El disparador: Empezar por una

Por Redacción

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Pasa lo mismo con un montón de cosas: no ves nada, hasta que ves una y empezás a ver más. Lo hablamos hace unos días con un amigo. En ese caso nos pasó con unas ranitas diminutas, como esas de vidrio o porcelana que se usan como adornos. Pero estas eran de verdad. Mínimas, del tamaño de medio dedo meñique. Estaban en la sombra, al margen del camino que llegaba al baño, que estaba afuera del restaurante donde cenábamos.
Era de noche. Creo que con Alejo hablábamos de los defectos propios y de las cosas que nos gustaría cambiar. Pero no estoy seguro. Sí recuerdo que la segunda vez que fui al baño percibí algo, de refilón, como cuando la hoja de un árbol sobrevuela a poca distancia del suelo por el impulso de una brisa y, ante ese sutil movimiento, nos llama la atención y cambiamos nuestro foco.
Cuestión, el camino hacia el baño estaba iluminado por un reflector. Algo se movió. Miré hacia la derecha. Todo era penumbra. Esperé unos segundos. El ojo se adaptó: dejé de mirar y empecé a ver. Es lo mismo que ocurre cuando pasamos un tiempo al sol y de golpe entramos a un ambiente con poca luz: al principio no vemos nada. Luego, el ojo se acostumbra y volvemos a ver.
En este caso, al comenzar a ver, me sorprendí. No era una hoja de las que caen en otoño de los árboles ni una lagartija. Era una ranita diminuta, con detalles fascinantes: las cuatro patas, la cabeza y los ojos bien definidos; movimientos muy precisos estudiando hacia dónde ir; y una gran destreza en los saltitos. Al acercarme más –con la vista ya cómoda– noté unos infinitos tonos en el verde del cuerpito.
Pero lo más sorpresivo no fue todo eso, sino que había muchas más. Y la primera vez que había ido al baño no había visto ni siquiera una. Ya medio atontado con la ranita, de pronto, ¡ops! Un movimiento continuo y sin pausa a su alrededor: eran decenas de ranitas que saltaban y jugaban entre ellas, buscando el camino, escondiéndose en un cantero con plantas o metiéndose entre las rendijas de unas piedras. Entonces, Alejo me contó que le había pasado lo mismo. “Costó ver la primera; pero cuando vimos una, las vimos a todas”, me dijo.

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