Dejar de mirar atrás

Por Redacción

Tras haber conseguido importantes logros políticos en la última parte del año que acaba de terminar, sobre todo por el resultado electoral que derivó en un mayor impacto en materia de acción legislativa logrado a fuerza de muñeca pragmática, Javier Milei se prepara ahora para un desafío suplementario, aunque no menos importante, como es el de fijar metas políticas hacia adelante para el tiempo que le resta como presidente de la Nación y rumbo a una eventual reelección.

Las etapas futuras de un proyecto de gobierno que ha tenido un arduo proceso de construcción previo orientado sobre todo a desnudar lo que a su juicio fueron los desatinos de las políticas populistas son siempre un terreno movedizo, porque se sitúan entre lo concreto, como son los programas y las leyes a cumplir (el Presupuesto incluido) y lo invisible como las expectativas, la simbología y los imaginarios colectivos. Todos ellos juegan en el horizonte como hacen los faros marítimos en la niebla: nunca se los alcanza, pero orientan la navegación. La ejecución del gobernante es el arte de avanzar en su rumbo mirando siempre hacia adelante, aunque sabiendo que la luz de guía no es el destino, sino una referencia para no perderlo.

Hay un hecho más que interesante para observar y es el viraje conceptual que parece haber dado el gobierno nacional para encarar este segundo tramo, lo que quizás le ha servido para tirar por la borda muchos de sus prejuicios y los ya gastados clichés de campaña, como el de la casta, por ejemplo. Desde que el mundo es mundo, toda sustitución de protagonistas en los gobiernos genera una variación de estilo, pero cada cambio de régimen produce fatalmente un cambio en la burguesía dominante, lo que alimenta siempre una nueva casta que llega para suplir a la anterior.

Por lo tanto, ya nadie debería seguir denunciando lo sucedido, porque se corre el riesgo de dejar en evidencia que los libertarios han quedado metidos en la misma salsa. Es más probable que se intente reacomodar el foco hacia lo que puede venir y, en ese terreno, el Gobierno se ha mostrado bastante realista a la hora de negociar y cooptar.

Así, la etapa que sigue será por demás sinuosa, porque en política los hitos nunca se alcanzan plenamente, ya que siempre se desplazan hacia adelante y cuya concreción, en este caso, queda condicionada por una personalidad presidencial tan cambiante como imprevisible. En general, las metas en política no funcionan tanto como puntos de llegada, sino como campos de tensión entre lo que se promete, lo que se interpreta y lo que efectivamente se logra ejecutar.

Más que objetivos técnicos, suelen operar como narrativas que orientan la acción y como dispositivos de legitimidad: promesas que sostienen la confianza ciudadana porque, aun cuando no se cumplan del todo, marcan una dirección. Es un modo de estimular el enamoramiento o de colocar zanahorias por delante, según se busque conservar o ampliar la adhesión, teniendo en cuenta que 2027 llegará más rápido de lo que parece.

En materia de logros a alcanzar, que son los puentes entre lo ideal y lo posible, es allí donde se condensan las aspiraciones colectivas que se deben traducir en programas realizables, aunque siempre hay un margen de ambigüedad. En su ejecución, todo gobierno tiene que ser claro, aunque flexible, ya que si es demasiado rígido, esos logros se vuelven inalcanzables y si todo es demasiado vago, se pierde credibilidad. El zigzagueo resulta ser también algo atendible y es útil cuando se necesita ganar tiempo, aunque la ciudadanía puede percibirlo como oportunismo, falta de convicciones o incoherencia. Además, todo debe siempre poder reformularse frente a las crisis, resistencias o cambios de contexto, sin perder el horizonte.

Con sus dos primeros años a cuestas, ahora el gobierno nacional tiene un par de puntos centrales a observar: la experiencia pasada, con errores que debería no volver a repetir y por delante, la luz que debería orientar su próximo destino, algo vital porque ésa es la referencia dedicada a sostener la confianza. Tras ese primer tiempo de ablande, el presidente Milei enfrenta ahora la obligación de dejar de mirar por el espejo retrovisor y de demostrar que puede conducir también proa al futuro.


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