EE. UU., la potencia de los inmigrantes
Hace cincuenta años, el país cambiaba su ley de inmigración, sin pensar en su profundo impacto: evitó el envejecimiento de su población, potenció la competitividad económica y hará que en el 2055 ya no exista un grupo racial mayoritario. Pero también generó temor y prejuicios muy arraigados en ciertos sectores sociales.
Hace medio siglo, el presidente Lyndon Johnson fue a la Estatua de la Libertad para firmar una nueva ley de inmigración, que otorgaba a personas de todos los países del mundo las mismas oportunidades de entrar a Estados Unidos. Pero descartó en aquel entonces que la medida fuese revolucionaria. “No afecta las vidas de millones de personas. No modificará la estructura de nuestra vida cotidiana, tampoco aumentará de manera importante nuestra riqueza ni nuestra fuerza’’, dijo el presidente en la ceremonia que tuvo lugar el 3 de octubre de 1965. Sin embargo, subrayó que podría “fortalecernos en cientos de maneras no visibles’’.
Cincuenta años después, 59 millones de personas de distintas partes del mundo, más de la mitad de ellas procedentes de América Latina, viven en el país gracias a la ley Hart-Celler promulgada por Johnson y generando cambios dramáticos en el país más poderoso del mundo.
La nación donde en 1965 casi la totalidad de sus habitantes había venido a este mundo dentro de sus fronteras tiene ahora un 14% de la población nacida en el exterior; su diversidad demográfica abarca todas las latitudes y el paradigma racial de blancos y negros se amplió a uno multicolor, donde hispanos y asiáticos tendrán mucha influencia en el futuro inmediato.
Los estadounidenses han adoptado con alegría los géneros musicales y la gastronomía de los migrantes, aunque a nivel político persisten las discrepancias e inquietudes sobre quién está de forma legal o ilegal en el país (ver aparte).
“Celebramos las generaciones de inmigrantes que han forjado este país y que han contribuido al engrandecimiento de Estados Unidos”, declaró el presidente Barack Obama en un comunicado con motivo del aniversario de la ley, al tiempo que insistió en la necesidad de una nueva reforma migratoria integral y envió un mensaje a sus rivales conservadores al elogiar el apoyo bipartidista que hizo posible que Johnson promulgara la medida. La ley Hart-Celler se hizo popularmente conocida como la ley de Inmigración y Naturalización de 1965.
En un momento en que varios proyectos de reforma están estancados en el Congreso y el tema de la inmigración está siendo eje de agrios debates en la interna del Partido Republicano, con propuestas extremas como la de Donald Trump de expulsar a once millones de indocumentados en 18 meses y construir una gran valla en la frontera con México, el Centro de Investigación Pew decidió investigar el impacto que tuvo y que tendrá la ley en el próximo medio siglo.
Los cambios en 1965
Ante la exigencia de familias estadounidenses formadas por migrantes europeos deseosos de llevar al país a sus parientes, en 1965 el Congreso decidió reemplazar el estricto sistema de cuotas migratorias por país por un proceso que repartía las visas equitativamente entre todas las naciones y en el que se dio preferencia a los inmigrantes con habilidades y educación avanzadas o con vínculos familiares con ciudadanos estadounidenses. En aquel entonces, en el Congreso muchos consideraron que los migrantes europeos serían los principales beneficiados. “Según los patrones históricos, las olas de inmigración habían procedido siempre de Europa”, dijo Erika Lee, profesora de Historia de la Inmigración en la Universidad de Minnesota.
Sin embargo, a Estados Unidos habían llegado también migrantes de Asia y América Latina. Estos aprovecharon el beneficio de la preferencia familiar para traer a sus padres, hijos y hermanos.
Según el informe del Centro de Investigación Pew, 59 millones de personas llegaron a Estados Unidos desde 1965 y, de esos, más de la mitad eran de América Latina y una cuarta parte de Asia. De hecho, Estados Unidos tiene hoy la población inmigrante más alta del mundo (uno de cada cinco inmigrantes a nivel mundial).
Abriendo una puerta cerrada
La inmigración a Estados Unidos estuvo estrictamente controlada a partir de finales del siglo XIX; estaba rotundamente prohibida para personas de ciertas regiones, como Asia. Desde 1924, una ley limitaba el número de inmigrantes procedentes de un país al 2% de la población de esa nación que ya vivía en Estados Unidos en 1890.
