Educación y posibilidad de cambio sin precedentes
Singapur, un caso de transformación radical
Un interesante estudio llevado a cabo por Richard Lynn, un psicólogo británico, y Tatu Vanhanen, politólogo finlandés, analiza el coeficiente intelectual (IQ en inglés) de 113 países. La Argentina está en el puesto 46. Pero en el ranking propuesto, donde cada lugar puede ser ocupado por más de un Estado, el país ocupa el 14 junto con Bulgaria. Y en Latinoamérica, se sitúa en el segundo lugar después del Uruguay. El número uno lo ganó Singapur. Es sólo un estudio: una señal hacia datos de interés, donde la verdad es algo relativo y esto es muchas veces suficiente. Los argumentos de los estudios están basados en resultados históricos sociales y aquellos registrados en concursos de capacidades específicas. Por lo tanto la información presentada es interesante en tanto su intención es dar un panorama lo más fiel posible de una idea determinada de un tipo particular de “inteligencia”. La Argentina está apenas arriba de la mitad de la lista. Nuestro sistema de educación nacional no deja respuesta satisfactoria. Antes de concluir con mi reflexión sobre la educación argentina pasaré una interesante revista sobre Singapur, país considerado como el más inteligente. Tiene un sistema político parlamentario, aunque para varios organismos de derechos humanos el modelo implantado es realmente restrictivo, con tonos autoritarios en lo jurídico. Pero, lo que es evidente, sus medidas en los últimos años han logrado forzar un cambio de postura en la conducta del ciudadano. El país está en los primeros puestos en el aspecto financiero, educativo, incluso entre los países que cuentan con los ingresos per cápita más altos del mundo: 9º lugar; Estados Unidos en el 10º y la Argentina en el 81º. En Singapur se priorizan las actividades educativas y artísticas hasta el punto de la obsesión. Antes del 2004 había más de 500.000 presos en las cárceles. Ese mismo año llegó al poder Lee Hsien-loong, el hijo mayor de Lee Kuan-yew. Seis meses después, sólo quedaban 50.000 detenidos. Se adoptó la pena de muerte y el trabajo forzado para los criminales confesos, narcotraficantes y violadores probados. Los criminales “crónicos” fueron condenados a muerte. Pero el gobierno fue más lejos todavía: se decretó que toda figura pública corrupta (políticos, policías, militares, etc.) fuera condenada a muerte. En el mundo se sabe que el billete de dos dólares de Singapur no tiene próceres, sino una aula con alumnos y un profesor dando clases y de fondo una universidad y la palabra “Educación”. Claramente, estamos ante la educación por la educación misma: el billete de dos dólares es el de mayor circulación. Se puede leer sobre este tema en el breve artículo de Andrés Oppenheimer (“El Nuevo Herald”) El secreto de Singapur: la educación. Es interesante que Richard Lynn y Tatu Vanhanen hayan concedido el primer lugar a Singapur en este concurso de inteligencia, siendo un país con matices de autoritarismo y de censura. Si bien no me ha sido posible acceder a las claves en los criterios de esta investigación en detalle, está claro que la rapidez de cambio de este país está fuera de todo precedente. Además, si consideramos que Tatu Vanhanen es finlandés, se vuelven los resultados del presente estudio aún más atractivos, al saber que Finlandia está entre los tres países del mundo considerados con mejor educación. Se puede leer el artículo que yo mismo publiqué en este diario sobre la educación: “Educación finlandesa: la rueda fue inventada”. Sin lugar a dudas, el dato altamente positivo sobre la educación de Singapur no estaría completo sin, al menos, la información adicional apuntada más arriba. Me refiero a los sucesos y cambios relacionados con los aspectos punitivos y políticos sucedidos en los últimos 12 e incluso 50 años. Singapur, insisto, en muy pocos años tuvo la capacidad de cambiar su sociedad, su política, su economía y su educación con resultados en estándares elevadísimos. Y dentro de este relato anclado en la realidad social me interesa destacar el de la educación. Lee Kwan-yew convirtió a su país en angloparlante, bilingüe, donde los estudiantes aprenden inglés como primer idioma y mandarín o malayo como segundo e incluso a veces un tercer idioma. Esta educación comienza desde que los niños pisan un aula. El punto de coyuntura en la educación argentina se encuentra justo ahí, en la primaria. El sistema educativo de nuestro país no está cuidado y mucho menos en ese nivel. Y si los políticos (o quien sea) creen que con una educación pobre “alguien se va a beneficiar”, están en un error de pensamiento. Podemos aprender de los países líderes en educación que ésta comienza en la primaria, con potencia, fuerza y cuidado. Dicho en términos simples: si la escuela primaria no es de primerísima calidad, lo que hagan la secundaria y la universidad será adquirir información y sólo eso. La capacidad de resolver problemas, de creatividad, de implementación y desarrollo de inteligencias, incluida la emocional, se dicta con efectividad en los primeros ocho años de vida. Si esta etapa no fue aprovechada, luego será remar contra la corriente. En el nivel primario se definen el carácter y la capacidad de atención, la velocidad de mente y, en fin, muchos otros puntos interesantes que, de hecho, quizá no tengan relación con el coeficiente intelectual, necesariamente. En la actualidad, las cátedras más populares de Harvard están vinculadas con la inteligencia emocional y con “cómo ser feliz”, entre otros aspectos. En definitiva, la inteligencia de cómo manejarse de la mejor manera posible en la vida puede ser desarrollada, sobre todo y “casi” indefectiblemente, en la educación de la escuela primaria. Y el mejor aprovechamiento de lo que sea que nos brinde la secundaria y luego la universidad (además de un título) estará regulado por nuestro desarrollo en la escuela primaria. En mi opinión, si no se pone manos a la obra en este sentido se nos cerrarán las posibilidades de cambio. Cada vez menos padres quieren enviar a sus hijos a la escuela pública. Así, cuando el bolsillo lo permite, los niños migran a establecimientos privados, sin ser esto garantía de nada, por supuesto. Estudios como los de Richard Lynn y Tatu Vanhanen nos sacan de nuestra caja. A su vez, nos dan la posibilidad de pensar y tener mayor perspectiva y preguntarnos sobre qué país queremos. (*) Licenciado en Letras
Sergio Povedano (*)
Singapur, un caso de transformación radical
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