Duhalde, el meritócrata
Por James Neilson
A veces, sólo a veces, Eduardo Duhalde nos sorprende permitiéndose una opinión que parece ser de honestidad desconcertante. Es lo que hizo algunos años atrás cuando dijo que «no hay cosa» más mentirosa en este mundo que «un político en campaña». Y lo hizo nuevamente la semana pasada al opinar que la Argentina «es un país con todas las potencialidades para ser muy importante» pero «tiene una dirigencia de mierda», con «una mediocridad absoluta». ¿Está en lo cierto? ¿Son tan malos los políticos, sindicalistas y empresarios argentinos? A juzgar por la condición actual del país, sería legítimo ubicarlos entre los peores de la Tierra, pero si los comparamos con sus homólogos de otras latitudes, su presunta inferioridad no es tan evidente porque en todas partes pueden encontrarse políticos venales e ignorantes, sindicalistas matonescos y empresarios tan codiciosos como chapuceros. Con todo, mientras que en los países más prósperos por lo menos ya es poco común que los peores logren marginar por completo a los más capaces, aquí su dominio parece casi absoluto.
La confesión o autocrítica de Duhalde, un «dirigente» profesional de mediocridad indiscutible, entraña una cuota de demagogia: hablar pestes de los dirigentes, atribuyéndoles todos los defectos del país, es una forma de decir que los demás son maravillosos y que si no fuera por la estupidez de los políticos no tardarían en asombrar al mundo. Esta convicción, que ya es tradicional, es peligrosa porque pasa por alto la importancia fundamental de la educación. Aunque es de suponer que los habitantes de la Argentina poseen tanto talento natural como los europeos, norteamericanos o japoneses – según ciertos nacionalistas, suelen ser superdotados -, la verdad es que a muy pocos les ha sido dado cultivarlo, lo cual quiere decir que, conforme a las pautas concretas que imperan en el mundo moderno, por término medio distan de ser tan sobresalientes como tantos dicen creer.
No sólo es cuestión del nivel educativo promedio de la población en un momento determinado o de la diferencia entre un analfabeto por un lado y un doctor en filosofía por el otro, sino del hecho patente de que las personas que se han formado en sociedades intelectual y moralmente más exigentes se han acostumbrado a esforzarse mucho más, lo cual los ha obligado a desarrollar capacidades mentales que sin el ejercicio constante se hubieran atrofiado. Al nacer, todos los pueblos serán iguales, pero a partir de entonces el grueso de los habitantes de los países atrasados comienza a perder terreno hasta que, al alcanzar la madurez, la brecha que separa a todos salvo los integrantes de una minoría reducida de sus coetáneos del Primer Mundo resultará insuperable. Desde luego, a muchos les parece antipático hablar de «superioridad» o «inferioridad», pero al lamentar la «mediocridad» de los dirigentes actuales Duhalde, un populista nato, aseveraba que lo que la Argentina necesita más es una buena dosis de «elitismo», es decir, de respeto por ciertas cualidades que a través de los siglos han sido consideradas típicas de los «mejores».
Tanto aquí como en todos los demás países que son políticamente independientes, la dirigencia es producto de la sociedad en su conjunto. La representa. Nadie obligó a los argentinos a votar sistemáticamente en favor de los individuos denunciados en masa por el ex candidato a la presidencia de la República. Si la dirigencia argentina es tan asquerosamente mediocre como afirma Duhalde, es porque en última instancia la mayoría la ha preferido así. De lo contrario, ya hubiera remplazado al establishment sociopolítico dominante por otro conformado por personas más idóneas – más inteligentes, más cultas, más austeras, más honestas y más aplicadas -, pero no lo ha hecho y, tal como están las cosas, no hay demasiados motivos para prever que las próximas elecciones produzcan un cambio realmente notable.
Todo orden político, económico y social propende a reproducirse. El argentino no es una excepción a esta regla deprimente. Por razones comprensibles, los mediocres, lo mismo que los corruptos, hacen lo posible por mantener a raya a quienes acaso no lo sean, rodeándose de sus congéneres – si pueden, de sus propios familiares – e insistiendo en que lo único que importa es la lealtad perruna. Han tenido tanto éxito en la empresa de colonización así supuesta que han conseguido reducir a su propio nivel no sólo los gobiernos y las legislaturas sino también la administración pública, el Poder Judicial y las universidades, eliminando de este modo focos de rebelión en potencia. Como si todo esto no fuera suficiente, su larga hegemonía económica hizo imposible el surgimiento de un empresariado capaz de competir con sus equivalentes de otros países. De esta forma, los grupos dominantes han diseminado sus propios valores cínicos, su cultura particular, con el resultado de que si bien la sociedad parece estar reclamando un cambio revolucionario, lo que rechaza no es tanto la mediocridad de sus dirigentes cuanto las exigencias a su juicio excesivas planteadas por un mundo que está haciéndose más competitivo por momentos.
