Editoriales

Columna semanal

Por Redacción

PALIMPSESTOS

Están sobre mi escritorio. Forman un abanico colorido de tapas verdes, amarillas, violetas, naranjas y azules. Son libros, pero son más que eso.

Porque en esa gradación cromática está parte de la biografía lectora de mis hijas, o puede estar también la de tus hijos.

Singulares son los verdes de Graciela Cabal o de Brandán Aráoz ya que su formato se acerca a un cuadrado, también son los que muestran con más claridad el paso del tiempo; hay en ellos signos de un manejo poco esmerado.

Es palpable en los libros amarillos de Pescetti, de Roldán, ver las marcas de lectoras incipientes con el papel ajado por la torpeza en el trato, algunas páginas conservan rastros de caramelos o chupetines. En los libros violetas de Bornemann, de Muleiro, de Roldán, las huellas de los lectores son menos visibles pero están. Son casi imperceptibles en los de tapa naranja de Graciela Montes o de Yolanda Reyes.

Los libros azules de Schlaen, de Ferrari muestran un trato íntimo con el lector, ya no hay marcas, salvo un doblez en la esquina de una página (costumbre que han heredado) y son en cierta medida territorio desconocido para mí.

Te decía que son más que libros, son más que las historias que cuentan, son momentos compartidos, retazos de tiempo perfectamente recuperables en la memoria que captura las voces y las fisonomías de mis hijas a lo largo de estas colecciones de “Alfaguara infantil y juvenil”.

Cada color una edad, cada relato un asombro, un comentario imperdible, una pregunta inesperada. Por eso son en su conjunto parte de la biografía de mis hijas y parte de mi biografía.

Ahora a estos libros se les agrega un nuevo valor. Son objetos en extinción. Ejemplares de colección. En poco tiempo desaparecerá de las librerías el catálogo de “Alfaguara infantil y juvenil” que comenzó hace cuatro décadas y también marcó la historia lectora de muchos de los que hoy son adultos y nos trajo a los lectores en castellano a Roald Dahl, a Maurice Sendak por ejemplo.

También nos hizo conocer a autores argentinos imprescindibles dentro de la literatura infantil y juvenil. Las razones son obvias, la venta de la editorial a un grupo internacional que posee la mayoría de las editoras de libros no solo de Latinoamérica y España; sino también de gran parte de Europa.

Lo que quedó de ese desguace será utilizado para fundar una nueva colección a cargo de la editorial Santillana llamada “Loqueleo”, los libros tendrán otros colores y serán un poco más anchos. Sí mantendrán muchos de los autores y autoras que le dieron el enorme prestigio al catálogo de Alfaguara.

La venta de editoriales hispanoamericanas con una larga trayectoria en el campo cultural de estos países ha sido un fenómeno creciente a partir de la década del 90.

Es notorio el caso de una de las editoriales más prestigiosas de nuestro país, la Editorial Sudamericana, (la que dio a conocer “Cien años de soledad”, al mundo), fundada en 1938 por Victoria Ocampo y Oliverio Girondo, entre otros, que fue vendida al mismo grupo alemán al que ahora pertenece Alfaguara.

Ese mismo año se crea otra mítica editorial argentina, Emecé. Gracias a ella conocimos la obra de Borges, de Bioy y la versión castellana de “El principito”. Emecé fue vendida al grupo Planeta de España.

Pocas editoriales prestigiosas en nuestro país quedan en manos argentinas, una de ellas es Ediciones De la Flor, la casa que publicó a Quino, Fontanarrosa y Walsh.

Néstor Tkaczek

ntkaczek@hotmail.com


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