El dólar también votó

Por Redacción

En buena lógica, la seguridad de que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner se vería reelegida por un margen insólitamente amplio debería haber tranquilizado al mercado cambiario en vísperas de las elecciones del domingo pasado, ya que sería difícil concebir una forma más convincente de ratificar la continuidad del “modelo” que, al impulsar el consumo, hizo un aporte enorme al triunfo oficialista. Sin embargo, aunque no había motivo alguno para suponer que las elecciones del domingo nos depararían sorpresas, en los días previos al voto tantas personas querían comprar dólares que el gobierno, alarmado por lo que ocurría, movilizó a la Gendarmería y equipos de inspectores para que “controlaran” a los deseosos de deshacerse de sus pesos y, de tal modo, disuadirlos. Desde luego que el operativo sólo sirvió para aumentar la incertidumbre que se ha apoderado de muchos que quieren ahorrarse disgustos futuros. No es que teman que el gobierno opte por devaluar el peso con el presunto propósito de hacerlo más “competitivo” ya que, por el contrario, se ha comprometido a defender su valor por entender que no sería de su interés alimentar la inflación, sino que existe la sensación de que los próximos meses serán turbulentos en el frente económico y que por lo tanto sería mejor confiar en la Reserva Federal estadounidense que en nuestro Banco Central. Por razones que podrían calificarse de pragmáticas, los voceros de las entidades que dicen representar a los empresarios se han transformado últimamente en partidarios fervorosos del gobierno kirchnerista y de su política económica, pero así y todo se prevé que este año la fuga de capitales alcanzará los 17.000 millones de dólares –el año pasado se fueron 11.400 millones– y no hay indicio de que la reelección de Cristina ayude a frenarla. Si bien no todos los dólares saldrán del país, puesto que muchos quedarán “bajo el colchón”, se trata de un fenómeno inquietante. Puede que la sangría constante de divisas contribuya a mantener cierta estabilidad monetaria, pero también priva al país de dinero que, bien invertido, le permitiría desarrollarse diversificando una economía que, a pesar de la ideología industrialista del gobierno, sigue dependiendo demasiado de la venta de la soja y otros commodities cuyos precios suelen evolucionar de manera imprevisible. A juzgar por las declaraciones formuladas por muchos empresarios conocidos y por el comportamiento del electorado, la política económica del gobierno de Cristina se ve respaldada por buena parte de la población del país. Asimismo, parece más que probable que muchos –acaso la mayoría– de quienes compraron dólares la semana pasada votaron por la presidenta el domingo. Aunque no confían en la capacidad del gobierno para manejar adecuadamente la economía, confían todavía menos en la de las distintas agrupaciones opositoras cuyos candidatos repudiaron masivamente en las urnas. No es la primera vez que esto ha ocurrido. Cuando de las perspectivas ante la economía se trata, el pesimismo forma parte del ADN nacional, de suerte que cualquier duda con respecto a lo que podría suceder en el futuro es suficiente para desatar una huida hacia el dólar norteamericano que, no obstante el temor generalizado de que, de resultas de la deuda astronómica que está acumulando el gobierno del presidente Barack Obama, pudiera perder una parte sustancial de su valor en los próximos años, sigue siendo nuestra moneda de referencia. Hasta que se modifique la situación así supuesta, una proporción excesiva de la riqueza producida por el país se verá ya inmovilizada, ya utilizada para impulsar el desarrollo ajeno. Bien que mal, parecería que pocos realmente creen que el “modelo” aún vigente logre perpetuarse como quisieran la presidenta Cristina y sus simpatizantes más entusiastas. Tanto los habitantes más acaudalados de la “patria financiera” como el despectivamente llamado “chiquitaje”, además, quizás, de algunos operadores kirchneristas y funcionarios, actúan como si estuvieran convencidos de que el país está pasando por una etapa de bonanza relativa que tarde o temprano se verá seguida por otra muy problemática, de tal modo repitiendo una secuencia que se inició a comienzos del siglo XIX y que no muestra señales de estar por concluir.


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