Como resultado, el Estados Unidos de mediados del siglo XX era atípico comparado tanto con los orígenes del país, cuando recibió un aluvión de extranjeros europeos, como con la situación actual, dijo Jeffrey Passel, director de Demografía en el Centro Pew.
En 1965, sólo el 5% de los habitantes de Estados Unidos había nacido en el extranjero. Passel contrastó esa cifra con el período de 1860 a 1920, cuando alcanzaba entre 13 y 15%, y con el 14% actual.
Estados Unidos pasó de una población 84% blanca, 11% negra, 4% hispana y 1% asiática en 1965 a una actual de 62% blanca, 11% negra, 18% hispana y 6% asiática, según el informe de Pew.
Los nuevos inmigrantes, sus hijos y nietos representaron el 55% del crecimiento de la población estadounidense y sumaron 72 millones de personas a la población nacional, que pasó de 193 millones en 1965 a 324 millones en el 2015, señala el Pew.
Para el 2055 ningún grupo será mayoritario, según las proyecciones. Y en el 2065, los blancos serán apenas el 46% de la población, los hispanos constituirán el 24%, los negros el 16,5% y los asiáticos el 14%. Y dentro de los inmigrantes, los asiáticos desplazarán a los hispanos como el principal grupo de origen y serán el 38% de los extranjeros residentes en el país (ver infografías).
Surgen los “indocumentados”
No todo fue positivo. La nueva ley también propició el problema actual de los migrantes que viven en el país sin documentación legal, dijo Alan Kraut, profesor de Historia en la Universidad Americana.
Antes de 1965, los países del hemisferio occidental no tenían cuotas, por lo que ciudadanos de México y América Central entraban y salían con bastante regularidad. Cuando fue decretada la ley, a México y los países centroamericanos también se les asignaron cuotas, que eran insuficientes ante la enorme demanda. La norma fue promulgada un año después de que Estados Unidos terminase formalmente su programa de braceros, que había permitido la llegada de trabajadores temporales procedentes de México durante más de veinte años.
“Ambas leyes cerraron la puerta a una generación de migración transfronteriza’’, dijo Lee.
Un país en cambio
La cultura dominante de Estados Unidos se ha visto muy afectada por los migrantes, sus tradiciones y modo de vida, dijo Jeff Melnick, profesor de Estudios Estadounidenses en la Universidad de Massachusetts-Boston.
“Hay que ir bastante lejos para encontrar un aspecto de la vida estadounidense que no haya sido alterado por las realidades de la ley del 65”, agregó.
Puso como ejemplo el hip-hop, cuyas raíces se remontan a los cantos sobre ritmos traídos por los inmigrantes jamaicanos y de otros lugares del Caribe a la ciudad de Nueva York.
Jim Bittner, presidente y gerente general de Bittner-Singer Orchards, al norte de Buffalo, en el estado de Nueva York, señaló que hace décadas los temporeros del campo eran principalmente negros del sur que se iban a la conclusión del trabajo. En algún momento durante la década de 1980 esto comenzó a cambiar y la mano de obra del sector pasó a estar formada cada vez más por migrantes, en especial hispanos.
La edad media de la población también ha experimentado cambios con el movimiento migratorio. En 1965 era de 28 años, aumentó a 38 en el 2015 y se proyecta que será de 42 en el 2065. Sin los cambios de 1965, la media nacional habría sido de poco más de 41 en el 2015 y, sin movimiento de inmigrantes, del 2015 al 2065 la proyección de la media sería de 45 años.
Pero no ha sido un proceso fácil. La funcionalidad del conjunto de personas que viven en Estados Unidos abarca todas las esferas, desde conversaciones sobre la representación en los medios y el sector del entretenimiento hasta acalorados debates políticos sobre muros y deportaciones.
“Por una parte, la cultura dominante de Estados Unidos más o menos toma aspectos de las demás y dice ‘esto es delicioso’ o ‘esto está en la onda’ o ‘vaya, es atractivo’, mientras también dice ‘Dios, que esa gente no nos quite los trabajos’”, dijo Melnick.
Debates
DEEPTI HAJELA
AP
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