El dólar albiceleste
Salir de la convertibilidad sería una empresa muy riesgosa. Perjudicaría, sobre todo, a los sectores más pobres.
A pesar de las críticas de toda clase que han estado lloviendo sobre su cabeza estas semanas últimas, el ex presidente Carlos Menem sigue insistiendo en que muy pronto el país se verá forzado a elegir entre una devaluación que desataría un «estallido» de dimensiones portentosas y la dolarización, pero por ahora la consecuencia más notable del desafío así planteado ha sido que los más reacios a pensar en declarar muerto el peso se han puesto a ponderar los méritos de la convertibilidad aunque, como sin duda entienden, sólo se trata de una forma políticamente aceptable de resignarse a la dolarización de la economía nacional. Es que en cierto modo el peso convertible se asemeja a aquellos bonos que han repartido gobiernos provinciales en dificultades: depende casi por completo del respaldo que recibe de la moneda «auténtica». En efecto, si existe una diferencia significativa entre la dolarización por un lado y, por el otro, la convertibilidad, ello se debe a la sospecha difundida de que si la situación económica se agravara aún más, el gobierno podría intentar «salir» del esquema actual mediante una devaluación que, los más prevén, resultaría ser fenomenalmente costosa.
Claro, no se trata del único temor que mantiene despiertos a quienes desconfían de sus representantes: también se ha sugerido que en una emergencia las autoridades podrían procurar apropiarse del dinero de los fondos previsionales, de los plazos fijos o incluso de los bancos, reeditando la maniobra desesperada del gobierno ecuatoriano que terminó optando por dolarizar. De más está decir que la dolarización de por sí no serviría para ahuyentar definitivamente pesadillas inspiradas en el presupuesto de que en última instancia lo que quiere el «poder» es el dinero ajeno, aunque sí tendría el mérito de facilitar el trasladado de los ahorros a lugares más seguros, sean bancos en el exterior en el caso de pudientes o el colchón en el de quienes no lo son.
Como quiera que la economía está semidolarizada desde hace más de una década gracias a los esfuerzos de una larga serie de populistas civiles y militares que culminó con la gestión del presidente Raúl Alfonsín, el dolarizador más exitoso de la historia nacional, «salir» de la convertibilidad sería una empresa extraordinariamente riesgosa que perjudicaría principalmente a los tenedores de pesos, es decir, a los sectores más pobres, motivo por el cual no parece nada probable que el gobierno actual lo intente. Con todo, tan bajo es el prestigio de la clase política en su conjunto que ni siquiera la conciencia de que una devaluación abriría la puerta al caos ha sido suficiente como para convencer a todos de que al país no lo beneficiaría contar con un seguro adicional, de suerte que no sorprendería que andando el tiempo la propuesta menemista resultara más atractiva: si la copia local del dólar comenzara a parecer un tanto débil, serían muchos los que preferirían defenderse aferrándose al original, razón por la cual el ex presidente ha elegido esforzarse por socavar el esquema que le permitió conservar el poder durante más de diez años.
Para poder adelantarse a los dispuestos a dolarizarse, un gobierno deseoso de devaluar tendría que llevar a cabo la operación en un momento en el que nadie lo previera, o sea, justo cuando no tuviera demasiados motivos para poner en peligro el futuro económico del país. Si esperara hasta que «la crisis» adquiriera la intensidad necesaria para que la mayoría reconociera que, dadas las circunstancias, no le quedaría otra opción, la dolarización espontánea que suele darse en tiempos de inquietud lo privaría de buena parte del botín teóricamente disponible, obligándolo a tomar medidas apenas compatibles con el Estado de derecho. Es que, como han subrayado muchos de los que creen que al país le hubiera convenido probar suerte con una cura menos drástica de la hiperinflación ya crónica que experimentaba a comienzos de la gestión de Menem, la convertibilidad equivale a una trampa. Pero que esta trampa posee, además, sus propios mecanismos de autodefensa, uno de los cuales consiste en que mientras dure seguirá siendo sumamente fácil cambiar pesos por dólares estadounidenses.