El desafío que enfrenta Santos

Redacción

Por Redacción

Para alivio de muchos, el flamante presidente colombiano, Juan Carlos Santos, logró restablecer las relaciones diplomáticas de su país con Venezuela y ahuyentar así el espectro de la guerra a pocos días de iniciar su gestión, luego de un encuentro de varias horas con Hugo Chávez en el que fingió creer que el bolivariano nunca ha apoyado activamente a los narcoterroristas de las FARC, pero a la larga los resultados de sus esfuerzos por reducir la tensión en la zona dependerán de la conducta futura de su imprevisible vecino. Si bien Chávez afirmó que Venezuela “ni permite ni permitirá la presencia de la guerrilla” en su territorio, como ex ministro de Defensa Santos sabe muy bien que durante años las FARC y otras agrupaciones supuestamente revolucionarias se han visto beneficiadas por el apoyo apenas disimulado de Caracas. Por motivos pragmáticos, el sucesor de Álvaro Uribe está dispuesto a minimizar la importancia de la relación de Chávez con los narcoterroristas que tantos estragos han causado en Colombia apostando a que aproveche la oportunidad que le ha brindado para expulsarlos de los campamentos que mantienen en suelo venezolano, pero a menos que tome medidas concretas no tendrá más opción que protestar. Las denuncias en torno a las bases de las FARC en Venezuela que, en los días finales de su mandato, el ahora ex presidente Uribe llevó a la Organización de Estados Unidos y, a través de su abogado, a la Corte Penal Internacional de La Haya, no fueron ni caprichosas ni belicistas. Lejos de perjudicar a Santos, le han permitido comenzar su gestión ofreciéndoles a Chávez y al mandatario ecuatoriano Rafael Correa una salida decorosa de la trampa que ellos mismos tendieron al aliarse con los enemigos no sólo de Uribe sino de la mayoría abrumadora de los colombianos. Si el venezolano y el ecuatoriano tienen algunas dudas sobre la postura del pueblo de Colombia frente a quienes pretenden liberarlo del “capitalismo” y del “imperio yanqui”, el que luego de ocho años muy difíciles en el poder Uribe haya seguido contando con el respaldo decidido del 70% de sus compatriotas debería ser más que suficiente para eliminarlas. Por motivos comprensibles, Santos quisiera diferenciarse de su antecesor –a ningún presidente le gustaría ser considerado como una especie de testaferro de un caudillo más poderoso–, pero no puede sino ser consciente de que no le convendría en absoluto olvidar que, de no haber sido por la exitosa campaña antiterrorista de Uribe, no estaría donde está. Cometería, pues, un error muy grave si actuara de tal modo que sus adversarios pudieran acusarlo de subordinar la seguridad interna a su deseo de reconciliarse con dos jefes de Estado extranjeros que se han acostumbrado a apoyar a los narcoterroristas y de dicha manera manifestar el desprecio que sienten por la soberanía colombiana. Santos se ha propuesto construir sobre las bases dejadas por su antecesor. Dice esperar que su período en el poder se caracterice por “la prosperidad democrática”, una aspiración que sería utópica sin la “seguridad democrática” que fue el leit motiv de la gestión de Uribe. Huelga decir que el crecimiento económico que prevé Santos dependerá en buena medida no sólo de la reanudación plena del comercio bilateral con Venezuela sino también de su capacidad para impedir que las FARC, el ELN y otras bandas de retórica marxista y accionar delictivo consigan recuperarse de los golpes feroces que les asestó el gobierno anterior, razón por la que se ha comprometido a continuar luchando contra ellas “sin tregua ni cuartel” aunque, con tal que depongan las armas y dejen de secuestrar, extorsionar, intimidar y traficar narcóticos, estaría dispuesto a participar de “cualquier conversación que busque la erradicación de la violencia y la construcción de una sociedad más próspera, equitativa y justa”. Hace poco Chávez sorprendió a muchos al recomendar a los líderes terroristas abandonar “la lucha armada”; si por eso quisiera decir que ya no podrán contar con refugios seguros en Venezuela, habrá hecho un aporte a la pacificación regional. Si sólo es cuestión de palabras, persistirá el peligro de que un día aumente nuevamente la tensión entre Colombia y un país “hermano” gobernado por un personaje cuyas ambiciones no reconocen las supuestamente inviolables fronteras nacionales.


