El estallido mediooriental
El proceso de paz naufraga en Medio Oriente. Un baño de sangre provocaría graves consecuencias para el mundo.
Aunque muchos insisten en que todavía hay tiempo para que israelíes y palestinos se convenzan de que les convendría intentar reanudar el llamado «proceso de paz», a esta altura parece más que probable que antes se produzca un baño de sangre aun cuando los países vecinos opten por no intervenir directamente. Si ello sucede, las repercusiones para el resto del mundo serán sumamente graves, incidiendo en todas las economías y estimulando actos de terrorismo como aquellos que en nuestro país dieron pie a la destrucción de la embajada de Israel primero y de la sede de la AMIA después. Es que la convivencia pacífica de grupos radicalmente distintos depende de la voluntad de todas las partes de hacer concesiones permanentes y de respetarlas en aras del interés común, el cual, a juicio de la mayoría de los occidentales, siempre será pluralista. En el Medio Oriente, empero, abundan las personas que rechazan por completo la idea para ellos impía de que pueblos de etnias y cultos religiosos diferentes puedan vivir en armonía. En Israel, una minoría de fanáticos, que se ha visto fortalecida en las décadas últimas gracias a la llegada de grandes contingentes de judíos procedentes de los países islámicos, no tiene intención alguna de tratar a los árabes como iguales. Por el contrario, quiere que su país sea un Estado teocrático parecido al existente en Irán en el que las minorías, sobre todo si son árabes, carezcan de derechos. Asimismo, tanto en los territorios ocupados por palestinos como en los países vecinos, suelen llevar la voz cantante sectores que no se sentirán conformes hasta que el Estado de Israel comparta el destino de los reinos cristianos fundados por los cruzados.
Así las cosas, no es sorprendente en absoluto que el «proceso de paz» impulsado por el presidente estadounidense Bill Clinton haya naufragado antes de tomar puerto. Aunque el gobierno israelí de Ehud Barak hubiera hecho concesiones mucho más importantes que las ofrecidas, los grupos árabes maximalistas le habrían exigido otras mayores, porque lo que quieren es poner fin a la presencia israelí en la región. Además, pocos en Israel confiaban demasiado en la sinceridad de interlocutores supuestamente «moderados» como Yasser Arafat: los más entendían que para ellos la eventual creación de un Estado palestino semiindependiente sería sólo un paso hacia un objetivo supremo que significaría su propia destrucción. Por eso, el «proceso de paz» mismo contribuyó a caldear los ánimos y los «avances» que tanto entusiasmaron a la «comunidad internacional» liderada por Washington sirvieron más que nada para estimular a los duros de ambos bandos.
En este contexto, las luchas en torno de los «lugares sagrados» han resultado ser una fuente inagotable de pretextos para la violencia. La mera presencia de personajes determinados en las cercanías de uno ha sido más que suficiente como para desatar olas de ataques seguidos por represalias a veces brutales. Desde el punto de vista occidental, las pasiones así desatadas son apenas comprensibles, pero ocurre que el pluralismo tolerante propio de las democracias multiétnicas y multiculturales no es exactamente frecuente en el mundo árabe ni, últimamente, en Israel. Así, pues, era de prever que, frente al «riesgo» de que diplomáticos comprometidos con la paz que ofrecían a los habitantes de la región un futuro económico promisorio lograran alcanzar un acuerdo, los intransigentes encontraran muchas oportunidades para imponer sus tesis despiadadas.
A diferencia de los árabes, los israelíes saben que no pueden darse el lujo de perder una guerra. Por lo tanto, no les queda otra opción que la de reaccionar con extrema firmeza ante cualquier cuestionamiento de su hegemonía militar. Por eso era virtualmente inevitable que sus intentos de ofrecer concesiones -todas inadecuadas, obvio es decirlo- sin brindar la impresión de ser débiles resultarían contraproducentes. Lejos de posibilitar la paz, ayudaron a creer una situación que quizás resulte aún más explosiva que la provocada por la invasión del Líbano en 1982. Además, como si esto ya no fuera más que suficiente, la reacción israelí frente a los ataques de grupos como la turba que linchó a dos soldados en Ramallah le está costando la simpatía de muchos dirigentes occidentales.