El dólar contraataca
Al actuar con tanto vigor contra los deseosos de cambiar sus pesos por monedas presuntamente más seguras, en especial el dólar norteamericano, el gobierno de la recién reelecta presidenta Cristina Fernández de Kirchner se las ha ingeniado para dar un impulso adicional a la sangría de divisas que, según se informa, últimamente ha alcanzado dimensiones alarmantes ya que día tras día salen del sistema aproximadamente 250 millones de dólares, además de ampliarse la diferencia entre el llamado “dólar paralelo” que ha llegado a cotizarse por encima de $ 5 y el oficial que se mantiene en torno a $ 4,28. Aunque la situación que se ha creado está ocasionando muchos problemas a los habituados a hacer transacciones importantes en dólares, sobre todo las relacionadas con las operaciones inmobiliarias, y no puede sino perjudicar a quienes esperan veranear en el exterior, parecería que al gobierno le preocupa mucho más el impacto psicológico sobre aquellos sectores de la población que no se han visto afectados directamente por las vicisitudes del mercado cambiario. Hasta vísperas de la elecciones, la mayoría confiaba en la capacidad del gobierno para manejar la economía para que continuara creciendo a un buen ritmo sin experimentar barquinazos, pero los intentos torpes de defender el valor del peso, porque es de eso que se trata, han alarmado no sólo a los acostumbrados a mantenerse al tanto de la evolución de las distintas variables financieras sino también a muchos otros al brindar una impresión de impotencia, cuando no de pánico. En el pasado, la sensación de que el gobierno no estaba en condiciones de defender el valor de la moneda siempre estimuló más inflación al modificar las expectativas de quienes fijan los precios tanto mayoristas como minoristas. No hay motivos para suponer que en esta ocasión reaccionarán de manera diferente. A juzgar por los resultados electorales, para más de la mitad del país una tasa de inflación superior al 20% anual es un fenómeno natural con el que puede convivir sin excesivas dificultades, razón por la que Cristina no se ha propuesto tratar de frenarla con la clase de medidas que en otros países están aplicando gobiernos, como los de Brasil y China, que se sienten asustados si amenaza con superar por mucho tiempo el 5%. Como es notorio, desde el punto de vista de la presidenta, los ajustes nunca sirven para solucionar nada. Por lo demás, el gobierno sabe que hay millones de familias que caerían en la pobreza extrema si el costo de vida aumentara mucho más, lo que podría desatar situaciones muy peligrosas en el conurbano bonaerense, de ahí la voluntad oficial de hacer cuanto le parezca necesario para impedir que haya una devaluación demasiado abrupta que tendría repercusiones inmediatas en los precios de una amplia gama de bienes. Por desgracia, los métodos elegidos por el gobierno –controles policiales, trámites engorrosos, la investigación del estado patrimonial de los deseosos de adquirir dólares– están resultando ser contraproducentes, ya que han servido para intensificar el temor a que al país le aguarde una crisis financiera y por lo tanto económica de proporciones. Tampoco han ayudado a tranquilizar a la gente los esfuerzos de ciertos voceros oficiales por hacer pensar que el revuelo que se ha producido en torno al dólar se debe a una especie de conspiración mediática o a las presiones de grupos económicos interesados en sacar provecho de la inestabilidad financiera. La incertidumbre imperante se ha visto agravada por las dudas en cuanto a la conformación del gobierno que acompañará a Cristina cuando se inicie formalmente su segundo período como presidenta. Puesto que el ministro de Economía, Amado Boudou, que a pesar de sus excentricidades tiene la reputación de ser un pragmático, será vicepresidente, la identidad de quien lo reemplazará es un asunto importante: de ser cuestión de un economista respetado con peso propio, como el ex presidente del Banco Central Mario Blejer, podría restaurarse la confianza perdida, pero si Cristina opta por alguien de escaso prestigio y de ideas decididamente heterodoxas como Mercedes Marcó del Pont, la reacción sería muy distinta, ya que muchos temerían que procurara poner fin a la dolarización creciente de la economía “profundizando el modelo”.
