“El Estado son ellos”

Redacción

Por Redacción

Durante varios días de junio el tránsito de los puentes carreteros que vinculan Río Negro y Neuquén fue obstaculizado. Mi esposa, mi hijo y yo terminamos con las molestias propias de exponernos al frío durante los días que tuvimos que cruzar a pie. Más allá de la primera reacción intolerante que me parece que todos tenemos, me obligué a reflexionar para tratar de definir qué es lo que realmente me molesta de estos modos de protesta. No me satisfizo la respuesta “estándar” que he escuchado ya demasiadas veces: “tengo derecho a transitar” u otras declaraciones similares. Básicamente, porque se trata de una contraposición de derechos: el de protestar con otro u otros. ¿Es comparable mi resfrío o mi incomodidad con la necesidad de justicia de los familiares de un joven asesinado por una bala que cruzó un límite interprovincial? ¿Mi fastidio con el de un productor que siente que está al final de su vida productiva por decisiones de política económica? ¿La necesidad de cruzar el río para llegar a tiempo a nuestras actividades con la de algunos de manifestarse por dos jóvenes asesinados por el Estado (o sus representantes) hace 13 años? Ciertamente que no; visto el escenario desde esta óptica, mis penurias son –por mucho– menores que las enumeradas. ¿Y por qué me sigue molestando? Soy una persona que trata de mantener siempre “registro” de los demás, comprender el esfuerzo de la tolerancia para respetar a los demás. La alteridad. Soy –o trato de ser– un individuo tal como lo definió genialmente el profesor Fernando Savater en “Política para Amador”: aquel que hace “sus” cosas con plena conciencia de que haciéndolo correctamente contribuye a un bien mayor. Pero, pero, pero… me sigue molestando. Entonces, recurrí a cosas aprendidas en el secundario y recordé los conceptos del Estado: el absolutismo que aprendí con la frase (brutal) “El Estado soy yo”, los conceptos de “El espíritu de las leyes” (libro que heredé de mi padre) y la frase más reciente “El Estado somos todos”, utilizada en forma de eslogan como corresponde con los usos y modos de nuestra época. ¡Y ahí me di cuenta! Pido disculpas a los que ya se dieron cuenta, pero recién ahora “veo la luz”. El Estado no está resolviendo los conflictos. ¡Vaya novedad! Lo cual también se puede entender como “a nadie le importa” o, peor aún, “estás por las tuyas”. Así como el Estado no resuelve los conflictos, los políticos (casi todos) nunca se posicionan de manera contundente frente a los problemas –por sí o por no– y los jueces parecen buscar más las razones para excusarse que las que indican que deben hacerse cargo. ¿Cuántos fiscales actúan de oficio? Todo parece un inmenso juego del Gran Bonete (disculpen los más jóvenes por la referencia, que pertenece al siglo pasado… pregunten a sus abuelos qué significa, por favor). Así las cosas, me parece que el Estado son ellos. ¿Y quiénes son “ellos”? Todos los que se animan a cortar puentes, rutas, calles. Los que se animan a retener (o secuestrar) ómnibus. Los que se animan a “tomar” terrenos. Los que hacen paros todo el tiempo (habida cuenta de que debería ser una herramienta de última instancia, por la violencia que implica la metodología). Creo que casi siempre comprendo las razones que llevan a “la gente” a actuar del modo en que lo hace. (Casi) nadie entiende de otro modo. También son “ellos” los funcionarios que detentan la representación formal del Estado. No se “bajan del caballo” por menos de un corte de ruta. No atienden el teléfono (pagado con fondos públicos) por menos de una toma. Entre estas dos “partes” se desarrolla el “diálogo”. Se “dialoga” de un modo diferente. Meta corte, paro, tomas y panfleteadas nomás. Ni siquiera un poquito de Hegel para contraponer tesis y antítesis. Ni una pizca de Kant para que nos preguntemos qué pasaría si todos nos comportamos de ese mismo modo. Ni un mínimo recuerdo para Rousseau y el contrato social. ¿Ya nadie se acuerda de Marx? (me refiero a Carlos). No veo que ninguna protesta rescate frases del “Manifiesto” ni reclame por la plusvalía. Ni un poco de conmiseración por los problemas de los demás. De ninguna de las “partes”. Ni de los funcionarios que deben atender al “bien común” ni de los “protestantes”, que ignoran las consecuencias de sus acciones sobre quienes no tienen potestad para resolver sus problemas. Es como si ninguna de las “partes” tuviera registro del otro, que venimos a ser yo y otros varios miles, según puede observar quienquiera que se asome al puente cuando queda cortado o trancado. ¿Y mi molestia? Bueno, creo que luego de haberme esforzado durante cerca de 60 años por ser normal (quiero decir, tratando de atenerme a las normas) vengo a descubrir que he quedado afuera del Estado, porque cambiaron las normas. Ahora se “juega” con otras reglas. Y, además, son otros los actores. Y, como aprendí que los que estaban fuera de las normas eran marginales, creo que me duele haberme vuelto marginal. Alberto R. Castro, DNI 11.977.658 Cipolletti

