Venezuela en clave global
El episodio de múltiples aristas institucionales que se abrió con la intervención de Donald Trump en Venezuela, dirigida a escarmentar a Nicolás Maduro como jefe de un Estado señalado por sus vínculos con el narcotráfico, sigue siendo una trama inconclusa. Los fundamentos de aquella acción inicial, que dividió al mundo en torno al dilema de la injerencia de terceros países en territorios soberanos para poner fin a una dictadura sostenida en el fraude y en la represión, se han ido transformando en una semana apenas. Hoy, la explicación del caso excede con claridad el marco regional y se proyecta en un tablero de alcance global.
Washington dejó en evidencia que la captura de la figura más visible del régimen fue concebida como una demostración de fuerza. El mensaje buscó impactar en la jerarquía chavista, marcando el camino que debería seguir para desmantelar la apropiación del Estado venezolano, urdida durante más de dos décadas. En ese proceso se vulneraron derechos de manera sistemática y se provocó una diáspora de dimensiones históricas en América Latina.
El rótulo de “socialismo del siglo XXI” fue más un recurso político que una doctrina coherente. Sirvió para legitimar un proyecto de poder nacido con Hugo Chávez a fines de los años noventa y luego exportado, con variaciones, a otros países de la región. En el plano discursivo, se presentó como alternativa al neoliberalismo de los años noventa y como un socialismo democrático y participativo, distante del modelo soviético que se derrumbó junto al muro de Berlín. El experimento enfatizó la redistribución, la presencia de un Estado activo, la soberanía nacional y el liderazgo carismático de Chávez.
En los hechos, aquel movimiento nunca produjo un cuerpo teórico sólido, sino que funcionó más como paraguas retórico que como ideología estructurada y, en la práctica, fue una excusa para alterar el régimen institucional y crear una nueva burguesía que se enriqueció mientras perseguía a la oposición. En ese sentido, el socialismo del siglo XXI resultó más patrimonialista que socialista.
No se eliminó el capitalismo, sino que se lo reemplazó por un capitalismo de amigos, dependiente del poder político. Así, la llamada “boliburguesía” se benefició de contratos, importaciones, energía, obra pública y control cambiario. Ese aparato fue el custodio de la concentración del poder durante años, en nombre del pueblo, mediante reformas constitucionales, debilitamiento de los controles y colonización de la Justicia.
La plataforma se trasladó rápidamente a otros países de América Latina. La Argentina y Brasil fueron dos de sus brazos ejecutores, sobre todo en el rechazo a las políticas hemisféricas de los Estados Unidos. Así, el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) quedó formalmente descartado en la IV Cumbre de las Américas, realizada en Mar del Plata en noviembre de 2005.
Mientras millones de venezolanos eran expulsados de su país y cientos encarcelados, Chávez primero y Maduro después permitieron la injerencia de aliados que se ubican en la vereda opuesta a Washington: Cuba, como soporte ideológico y operativo clave en inteligencia y control social; Irán, con vínculos financieros y logísticos poco transparentes; y China y Rusia, como socios económicos y geopolíticos, más por intereses estratégicos que por afinidad ideológica.
Para esos aliados, Venezuela no fue un espacio para exportar su socialismo, sino una plataforma para proyectar poder, acceder a recursos estratégicos y ganar presencia en una región históricamente considerada el “patio trasero” de los EEUU. La caída del régimen abre un horizonte de esperanzas, pero también impone el desafío de consolidar allí un sistema político legítimo y estable, capaz de superar la pesada herencia de corrupción y represión.
En el plano internacional, el caso Venezuela parece anticipar una reconfiguración explícita del mapa mundial. Si el mundo ha cambiado y las tres grandes potencias relegan a la ONU a un papel meramente simbólico, es probable que ya se estén gestando otras novedades en los patios traseros de Rusia (Ucrania y otros países), China (con Taiwán en el centro de la tensión) y EEUU (Cuba). Venezuela es hoy, más que el fin del chavismo, un espejo que refleja las fracturas de un orden global en transición.
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