El hambre de Pichetto



ALBERTO R. LARÍA *

El senador y candidato a vicepresidente, Miguel Ángel Pichetto, calificó con mucha dureza a las personas que cortaron calles y avenidas de Buenos Aires y otras ciudades del país, pidiendo implementación de la emergencia alimentaria. Según el senador, “no laburan ni quieren trabajar”. Sostuvo que son parte del endeudamiento argentino. Acusó a los manifestantes de querer alterar la situación. De querer conmocionar al espacio público. Para justificar sus imprecaciones se apoyó en una fake news: que el 60 por ciento del Presupuesto total está comprendido en “planes, piqueteros, cooperativas de la pobreza, multinacional del cartón”. Afirmó que atrasan al país. “Estos pibes -dijo- quieren subirse a Sierra Maestra. No somos Biafra. Estamos en un país enfermo”.


Pichetto se permite estas declaraciones provocativas en un momento muy grave y oscuro de la Argentina. Parece claro que el desasosiego y la angustia que padecen millones de hogares en el país son la consecuencia directa de un plan de saqueo sistemático, implementado por el gobierno de Cambiemos. El hambre, no es sino la repetición histórica de un cruel sistema aplicado anteriormente con calculada perfección por la dictadura militar. Negarla, tramitarla con frivolidad o explicarla con el argumento de que quienes quieren disolver ese mal son los mismos que la provocan, es penetrar en un ámbito discursivo siniestro.


Es estremecedor advertir cómo un senador de la Nación, converso de urgencia, puede negar una realidad tan tangible para cualquier ciudadano honrado y de buena fe, con restos de sensibilidad. La carencia alimentaria no es hija de una confabulación. Es una verdad flagelante y ofensiva. Reducirla al no quieren trabajar y no trabajarán jamás, es papilla rápida y adulterada para consumos masivos. Abordar el significado simbólico de esas afirmaciones es tarea del pensamiento. Hay que recurrir al estudio de las perversas estrategias de comunicación que son inaugurales con el gobierno macrista.


El sociólogo Saúl Feldman ofrece el concepto de “cinicracia” que procura sintetizar lo que es el desarrollo metodológico del cinismo, como estrategia discursiva privilegiada en la gestión del poder. El fin último, es la configuración de un sistema de creencias que se presentan con carácter de verdad y que no hacen sino reforzar el sentido común más rústico.

Siguiendo a Pichetto: la deuda la crean los planes sociales. El hambre no existe. Kicillof es marxista. Los piqueteros son guerrilleros. Estas falacias habladas y divulgadas en el espacio público, quieren sustituir una realidad dolorosa y eludir la responsabilidad de sus mentores. El legislador de la República se ha puesto el traje de campaña y asume un liderazgo que tiene por misión difundir, acusar, exacerbar la narrativa de crueles e intolerantes. Son argumentos que fueron utilizados, en otros momentos de oscuridad de la humanidad, por los macartistas de los Estados Unidos, el nazismo alemán y las escuadras aterradoras de los fascistas italianos o de los falangistas españoles.


Las organizaciones sociales protestan, demandan, exigen. Pero no desbordan el espacio democrático. No son los criminales, sino sus víctimas. Y son, paradójicamente, las que están conteniendo para que nuevamente la historia no sea un crimen. Da la sensación de que el macrismo va camino a reminiscencias de las tragedias del 2001 y gobierna tentado por el impulso tanático de recrear un nuevo Fernando De la Rúa. Las elecciones de las PASO han abierto un cauce, una espera, que tendería a mitigar males mayores. Esas organizaciones y la oposición están juramentadas en no provocar y caer en la celada de la violencia que azuza el gobierno, como alternativa a sus inexorables días de agonía y final.


Denigrar como pícaros vividores del Estado a quienes aspiran a saciar su hambre de pan y dignidad es menoscabar la idea de honestidad política y social.



Pichetto, que ha aprendido a vivir en la metamorfosis, celebrado por el macrismo como un dialoguista, moderno y republicano, ejerce el contumaz esfuerzo de recrear los peores climas en momentos delicados. Se muestra ávido en libar hasta la última gota de un resentimiento indisimulable, para aguijonear los más bajos instintos de cierta parte de la sociedad. Aquella que quiere ver en el pobre, el excluido, el extranjero latinoamericano, la cuna que mece a todas sus frustraciones. El republicanismo que luce, sin embargo, tiene sus licencias. Es indulgente con sus propias faltas. Lo eximen de renunciar a la banca y a su dieta, aunque su legitimidad política esté largamente caducada, hecho que haya consumado la clara malversación de los votos que le dieron los rionegrinos.


Denigrar como pícaros vividores del Estado a quienes aspiran a saciar su hambre de pan y dignidad es menoscabar la idea de honestidad política y social. Al calificar a los pobres como vagos que son culpables de su propio destino, el senador parece olvidar que su propia mesa está bien servida. Así demuestran los 40 empleados bajo su órbita en el Senado y el Consejo de la Magistratura y, según un informe en Eldestapeweb.com, los tres millones de pesos mensuales que la misión del senador costaba al erario público a junio del presente año. Parecería, entonces que son los planeros VIP que no están al alcance de la crítica del discurso pichettista. Son los que no tienen urgencias. La masa sobrante puede quedar en espera penitente, en agonía deteriorante, paulatina. En esa concepción, ése es su estado de naturaleza y en ello deben consumir su alma y su vida.

* Licenciado en Psicología


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