El futuro hipotecado
Hace aproximadamente diez años, cuando la Argentina se deslizaba hacia el default, la corrida bancaria y la devaluación brutal que depauperarían a millones de personas, dirigentes norteamericanos aprovecharon la oportunidad para sermonearnos sobre la importancia del “azar moral” y de la necesidad de entender que tratar de vivir por encima de los medios disponibles puede tener consecuencias calamitosas. En principio, tenían razón quienes hablaban así, pero se equivocaban por completo si creían que la clase política de su propio país era radicalmente distinta de la nuestra. No sólo aquí sino también en Europa y Estados Unidos, gobiernos nacionales, provinciales y municipales, confiados en que el crecimiento futuro se las arreglaría para cubrir los déficits resultantes, se acostumbraron a comprometerse a gastar cada vez más sin prestar atención a las advertencias de los agoreros de siempre. Los emularon los consumidores, que en muchos casos se endeudaron hasta el cuello para comprar una gama amplia de bienes y servicios, entre ellos casas cuyo valor aumentó año tras año, permitiéndoles endeudarse todavía más, un fenómeno que ayudó a crear las burbujas inmobiliarias gigantescas que, al estallar en la segunda mitad del 2008, dejaron comatoso por algunas semanas el sistema financiero internacional. A partir de entonces, los gobiernos de los países ricos están procurando reparar los daños imprimiendo cantidades astronómicas de dinero. Aunque sus esfuerzos en tal sentido han sido relativamente exitosos puesto que en la mayoría de los países el crecimiento se ha reanudado, la crisis ocasionada por el endeudamiento excesivo dista de haber terminado. Por el contrario, hay motivos para temer que, en los meses próximos, se produzca una nueva ola de bancarrotas en Estados Unidos y Europa cuyo impacto social podría ser aún peor que el asestado por las secuelas del hundimiento del banco de inversión Lehman Brothers. En Estados Unidos, California, Illinois, Nueva Jersey, Florida y otros estados están tambaleando al borde del default. También lo están ciudades antes florecientes como Detroit en que las autoridades se han visto obligadas a despedir a policías, bomberos y docentes, además de ahorrar dinero cortando servicios habitualmente considerados esenciales. En algunos municipios norteamericanos, los esquemas jubilatorios ya han colapsado, privando a ex empleados públicos de sus ingresos; según los pesimistas, a muchísimos otros les aguarda un ajuste igualmente feroz. Por ser tan colosal la cantidad de dinero que se necesitaría para restaurar “la normalidad” –se estima que en Estados Unidos las deudas estaduales y municipales alcanzan la friolera de dos billones de dólares–, las medidas precisas para reducirlas a niveles manejables tendrán que ser sumamente drásticas. Si bien el gobierno del presidente Barack Obama está a favor de continuar aumentando el gasto público hasta que se haya consolidado la recuperación de “la gran recesión” que se inició en el 2008, la recién fortalecida bancada republicana en el Congreso quiere poner en marcha cuanto antes programas de austeridad draconianos. Para complicar todavía más el panorama, está comenzando a jubilarse la generación del “baby boom” o explosión de natalidad que siguió a la Segunda Guerra Mundial y duró hasta 1964. Desgraciadamente para quienes vendrían después, dicha generación acumuló una multitud de derechos adquiridos pero no ahorró lo suficiente como para costearlos. Asimismo, la globalización combinada con el progreso tecnológico vertiginoso que está impulsando “la economía de conocimiento”, o sea una en que una minoría de especialistas gana mucho pero los demás tienen que conformarse con empleos e ingresos muy inferiores a los conseguidos por sus equivalentes de la generación anterior, está excluyendo a una proporción creciente de los jóvenes del mercado laboral, con el resultado de que no estarán en condiciones de financiar las necesidades de sus mayores. Puede entenderse, pues, la sensación de desconcierto que se ha apoderado de tantos norteamericanos y europeos que, hasta hace poco, creían tener el porvenir asegurado. Parecería que la crisis socioeconómica de los países ricos apenas ha comenzado y que para el grueso de la población los años próximos serán mucho más difíciles de lo que la mayoría pudo prever.