El antisemitismo al acecho

Redacción

Por Redacción

En la Argentina se cuentan por centenares de miles los ciudadanos con doble nacionalidad que, por motivos prácticos, han conseguido pasaportes emitidos por el país de sus antepasados europeos o, en algunos casos, por Estados Unidos, Canadá o Australia. Incluso hay algunos que, como acaba de recordarnos las elecciones italianas del domingo, no sólo votan sino que también son candidatos a puestos legislativos en países extranjeros. Sin embargo, aquellos nacionalistas que dicen sentirse preocupados por la hipotética lealtad dividida de ciertos compatriotas no suelen sentirse escandalizados por tales vínculos, que, claro está, son perfectamente naturales y legítimos en una sociedad pluralista que fue formada en buena medida por inmigrantes relativamente recientes. Cuando hablan del peligro supuestamente planteado por el presunto compromiso emotivo de ciudadanos argentinos con otros países o comunidades transnacionales, lo que siempre tienen en mente es la propensión atribuida a los judíos a anteponer los intereses de su propia colectividad religiosa, étnica o cultural a los del país en que la mayoría abrumadora nació. Se trata de una actitud que es bastante similar a la de norteamericanos de la elite protestante que, antes de conquistar John Fitzgerald Kennedy la presidencia de Estados Unidos, procuraban excluir a los católicos de posiciones de poder so pretexto de que eran traidores en potencia al servicio del Vaticano. Así las cosas, puede entenderse el malestar que ha ocasionado el lapso que fue perpetrado por el rionegrino Miguel Pichetto, el jefe del bloque kirchnerista en el Senado nacional, cuando se le ocurrió distinguir entre “los argentinos de religión judía” por un lado y, por el otro, “los argentinos argentinos”, o sea, los únicos que merecerían considerarse genuinos. Aunque Pichetto pronto reconoció haber cometido un error grave al pronunciar “esta desafortunada frase”, sus palabras tuvieron un impacto muy fuerte. La razón es evidente. En nuestro país, y en otros como Francia y Alemania, es tradicional que los antisemitas insistan en que los judíos son tan diferentes de los demás que nunca podrán aspirar a ser compatriotas auténticos. Sobre la base de dicho presupuesto, regímenes calificados de derecha, como el nazi, o de izquierda, como el comunista soviético, persiguieron sistemáticamente a los judíos, una campaña que en Europa culminó con el Holocausto, en el que colaboró con los alemanes un sinnúmero de franceses, polacos, rusos y ucranianos “normales”. Puede que no haya posibilidad alguna de que en el mundo civilizado se repita aquella aberración atroz, pero es comprensible que los integrantes de la comunidad judía local se hayan sentido alarmados al escuchar a un senador tan influyente como Pichetto emplear, aunque fuera “en el calor del debate”, expresiones que son típicamente antisemitas, ya que reflejan prejuicios que todavía no se han visto superados por completo. Si bien la Argentina sigue siendo mayoritariamente católica, es un país pluralista en el que conviven sin demasiados problemas personas de una gran variedad de cultos religiosos o de ninguno, de origen étnico muy diverso y, huelga decirlo, de distintas preferencias políticas. Por lo tanto, sería perverso fantasear con la homogeneidad: intentar definir lo argentino excluyendo a quienes no comparten características determinadas, como quisieron hacer los nacionalistas católicos y, hasta hace un par de décadas, militares obsesionados con la búsqueda del “ser nacional”, sólo serviría para empobrecer al país, simplificándolo y privándolo de partes esenciales. No habrá sido éste el propósito de Pichetto que, es de suponer, se limitaba a buscar una forma de señalar que entre las víctimas del atentado terrorista contra la sede de la AMIA se encontraron personas de afiliación religiosa diversa. Con todo, el senador se las arregló para brindar la impresión de estar convencido de que los judíos son en cierto modo ajenos al país y que es por esta razón, no porque saben muy bien lo que está en juego, que los voceros de DAIA y la AMIA están protestando contra la voluntad del gobierno kirchnerista de pactar con los sumamente reaccionarios teócratas iraníes que, además de tratar al Holocausto como un invento propagandístico sionista, no ocultan su deseo de aniquilar al Estado de Israel.