Al actuar con tanto vigor contra los deseosos de cambiar sus pesos por monedas presuntamente más seguras, en especial el dólar norteamericano, el gobierno de la recién reelecta presidenta Cristina Fernández de Kirchner se las ha ingeniado para dar un impulso adicional a la sangría de divisas que, según se informa, últimamente ha alcanzado dimensiones alarmantes ya que día tras día salen del sistema aproximadamente 250 millones de dólares, además de ampliarse la diferencia entre el llamado “dólar paralelo” que ha llegado a cotizarse por encima de $ 5 y el oficial que se mantiene en torno a $ 4,28. Aunque la situación que se ha creado está ocasionando muchos problemas a los habituados a hacer transacciones importantes en dólares, sobre todo las relacionadas con las operaciones inmobiliarias, y no puede sino perjudicar a quienes esperan veranear en el exterior, parecería que al gobierno le preocupa mucho más el impacto psicológico sobre aquellos sectores de la población que no se han visto afectados directamente por las vicisitudes del mercado cambiario. Hasta vísperas de la elecciones, la mayoría confiaba en la capacidad del gobierno para manejar la economía para que continuara creciendo a un buen ritmo sin experimentar barquinazos, pero los intentos torpes de defender el valor del peso, porque es de eso que se trata, han alarmado no sólo a los acostumbrados a mantenerse al tanto de la evolución de las distintas variables financieras sino también a muchos otros al brindar una impresión de impotencia, cuando no de pánico. En el pasado, la sensación de que el gobierno no estaba en condiciones de defender el valor de la moneda siempre estimuló más inflación al modificar las expectativas de quienes fijan los precios tanto mayoristas como minoristas. No hay motivos para suponer que en esta ocasión reaccionarán de manera diferente. A juzgar por los resultados electorales, para más de la mitad del país una tasa de inflación superior al 20% anual es un fenómeno natural con el que puede convivir sin excesivas dificultades, razón por la que Cristina no se ha propuesto tratar de frenarla con la clase de medidas que en otros países están aplicando gobiernos, como los de Brasil y China, que se sienten asustados si amenaza con superar por mucho tiempo el 5%. Como es notorio, desde el punto de vista de la presidenta, los ajustes nunca sirven para solucionar nada. Por lo demás, el gobierno sabe que hay millones de familias que caerían en la pobreza extrema si el costo de vida aumentara mucho más, lo que podría desatar situaciones muy peligrosas en el conurbano bonaerense, de ahí la voluntad oficial de hacer cuanto le parezca necesario para impedir que haya una devaluación demasiado abrupta que tendría repercusiones inmediatas en los precios de una amplia gama de bienes. Por desgracia, los métodos elegidos por el gobierno –controles policiales, trámites engorrosos, la investigación del estado patrimonial de los deseosos de adquirir dólares– están resultando ser contraproducentes, ya que han servido para intensificar el temor a que al país le aguarde una crisis financiera y por lo tanto económica de proporciones. Tampoco han ayudado a tranquilizar a la gente los esfuerzos de ciertos voceros oficiales por hacer pensar que el revuelo que se ha producido en torno al dólar se debe a una especie de conspiración mediática o a las presiones de grupos económicos interesados en sacar provecho de la inestabilidad financiera. La incertidumbre imperante se ha visto agravada por las dudas en cuanto a la conformación del gobierno que acompañará a Cristina cuando se inicie formalmente su segundo período como presidenta. Puesto que el ministro de Economía, Amado Boudou, que a pesar de sus excentricidades tiene la reputación de ser un pragmático, será vicepresidente, la identidad de quien lo reemplazará es un asunto importante: de ser cuestión de un economista respetado con peso propio, como el ex presidente del Banco Central Mario Blejer, podría restaurarse la confianza perdida, pero si Cristina opta por alguien de escaso prestigio y de ideas decididamente heterodoxas como Mercedes Marcó del Pont, la reacción sería muy distinta, ya que muchos temerían que procurara poner fin a la dolarización creciente de la economía “profundizando el modelo”.
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