Alemania y la negativa del Banco Central Europeo a actuar como la Fed estadounidense, sigue siendo una divisa muy fuerte.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Co-directora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 18 de noviembre de 2010


Exit mobile version