El estallido social norteamericano






¿Qué pueden hacer los demás para reducir la brecha que a pesar de todo lo hecho en las décadas últimas sigue separando a la minoría negra del resto de la sociedad de EE.UU.?


Es tentador tomar los disturbios violentos que están sacudiendo Estados Unidos por evidencia de que aquel país sigue siendo “estructuralmente racista” y los negros son las víctimas predilectas de la brutalidad policial y judicial. Para muchos, se trata de la única explicación posible de la reacción enfurecida de tantos ante el asesinato en Minneapolis de un negro, George Floyd, por un policía blanco.

Dan por descontado que todos los días suceden episodios igualmente truculentos, pero, por fortuna, no son nada frecuentes; quienes buscan antecedentes suelen aludir a hechos que sucedieron hace años. Conforme a las estadísticas oficiales, los policías norteamericanos son más proclives a disparar contra individuos de su propio grupo étnico que a miembros de otros; no quieren ser acusados de racismo.

De todos modos, las protestas mayormente pacíficas que siguieron a la muerte de Floyd pronto mutaron en algo parecido a una insurrección, con saqueos en más de cien ciudades, la quema de edificios y muchísimos autos. Aunque negros protagonizaron los desmanes, el que los acompañaran contingentes de blancos permitió al presidente Donald Trump sostener que militantes de la extrema izquierda procuraban poner a su país de rodillas y amenazar con llamar al ejército regular para que se encargara de la situación.

A Trump le convendría que amplios sectores de la población creyeran que está en marcha una peligrosa rebelión. Sabe que “ley y orden” suele ser una consigna muy eficaz en tiempos agitados y que lo ayudará el espectáculo de bandas de saqueadores que irrumpen en comercios, se ensañan con sus dueños o empleados para entonces salir corriendo con el botín. También esperará sacar provecho de la impresión dejada por dirigentes demócratas reacios a condenar la conducta de los más exaltados, acaso por temor a perder el “voto negro” en las elecciones presidenciales de noviembre.

Otro ingrediente del cóctel explosivo es el aportado por el coronavirus. Decenas de millones de norteamericanos han estado en cuarentena, han visto desaparecer sus empleos y sus ingresos, y prevén que nunca volverán a disfrutar de la vida relativamente próspera a la que se habían acostumbrado.

Mientras que algunos confían en que las protestas obligarán a los políticos, grandes empresarios y otros a tomar más en serio la situación poco feliz de la “comunidad negra” o “afroamericana”, otros insisten en que medidas destinadas a apaciguarla serían contraproducentes.

Señalan que, si bien en Estados Unidos los prejuicios raciales siguen existiendo, atribuir todos los problemas de los negros e integrantes de otras minorías a la hostilidad de sus compatriotas blancos solo sirve para agravarlos. A su juicio el paternalismo ilustrado, por llamarlo así, que se institucionalizó luego de la lucha por los derechos civiles de los años sesenta del siglo pasado, supone tratarlos como menores de edad, incapaces de ser responsables de su propio destino, que dependen de la benevolencia de los demás.

El resultado de los esfuerzos por eliminar las diferencias económicas, sociales y educativas entre los distintos grupos étnicos ha sido un sistema improvisado que complace a blancos deseosos de hacer gala de su solidaridad hacia quienes a su entender son víctimas de la maldad ajena y aquellos negros que se especializan en el arte lucrativa de aprovechar la sensación de culpa que atormenta no solo a progresistas sino también a muchos conservadores.

En cambio, no ha beneficiado en absoluto a los negros de a pie que parecen ser cada más propensos a actuar de manera autodestructiva. Una proporción desmedida de jóvenes están encarcelados, pocos se casan, en los barrios de ciudades como Chicago que dominan los asesinatos son rutinarios sin la intervención de blancos, y el nivel educativo promedio es lamentable.

En cuanto a los programas de “acción afirmativa” que les permite estudiar en universidades de elite a pesar de no contar con los conocimientos necesarios, han dado lugar a un nuevo tipo de discriminación sistemática en que las víctimas principales son jóvenes de origen asiático.

Pues bien: ¿qué pueden hacer los demás para reducir la brecha que a pesar de todo lo hecho en las décadas últimas sigue separando a la minoría negra del resto de la sociedad norteamericana? ¿No convendría más dejar de tratarla como una comunidad que es la víctima eterna de prejuicios despreciables? Martin Luther King esperaba que vendría el día “en el que la gente no sea juzgada por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter”, pero parecería que hoy en día los estadounidenses más influyentes entienden que lo único que realmente importa es “la identidad” étnica de las distintas personas.


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