Para alivio de muchos, el flamante presidente colombiano, Juan Carlos Santos, logró restablecer las relaciones diplomáticas de su país con Venezuela y ahuyentar así el espectro de la guerra a pocos días de iniciar su gestión, luego de un encuentro de varias horas con Hugo Chávez en el que fingió creer que el bolivariano nunca ha apoyado activamente a los narcoterroristas de las FARC, pero a la larga los resultados de sus esfuerzos por reducir la tensión en la zona dependerán de la conducta futura de su imprevisible vecino. Si bien Chávez afirmó que Venezuela “ni permite ni permitirá la presencia de la guerrilla” en su territorio, como ex ministro de Defensa Santos sabe muy bien que durante años las FARC y otras agrupaciones supuestamente revolucionarias se han visto beneficiadas por el apoyo apenas disimulado de Caracas. Por motivos pragmáticos, el sucesor de Álvaro Uribe está dispuesto a minimizar la importancia de la relación de Chávez con los narcoterroristas que tantos estragos han causado en Colombia apostando a que aproveche la oportunidad que le ha brindado para expulsarlos de los campamentos que mantienen en suelo venezolano, pero a menos que tome medidas concretas no tendrá más opción que protestar. Las denuncias en torno a las bases de las FARC en Venezuela que, en los días finales de su mandato, el ahora ex presidente Uribe llevó a la Organización de Estados Unidos y, a través de su abogado, a la Corte Penal Internacional de La Haya, no fueron ni caprichosas ni belicistas. Lejos de perjudicar a Santos, le han permitido comenzar su gestión ofreciéndoles a Chávez y al mandatario ecuatoriano Rafael Correa una salida decorosa de la trampa que ellos mismos tendieron al aliarse con los enemigos no sólo de Uribe sino de la mayoría abrumadora de los colombianos. Si el venezolano y el ecuatoriano tienen algunas dudas sobre la postura del pueblo de Colombia frente a quienes pretenden liberarlo del “capitalismo” y del “imperio yanqui”, el que luego de ocho años muy difíciles en el poder Uribe haya seguido contando con el respaldo decidido del 70% de sus compatriotas debería ser más que suficiente para eliminarlas. Por motivos comprensibles, Santos quisiera diferenciarse de su antecesor –a ningún presidente le gustaría ser considerado como una especie de testaferro de un caudillo más poderoso–, pero no puede sino ser consciente de que no le convendría en absoluto olvidar que, de no haber sido por la exitosa campaña antiterrorista de Uribe, no estaría donde está. Cometería, pues, un error muy grave si actuara de tal modo que sus adversarios pudieran acusarlo de subordinar la seguridad interna a su deseo de reconciliarse con dos jefes de Estado extranjeros que se han acostumbrado a apoyar a los narcoterroristas y de dicha manera manifestar el desprecio que sienten por la soberanía colombiana. Santos se ha propuesto construir sobre las bases dejadas por su antecesor. Dice esperar que su período en el poder se caracterice por “la prosperidad democrática”, una aspiración que sería utópica sin la “seguridad democrática” que fue el leit motiv de la gestión de Uribe. Huelga decir que el crecimiento económico que prevé Santos dependerá en buena medida no sólo de la reanudación plena del comercio bilateral con Venezuela sino también de su capacidad para impedir que las FARC, el ELN y otras bandas de retórica marxista y accionar delictivo consigan recuperarse de los golpes feroces que les asestó el gobierno anterior, razón por la que se ha comprometido a continuar luchando contra ellas “sin tregua ni cuartel” aunque, con tal que depongan las armas y dejen de secuestrar, extorsionar, intimidar y traficar narcóticos, estaría dispuesto a participar de “cualquier conversación que busque la erradicación de la violencia y la construcción de una sociedad más próspera, equitativa y justa”. Hace poco Chávez sorprendió a muchos al recomendar a los líderes terroristas abandonar “la lucha armada”; si por eso quisiera decir que ya no podrán contar con refugios seguros en Venezuela, habrá hecho un aporte a la pacificación regional. Si sólo es cuestión de palabras, persistirá el peligro de que un día aumente nuevamente la tensión entre Colombia y un país “hermano” gobernado por un personaje cuyas ambiciones no reconocen las supuestamente inviolables fronteras nacionales.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora