El hombre que ayudó a cambiar el mundo
SEGÚN LO VEO
De haber sido Lee Kuan Yew un cantante popular, un plutócrata de gustos extravagantes o un bandolero célebre, los medios locales hubieran aprovechado la oportunidad que fue proporcionada por su muerte para llenar páginas enteras con anécdotas acerca de sus proezas, pero puesto que no fue más que el primer ministro jubilado de un país chiquitito, a pocos se les ha ocurrido dedicarle más que algunos párrafos escuetos aportados por diarios extranjeros. Es que el fallecimiento de un anciano asiático, a la edad de 91 años, motiva menos interés que las vicisitudes emocionales de una actriz famosa o el salvajismo sin límites de ciertos guerreros santos, lo que, pensándolo bien, es un tanto preocupante. Después de todo, Lee no fue un político común. Por el contrario, ocupará un lugar privilegiado entre los cuatro o cinco más exitosos del siglo XX. En la guerra contra la miseria que ha sido el destino de casi todos desde que el mundo es mundo, Lee ganó más batallas que cualquier líder revolucionario.
Su monumento es Singapur. La ciudad-Estado de poco más de cinco millones de habitantes, cuyo ingreso per cápita es superior a los anotados por Noruega, Suiza, Estados Unidos o la vieja potencia colonial, el Reino Unido, si bien inferior a aquel del centro de Londres, es en buena medida su creación. Cuando Singapur rompió con Malasia en 1965, aún era un puerto soñoliento, pobre y sucio, plagado de tensiones étnicas. Gracias a Lee, y casi exclusivamente a su liderazgo, no tardaría en transformarse en la dínamo extraordinaria que actualmente es.
Por ser Singapur una ciudad en la que la mayoría es, por su origen y cultura, china, fue natural que su desarrollo muy rápido impresionara muchísimo a los comunistas de la República Popular. La decisión de Deng Xiaoping de reemplazar las inútiles recetas marxistas o maoístas por otras liberales que hubieran merecido la aprobación de Adam Smith se debió más a la influencia de Lee que al espectáculo similar brindado por la colonia británica de Hong Kong antes de su reincorporación a la madre patria. Es por lo tanto legítimo considerarlo uno de los responsables principales de la transformación de China en una potencia económica importante, una que según algunos ya es la mayor del planeta, y de la salida de la pobreza degradante de centenares de millones de personas.
Con todo, el éxito fulminante del modelo ideado por Lee, lo mismo que las hazañas macroeconómicas y, no lo olvidemos, educativas recientes de China, plantea algunos dilemas a los deseosos de instalar una versión en sus propios países. No era un dictador brutal equiparable con Mao, Fidel Castro o los miembros de la dinastía norcoreana de los Kim, o con los calificados de derechistas como Francisco Franco y Augusto Pinochet, pero tampoco era un demócrata. Además de castigar con severidad a los corruptos -parecería que apenas los hay en Singapur- y a los narcotraficantes, trataba mal a quienes se animaban a criticar al gobierno con vehemencia a su entender excesiva. Decía no tener más alternativa porque, sin una dosis fuerte de autoritarismo paternalista, Singapur pronto caería víctima de los feroces conflictos étnicos que esporádicamente estallaban en Malasia, Indonesia y otros países vecinos.
¿Tenía razón Lee? Es imposible saberlo pero, lo mismo que los comunistas de Pekín, el gobierno singapurense ha celebrado con la gente una especie de pacto faustiano: a cambio de privarla de algunas libertades civiles que son típicas de los países occidentales, le dará un nivel de prosperidad envidiable. Parecería que, en los países de tradiciones chinas por lo menos, la mayoría está a favor del arreglo así supuesto, aunque en los años últimos Singapur se ha hecho más democrático de lo que era cuando gobernaba Lee en nombre de lo que llamaba “los valores asiáticos”: disciplina colectiva, trabajo duro, cohesión familiar y respeto por la ley.
Cuando era un estudiante universitario que brillaba en Londres y Cambridge, Lee se afilió al Partido Laborista, pero, como muchos otros asiáticos que habían hecho suyas las tradiciones británicas, le indignó la conducta a su entender decadente de los habitantes de la metrópoli. Le parecieron hedonistas muy poco serios. Algunos británicos coincidían: luego de escuchar a Lee denunciar con pasión lo que en su opinión había debilitado irremediablemente al antes todopoderoso Reino Unido, el entonces ministro de Asuntos Exteriores británico, el laborista George Brown, lo pronunció “el inglés más auténtico al este del canal de Suez”. De todos modos, al encargarse de Singapur, Lee se puso a amalgamar los valores que en su opinión habían caracterizado al imperio europeo que se achicaba con algunos de la China ancestral prerrevolucionaria. No es una exageración decir que la combinación resultante, que también se aplicaba en Hong Kong y que incidiría decisivamente en la evolución económica de China, cambiaría la historia no sólo de su propio pequeño país sino también del mundo.
Sea como fuere, la experiencia de Europa occidental, América del Norte, Australia y, desde 1945, el Japón muestra que sería absurdo suponer que el desarrollo económico sea incompatible con la democracia plena, pero en muchas partes del mundo políticos influyentes y los intelectuales que les suministran ideas siguen creyendo que es un obstáculo, a menudo porque quieren imputar su propia adhesión al despotismo a su hipotética voluntad de combatir la pobreza. Es ésta la actitud de castristas, chavistas y admiradores de los Kim, pero a diferencia de Lee y, hasta cierto punto, los comunistas chinos, tales personajes sólo han logrado depauperar a sus compatriotas.
¿Sería concebible un modelo económico parecido al singapurense en la Argentina? De haber evolucionado a partir de 1965 la economía nacional a un ritmo comparable con el alcanzado por la de Singapur, en la actualidad la Argentina sería un país riquísimo, tal vez el más rico de todos. ¿También sería una democracia genuina? La verdad es que no existen razones para creer que, para prosperar, al país le convendría hacerse más autoritario de lo que efectivamente es, ya que, a diferencia de Singapur, los gobiernos no tendrían por qué perder el sueño pensando en tensiones interétnicas o sectarias como las que con frecuencia motivan pogromos sanguinarios en el sur de Asia oriental, mientras que sería de suponer que el progreso económico, en el caso de que resultara sostenible, serviría para ahorrarnos brotes totalitarios equiparables con los que tantos desastres provocaron en los años sesenta y setenta del siglo pasado.
SEGÚN LO VEO
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios