El gran desafío

Aunque la renuncia de Machinea tomó de sorpresa a muchos, lo más sorprendente es que haya durado tanto tiempo, considerando su falta de convicción.

Por Redacción

Aunque parecería que la renuncia del ministro de Economía, José Luis Machinea, tomó a muchos por sorpresa, la verdad es que lo más sorprendente es que haya durado tanto tiempo en un puesto que para un hombre de su temperamento difícilmente pudo haber sido más ingrato. No es que Machinea haya sido un ministro llamativamente malo. Si bien a juicio de los que cuentan con la ventaja de saber lo que sucedería después cometió errores garrafales al incrementar la presión impositiva cuando ya estaba en marcha una recuperación modesta y ordenar un ajuste en otro momento igualmente delicado, en términos generales ha obrado con eficacia. Es que en la Argentina no es suficiente que un ministro de Economía sea un técnico muy bueno. Para que tenga éxito, también es necesario que sea dueño de una personalidad avasalladora y que, a pesar de una cuota imprescindible de arrogancia, sea capaz de brindar la impresión de estar más que dispuesto a escuchar los planteos ajenos aunque sólo fuera para poder descartarlos. De más está decir que Machinea jamás ha poseído tales cualidades, deficiencia que lo convirtió en presa fácil de los muchos adversarios no tanto del gobierno aliancista cuanto del «modelo», es decir, de la Argentina que efectivamente existe en el mundo tal y como es.

En los países desarrollados, tanto la clase política como el grueso de la ciudadanía entienden muy bien que las economías evolucionan cíclicamente, que los factores externos pueden incidir mucho y que la expansión no puede concretarse sin cambios traumáticos. Asimismo, los más comprenden que sería absurdo atribuir todo cuanto sucede a un ministro determinado o a incluso a un gobierno, porque una coyuntura suele ser consecuencia de lo que se hizo años antes. Pero en este sentido, como en otros, la Argentina es diferente. Aquí, casi todos parecen creer que lo normal sería una tasa de crecimiento superior al diez por ciento anual, de modo que una recesión prolongada no puede sino ser evidencia del fracaso irremediable del ministro de turno. De la misma manera, mientras que en España la tasa de desempleo fue durante un decenio mucho más alta que la argentina actual sin que los sucesivos ministros fueran acusados de tolerarlo, Machinea apenas se había acostumbrado a sus nuevas oficinas cuando comenzó a ser denunciado como el máximo responsable del estado del país. Por supuesto, no bien conseguido el préstamo conocido como «blindaje», se dio por descontado que a menos que la economía empezara a crecer con cierto vigor antes de marzo tendría que irse.

Tal forma voluntarista de tratar al ministro hubiera sido razonable si contara con el respaldo constructivo de su propio partido pero, obvio es decirlo, esto nunca ha sido el caso. El único motivo por el que la UCR le extendió cierto apoyo consistió en que a sus correligionarios no les gustaba para nada la idea de reemplazarlo por Ricardo López Murphy, el más «liberal» -es decir, menos fantasioso- de los radicales o, peor aún, por Domingo Cavallo. Por lo demás, diversos políticos radicales y frepasistas hicieron cuanto pudieron por hacerle la vida imposible. Triunfaron: la embestida jubilosa contra el jefe del Banco Central liderada por la radical chaqueña Elisa Carrió y por Raúl Alfonsín que, según parece, no perdona a ningún partidario confeso de la dolarización a pesar de que él mismo haya hecho más que nadie por impulsar el uso del dólar estadounidense, puso un fin prematuro a sus esperanzas. Es de suponer que renunció porque sabía que con amigos como éstos no tendría ninguna posibilidad de alcanzar sus objetivos.

Para De la Rúa y para el país, las próximas semanas serán fundamentales. A menos que el gobierno logre recuperar toda su autoridad, la irresponsabilidad apenas creíble de «dirigentes» para los cuales las internas importan más que el país, la política es un culebrón emocionante, el Ministerio de Economía es sólo un campo de batalla más y los fracasos son festejados si pueden ser imputados a sus enemigos ideológicos, podría terminar hundiendo cualquier gestión, lo cual, claro está, no contribuiría en absoluto a mejorar la condición ni de la economía ni la vida de los millones que, gracias a la inoperancia crónica de los «dirigentes» políticos, se encuentran atrapados en la miseria.