El dólar en la línea de flotación
Hasta que el gobierno de Mauricio Macri dispuso el fin del cepo cambiario, la unificación del mercado y la vuelta al régimen de flotación, el consenso era casi unánime: el tipo de cambio oficial (entonces de $ 9,84 por dólar) estaba fuertemente atrasado frente a la inflación y los costos internos, mientras resultaba barato en relación a todas las monedas que se devaluaron frente al dólar estadounidense, con el real brasileño a la cabeza. La mejor prueba es el actual aluvión de turistas argentinos que invade las playas de Brasil y se estima en dos millones de personas para este verano. No sólo eso. También hubo un récord de ventas de pasajes hacia otros destinos, en pesos y hasta doce cuotas sin interés, calculados con el dólar turista y el recargo de 35% a cuenta de Ganancias. Incluso hay quienes ya tienen comprados sus tickets para las próximas vacaciones de invierno. Paralelamente, batían récords las ventas de dólar ahorro con el recargo de 20%, que los compradores eludían inmediatamente cambiando los billetes en el mercado paralelo. Mientras todo esto ocurría, penaban los exportadores sujetos a retenciones y también los importadores, que enfrentaban trabas oficiales para comprar insumos y repuestos o no conseguían que el Banco Central les entregara divisas para cancelar operaciones ya concretadas. Todo esto cambió a partir del 17 de diciembre. Durante dos semanas, el nuevo dólar único no se disparó por encima de los $ 15, como temían muchos operadores y analistas, sino que retrocedió hasta ubicarse por debajo de los $ 13, lo cual obligó al BCRA a hacer “sintonía fina” con la suba de las tasas de interés en pesos para revertir esa baja. Evidentemente, había surtido efecto la estrategia oficial de concentrar más “poder de fuego” para desalentar toda corrida cambiaria. Los instrumentos fueron el compromiso de las grandes cerealeras de liquidar u$s 2.000 millones a cuenta de próximas exportaciones de granos, la conversión a dólares (3.000 millones) de parte del swap chino en yuanes y un préstamo de bancos internacionales por 8.000 millones contra garantía de bonos argentinos dolarizados, que estará disponible en los próximos días. Con este arsenal de respaldo, reapareció la oferta de divisas, repuntaron los depósitos en dólares, hubo cierto ingreso de capitales externos y las reservas del BCRA (genuinas, prestadas o “alquiladas”) crecieron en u$s 2.700 millones desde entonces. Hasta fin de año todo parecía idílico. Todo era oferta y faltaba la demanda de los importadores. Entretanto, tampoco faltaron algunas declaraciones contrapuestas acerca del resucitado esquema de flotación cambiaria. En un extremo, los industriales metalúrgicos cordobeses advirtieron en una declaración que, tras la última devaluación del real brasileño (otra vez por encima de los 4 reales por dólar), un dólar cercano a los $ 13 no resultaba competitivo para las exportaciones al país vecino. O sea: veían al tipo de cambio como a las chatas areneras del delta del Paraná, navegando al límite de su línea de flotación. En el otro extremo, muchos comerciantes se quejaron de los proveedores que, después del balotaje, remarcaron preventivamente sus precios en función de un dólar de $ 15 que endurece las ventas. Para ellos esa paridad, hasta ahora inexistente, equivale a barco sin carga ni lastre. Incluso en la última lista de Precios Cuidados se acordó excluir los cortes de carnes y productos frescos. La razón fue evitar que las oscilaciones cambiarias conspiren contra el objetivo de mantener estables hasta comienzos de mayo los valores fijados para una canasta de 317 productos. El segundo capítulo de esta historia reciente comenzó a escribirse con el arranque del nuevo año. El derrumbe de los mercados bursátiles mundiales y de las materias primas (en especial del petróleo) que se produjo el primer lunes del 2016 a raíz de las turbulencias de la economía china (devaluación del yuan y pérdida de reservas) se conjugó con varios factores locales que habían quedado ocultos entre los feriados de fin de año. Entre ellos, la reticencia de los productores de soja a vender sus existencias a un dólar inferior a $ 14, menores liquidaciones de las cerealeras y la reaparición de la demanda de los importadores, en especial para cancelar pagos pendientes mediante el cronograma establecido por el BCRA para dosificar ese stock de deudas comerciales. A ello se sumaron, en menor medida, las compras de dólares por parte de los turistas que sacaron sus pasajes al exterior con el dólar viejo, pero deben afrontar los gastos de viaje con la nueva cotización. Con esta combinación de elementos, el dólar oficial cerró la primera semana del nuevo año en $ 14,10 a nivel minorista, o sea por debajo del que había alcanzado el contado con liquidación antes del balotaje presidencial del 22 de noviembre. Un dato clave, sin embargo, es que en las tres semanas que siguieron a la eliminación de los controles cambiarios el BCRA no intervino para marcar el piso ni el techo de la “banda de flotación” anticipada por el ministro al anunciar el fin del cepo. En otras palabras, esto significa que el equipo económico se encontraría relativamente cómodo mientras el dólar oficial se ubique en torno de los $ 14. Otro dato importante es que, a través de sus licitaciones semanales de letras, el BCRA ya absorbió casi dos tercios del exceso de emisión de pesos producido durante el último año de gestión kirchnerista, lo cual le resta aire a una suba del dólar a nivel mayorista. Y se apresta a lanzar próximamente una línea de depósitos ajustables por inflación (a semejanza de la Unidad de Fomento chilena), con el objetivo de estimular a corto plazo el ahorro en pesos y, a más largo plazo, calzarlo con créditos hipotecarios. De ahí que los contratos de dólar futuro entre privados (también sin intervención del BCRA) se ubiquen para fin de marzo en torno de $ 14. El siguiente capítulo, en cambio, está por escribirse. La solidez del nuevo esquema cambiario dependerá en última instancia de la política fiscal, que tiene entre sus principales componentes la reducción de los subsidios a la electricidad, pero también la readecuación de impuestos, entre ellos, nuevos mínimos y escalas del impuesto a las Ganancias retroactivos a enero y la reducción del IVA para productos de la canasta alimentaria básica a partir de mayo. También de que se avance en la negociación que arrancará esta semana en Nueva York con los holdouts, para salir del default parcial de la deuda y acceder a financiamiento externo a tasas razonables. Y, finalmente, de la definición de la política salarial en paritarias, que también iba a comenzar a fin de esta semana y quedó postergada hasta nuevo aviso.
Opiniones
Néstor Scibona – nestorscibona@gmail.com (Especial para “Río Negro”)