En la Argentina se cuentan por centenares de miles los ciudadanos con doble nacionalidad que, por motivos prácticos, han conseguido pasaportes emitidos por el país de sus antepasados europeos o, en algunos casos, por Estados Unidos, Canadá o Australia. Incluso hay algunos que, como acaba de recordarnos las elecciones italianas del domingo, no sólo votan sino que también son candidatos a puestos legislativos en países extranjeros. Sin embargo, aquellos nacionalistas que dicen sentirse preocupados por la hipotética lealtad dividida de ciertos compatriotas no suelen sentirse escandalizados por tales vínculos, que, claro está, son perfectamente naturales y legítimos en una sociedad pluralista que fue formada en buena medida por inmigrantes relativamente recientes. Cuando hablan del peligro supuestamente planteado por el presunto compromiso emotivo de ciudadanos argentinos con otros países o comunidades transnacionales, lo que siempre tienen en mente es la propensión atribuida a los judíos a anteponer los intereses de su propia colectividad religiosa, étnica o cultural a los del país en que la mayoría abrumadora nació. Se trata de una actitud que es bastante similar a la de norteamericanos de la elite protestante que, antes de conquistar John Fitzgerald Kennedy la presidencia de Estados Unidos, procuraban excluir a los católicos de posiciones de poder so pretexto de que eran traidores en potencia al servicio del Vaticano. Así las cosas, puede entenderse el malestar que ha ocasionado el lapso que fue perpetrado por el rionegrino Miguel Pichetto, el jefe del bloque kirchnerista en el Senado nacional, cuando se le ocurrió distinguir entre “los argentinos de religión judía” por un lado y, por el otro, “los argentinos argentinos”, o sea, los únicos que merecerían considerarse genuinos. Aunque Pichetto pronto reconoció haber cometido un error grave al pronunciar “esta desafortunada frase”, sus palabras tuvieron un impacto muy fuerte. La razón es evidente. En nuestro país, y en otros como Francia y Alemania, es tradicional que los antisemitas insistan en que los judíos son tan diferentes de los demás que nunca podrán aspirar a ser compatriotas auténticos. Sobre la base de dicho presupuesto, regímenes calificados de derecha, como el nazi, o de izquierda, como el comunista soviético, persiguieron sistemáticamente a los judíos, una campaña que en Europa culminó con el Holocausto, en el que colaboró con los alemanes un sinnúmero de franceses, polacos, rusos y ucranianos “normales”. Puede que no haya posibilidad alguna de que en el mundo civilizado se repita aquella aberración atroz, pero es comprensible que los integrantes de la comunidad judía local se hayan sentido alarmados al escuchar a un senador tan influyente como Pichetto emplear, aunque fuera “en el calor del debate”, expresiones que son típicamente antisemitas, ya que reflejan prejuicios que todavía no se han visto superados por completo. Si bien la Argentina sigue siendo mayoritariamente católica, es un país pluralista en el que conviven sin demasiados problemas personas de una gran variedad de cultos religiosos o de ninguno, de origen étnico muy diverso y, huelga decirlo, de distintas preferencias políticas. Por lo tanto, sería perverso fantasear con la homogeneidad: intentar definir lo argentino excluyendo a quienes no comparten características determinadas, como quisieron hacer los nacionalistas católicos y, hasta hace un par de décadas, militares obsesionados con la búsqueda del “ser nacional”, sólo serviría para empobrecer al país, simplificándolo y privándolo de partes esenciales. No habrá sido éste el propósito de Pichetto que, es de suponer, se limitaba a buscar una forma de señalar que entre las víctimas del atentado terrorista contra la sede de la AMIA se encontraron personas de afiliación religiosa diversa. Con todo, el senador se las arregló para brindar la impresión de estar convencido de que los judíos son en cierto modo ajenos al país y que es por esta razón, no porque saben muy bien lo que está en juego, que los voceros de DAIA y la AMIA están protestando contra la voluntad del gobierno kirchnerista de pactar con los sumamente reaccionarios teócratas iraníes que, además de tratar al Holocausto como un invento propagandístico sionista, no ocultan su deseo de aniquilar al Estado de Israel.

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