El gran ajuste progre
Estimular una economía inflándola es maravillosamente fácil y en países en los que la mayoría teme tanto a las recetas ortodoxas que está dispuesta a confiar en cualquier alternativa suele ser políticamente rentable, pero impedir que la burbuja resultante estalle a destiempo es siempre muy difícil. ¿Logrará hacerlo el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que, ya despilfarrados los beneficios políticos que le supusieron algunos años de jolgorio fiscal, se ha visto obligado a cambiar de rumbo? Es posible, ya que cuenta con algunas ventajas, entre ellas la voluntad opositora de asegurar que permanezca en el poder hasta el 10 de diciembre del año que viene, aunque sólo fuera a fin de forzarlo a asumir la plena responsabilidad por el ajuste puesto en marcha a comienzos de año. Sin tener que preocuparse por una eventual conspiración destituyente porque lo último que quisieran los líderes opositores sería reemplazar prematuramente al gobierno actual, Cristina apuesta a que le sea dado seguir enfriando la economía sin provocar reacciones demasiado fuertes por parte de los muchos perjudicados por la recesión. En esta empresa la ayuda el que el encargado del operativo, el ministro de Economía Axel Kicillof, sea considerado un “keynesiano”, cuando no un “marxista” que, para más señas, está vinculado con La Cámpora. Si bien los opositores pueden divertirse subrayando la diferencia insalvable que se da entre las presuntas convicciones del ministro y lo que le ha tocado hacer, tanto ellos como los oficialistas entenderán que su accionar herético se debe a que, dadas las circunstancias, no hay alternativas. De tratarse de un funcionario sospechoso de simpatías “neoliberales”, a Kicillof le sería casi imposible continuar tomando medidas antipáticas sin provocar una rebelión interna pero, felizmente para él, sus credenciales contestatarias no admiten discusión. Para los adversarios menos escrupulosos del gobierno kirchnerista la ubicación del ministro en el lado bueno del mapa ideológico nacional no constituye un problema. Sindicalistas opositores como Hugo Moyano y Luis Barrionuevo han optado por pasar por alto los antecedentes progresistas de Kicillof para tratarlo como un ortodoxo derechista más. Parecen suponer que, si fuera un peronista auténtico, podría frenar la inflación y defender el poder adquisitivo de la gente sin que nadie sufriera inconvenientes, de ahí los afiches en que dicen “No al ajuste, no a la inflación, sí a las paritarias libres”. Hace apenas medio año, la mismísima presidenta Cristina hubiera puesto su firma al pie de tales reclamos pero, al darse cuenta de que la economía tambaleaba al borde de un abismo, emprendió una guerra subrepticia contra su propio modelo. Por ser cuestión de un esquema claramente insostenible basado en la ilusión infantil de que un gobierno popular debería poder gastar cada vez más sin tener que conseguir los fondos necesarios, el viraje impulsado por Kicillof y el titular del Banco Central Juan Carlos Fábrega, con la aprobación resignada de Cristina, es positivo, pero hubiera sido mejor haberlo ordenado cinco o seis años antes. Sin embargo, por motivos que entenderán muy bien los críticos sindicales del ajuste en marcha, el gobierno kirchnerista prefirió aguardar hasta que finalmente sucediera lo inevitable al resultar insuficientes los ingresos como para permitirle continuar repartiendo subsidios y otros beneficios al ritmo al que se había acostumbrado. Aunque Kicillof, Fábrega y los demás se afirman contrarios a las políticas de shock, el impacto de la caída abrupta del consumo y la pérdida rápida de poder adquisitivo ya ha sido bastante doloroso y todo hace prever que en las próximas semanas el gobierno se verá constreñido a tomar medidas mucho más duras que las ensayadas hasta ahora, puesto que el déficit fiscal en febrero subió un 60,2% en comparación con el mismo mes del año anterior. Mal que les pese a los atribulados funcionarios kirchneristas, les será forzoso ordenar más cortes; en caso contrario, se reanudarían las convulsiones en los mercados cambiarios y aumentaría el riesgo de que la aventura populista de Cristina terminara en medio de una crisis tan caótica como las protagonizadas por otros mandatarios de ideas parecidas a las suyas.
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