Alberto R. Castro, DNI 11.977.658 Cipolletti


Durante varios días de junio el tránsito de los puentes carreteros que vinculan Río Negro y Neuquén fue obstaculizado. Mi esposa, mi hijo y yo terminamos con las molestias propias de exponernos al frío durante los días que tuvimos que cruzar a pie. Más allá de la primera reacción intolerante que me parece que todos tenemos, me obligué a reflexionar para tratar de definir qué es lo que realmente me molesta de estos modos de protesta. No me satisfizo la respuesta “estándar” que he escuchado ya demasiadas veces: “tengo derecho a transitar” u otras declaraciones similares. Básicamente, porque se trata de una contraposición de derechos: el de protestar con otro u otros. ¿Es comparable mi resfrío o mi incomodidad con la necesidad de justicia de los familiares de un joven asesinado por una bala que cruzó un límite interprovincial? ¿Mi fastidio con el de un productor que siente que está al final de su vida productiva por decisiones de política económica? ¿La necesidad de cruzar el río para llegar a tiempo a nuestras actividades con la de algunos de manifestarse por dos jóvenes asesinados por el Estado (o sus representantes) hace 13 años? Ciertamente que no; visto el escenario desde esta óptica, mis penurias son –por mucho– menores que las enumeradas. ¿Y por qué me sigue molestando? Soy una persona que trata de mantener siempre “registro” de los demás, comprender el esfuerzo de la tolerancia para respetar a los demás. La alteridad. Soy –o trato de ser– un individuo tal como lo definió genialmente el profesor Fernando Savater en “Política para Amador”: aquel que hace “sus” cosas con plena conciencia de que haciéndolo correctamente contribuye a un bien mayor. Pero, pero, pero... me sigue molestando. Entonces, recurrí a cosas aprendidas en el secundario y recordé los conceptos del Estado: el absolutismo que aprendí con la frase (brutal) “El Estado soy yo”, los conceptos de “El espíritu de las leyes” (libro que heredé de mi padre) y la frase más reciente “El Estado somos todos”, utilizada en forma de eslogan como corresponde con los usos y modos de nuestra época. ¡Y ahí me di cuenta! Pido disculpas a los que ya se dieron cuenta, pero recién ahora “veo la luz”. El Estado no está resolviendo los conflictos. ¡Vaya novedad! Lo cual también se puede entender como “a nadie le importa” o, peor aún, “estás por las tuyas”. Así como el Estado no resuelve los conflictos, los políticos (casi todos) nunca se posicionan de manera contundente frente a los problemas –por sí o por no– y los jueces parecen buscar más las razones para excusarse que las que indican que deben hacerse cargo. ¿Cuántos fiscales actúan de oficio? Todo parece un inmenso juego del Gran Bonete (disculpen los más jóvenes por la referencia, que pertenece al siglo pasado... pregunten a sus abuelos qué significa, por favor). Así las cosas, me parece que el Estado son ellos. ¿Y quiénes son “ellos”? Todos los que se animan a cortar puentes, rutas, calles. Los que se animan a retener (o secuestrar) ómnibus. Los que se animan a “tomar” terrenos. Los que hacen paros todo el tiempo (habida cuenta de que debería ser una herramienta de última instancia, por la violencia que implica la metodología). Creo que casi siempre comprendo las razones que llevan a “la gente” a actuar del modo en que lo hace. (Casi) nadie entiende de otro modo. También son “ellos” los funcionarios que detentan la representación formal del Estado. No se “bajan del caballo” por menos de un corte de ruta. No atienden el teléfono (pagado con fondos públicos) por menos de una toma. Entre estas dos “partes” se desarrolla el “diálogo”. Se “dialoga” de un modo diferente. Meta corte, paro, tomas y panfleteadas nomás. Ni siquiera un poquito de Hegel para contraponer tesis y antítesis. Ni una pizca de Kant para que nos preguntemos qué pasaría si todos nos comportamos de ese mismo modo. Ni un mínimo recuerdo para Rousseau y el contrato social. ¿Ya nadie se acuerda de Marx? (me refiero a Carlos). No veo que ninguna protesta rescate frases del “Manifiesto” ni reclame por la plusvalía. Ni un poco de conmiseración por los problemas de los demás. De ninguna de las “partes”. Ni de los funcionarios que deben atender al “bien común” ni de los “protestantes”, que ignoran las consecuencias de sus acciones sobre quienes no tienen potestad para resolver sus problemas. Es como si ninguna de las “partes” tuviera registro del otro, que venimos a ser yo y otros varios miles, según puede observar quienquiera que se asome al puente cuando queda cortado o trancado. ¿Y mi molestia? Bueno, creo que luego de haberme esforzado durante cerca de 60 años por ser normal (quiero decir, tratando de atenerme a las normas) vengo a descubrir que he quedado afuera del Estado, porque cambiaron las normas. Ahora se “juega” con otras reglas. Y, además, son otros los actores. Y, como aprendí que los que estaban fuera de las normas eran marginales, creo que me duele haberme vuelto marginal. Alberto R. Castro, DNI 11.977.658 Cipolletti

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