La alternativa a la kakistocracia, o sea, gobierno de los peores, que horroriza a Duhalde no es una aristocracia en el sentido tradicional sino lo que se llama una «meritocracia», un orden en el que los premios más envidiables suelen repartirse entre los que por su capacidad congénita y sus esfuerzos parecen merecerlos. Aunque ninguna sociedad es una meritocracia auténtica, el ideal así resumido subyace en todas aquellas que conforman el Primer Mundo donde, entre otras cosas, sirve para legitimar las riquezas fabulosas de algunos y las penurias de muchísimos trabajadores no capacitados. Puesto que es imposible decidir con objetividad cuales «méritos» deberían juzgarse superiores a otros, los criterios que se aplican son por lo general económicos, por no decir mercantiles, atenuados por el respeto que sienten muchos «triunfadores» por la cultura tradicional, pero en comparación con otros esquemas el meritocrático parece más aceptable porque desde el punto de vista de la mayoría es justo que algunos prosperen más que otros en base al talento y al esfuerzo.
En última instancia, el predominio de actitudes meritocráticas en los países más avanzados se debe a mucho más que la voluntad hasta de los perdedores de reconocer que es bueno que se destaquen los presuntamente más inteligentes, vigorosos y emprendedores. Corresponden con precisión a las necesidades de un «modelo» económico sumamente dinámico que depende de la innovación constante. A esta altura, nadie ignora que en la base del progreso económico está la educación, lo cual quiere decir que es esencial que los más capaces de aprovechar las oportunidades disponibles también sean los más privilegiados. No siempre fue así. Hasta hace relativamente poco, quienes optaban por dedicarse al saber entendían muy bien que renunciaban a las recompensas materiales que podrían esperar muchos obreros fabriles escasamente preparados. En los países desarrollados actuales, empero, casi todos los posgraduados universitarios pueden esperar ganar mucho más dinero en el curso de su vida que cualquier operario industrial, y es de prever que en las próximas décadas la diferencia seguirá ampliándose.
De más está decir que los más perturbados por el avance de la meritocracia son los irremediablemente mediocres, muchos de los cuales intentan aferrarse al statu quo encolumnándose tras las banderas de la democracia, de la igualdad y de lo popular.
Como Duhalde acaba de recordarnos, en la Argentina siguen ocupando los puestos de mando y, por saberse comprometidos con un orden desactualizado, hacen cuanto pueden por demorar los cambios.
Pero el que uno de sus representantes más cabales les haya achacado la responsabilidad por todos los problemas del país hace pensar que saben que tienen los días contados, que la «gente», consciente de que ya no le conviene conformarse con dirigentes cuyas características son aquellas del hombre común – al fin y al cabo, esto es lo que significa la palabra «mediocre» -, está por remplazarlos por personas que le parezcan mejores.
A veces, sólo a veces, Eduardo Duhalde nos sorprende permitiéndose una opinión que parece ser de honestidad desconcertante. Es lo que hizo algunos años atrás cuando dijo que "no hay cosa" más mentirosa en este mundo que "un político en campaña". Y lo hizo nuevamente la semana pasada al opinar que la Argentina "es un país con todas las potencialidades para ser muy importante" pero "tiene una dirigencia de mierda", con "una mediocridad absoluta". ¿Está en lo cierto? ¿Son tan malos los políticos, sindicalistas y empresarios argentinos? A juzgar por la condición actual del país, sería legítimo ubicarlos entre los peores de la Tierra, pero si los comparamos con sus homólogos de otras latitudes, su presunta inferioridad no es tan evidente porque en todas partes pueden encontrarse políticos venales e ignorantes, sindicalistas matonescos y empresarios tan codiciosos como chapuceros. Con todo, mientras que en los países más prósperos por lo menos ya es poco común que los peores logren marginar por completo a los más capaces, aquí su dominio parece casi absoluto.
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