El largo camino de la inclusión
Sergio Povedano (*)
Supongamos una ficción. Imaginemos que la Argentina está parada en un proyecto de inclusión educativa (por ejemplo, el Nivel Medio). Y esto no sólo contempla que los jóvenes atraviesen la puerta de entrada a la escuela, sino que también implica que se mantengan dentro de ella y en condiciones de igualdad educativa en el proceso. Lo que, por tanto, también implicaría que tal proyecto trascendería a cada gobierno, ya que estaríamos ante una línea de plan educativo a largo plazo. Es decir una modificación o, más bien, una actualización radical del sistema educativo. Así, hoy parece presentarse en la Argentina una discusión en los medios que plantea la incapacidad de los gobiernos en ejecutar planificaciones a largo plazo. En el marco del drama de las inundaciones en la provincia de Buenos Aires, entre excusas de cambio climático y el énfasis en la ausencia de obras por parte de los medios opositores, emerge este problema. Las planificaciones a largo plazo, en apariencia carentes de rédito electoral, al parecer brillan por su ausencia. Y, por desgracia, este tipo de proyección profunda es lo que necesita el sistema educativo argentino y por tanto nuestros jóvenes estudiantes. Si los sectores más populares acceden a la escuela media, lo hacen muchas veces con una frágil preparación académica y en una condición social marcada por la pobreza, con diferentes privaciones, abandono y muchas veces en estados depresivos y carentes de toda motivación. Es por eso que a la escuela pública hay que dotarla de una acabada atención pedagógica, recursos abundantes, docentes calificados con tendencia a la excelencia y las más óptimas condiciones de infraestructura. Y aún más, el sistema educativo argentino debería garantizar las más atrevidas iniciativas de retención, de becas y apoyos económicos reales destinados a los alumnos. Y, en definitiva, acceder a los dispositivos institucionales requeridos, es decir los “botones” inteligentes que propicien un espacio de educación de atención y tiempo integrales. Así, el “debería ser de tal manera” apunta a un sistema educativo regular, dotado de sentido común y propósito (y no “una nave espacial” creadora de superestudiantes). Está claro que en la actualidad los docentes trabajan con carencias integrales. Salarios bajos es la señal representativa de todo un conjunto de recursos elementales que brillan por su ausencia. En la realidad, la supuesta igualdad de oportunidades creada en el ingreso al sistema escolar aporta a construir “la mueca del populismo democrático”. Después de todo, se dice que el populismo es “sostenido por los pobres”. Así bien, cuando la clase popular finalmente atraviesa la barrera de entrada de la escuela media, no va a demorar en construirse esa misma barrera dentro del mismo establecimiento. El secundario los condena por su condición con una oferta educativa que los invita día a día a desistir o abandonar, que los expulsa con indiferencia, echándoles la culpa por su supuesto fracaso. Esta es la tendencia que la educación pública argentina, al parecer, de hecho hoy intenta contrarrestar. ¿Será así? Darle más y mejor educación a la clase popular es una decisión política que se construye sobre una base obvia, sobre un modelo de distribución y redistribución que ubica y reubica a la justicia social en el centro del meollo. Por tanto, la escuela media navega en el mar de un simulacro democrático, tras los procedimientos más complejos de exclusión y discursos meritocráticos que explican, de plano o entre líneas, por qué los mejores triunfan y los peores fracasan. Tenemos, pues, la necesidad de más y mejores escuelas que apoyen al alumno y a su familia para el no abandono de los estudios. Lo que va aparejado a otras temáticas como, por ejemplo, los estudiantes que son sometidos a repetir. ¿Cómo un alumno debe repetir un año por no aprobar tres materias luego de los exámenes? ¿Por qué debe un alumno recursar la totalidad de las asignaturas al año siguiente cuando sólo desaprobó tres? ¿Qué precio paga el joven en la experiencia de repetir el año, qué culpas acarrea? Y este es sólo un aspecto de muchos a revisar en cuanto a métodos de estudio, etcétera. No es secreto que hay factores que allanan un camino hacia una escuela secundaria en un ámbito de formación profesional efectiva. A saber, insisto: el envejecimiento y el abandono de la infraestructura escolar, la falta de inversión pública y sobre todo en planes a largo plazo. Y, sin duda, el déficit del cuadro docente. Este último punto está marcado en Argentina por el ausentismo –producto de los reclamos por escasos salarios– y la falta de entusiasmo –producto de un sistema educativo que necesita un cambio radical y real–. Como afirma Camila Croso citando un estudio de la Organización Internacional del Trabajo, quienes abandonan la escuela media lo hacen por problemas económicos, familiares, embarazos prematuros, por la necesidad de acceder al mercado de trabajo. Y porque, en definitiva, la escuela no tiene los mecanismos para retenerlos. La investigación nombrada asegura que en América Latina y el Caribe el 70% de los jóvenes que deja de estudiar lo hace por estos motivos. Existen innumerables estudios sobre efectos de la educación. Y lo inalterable es que, cuanto más educación, más posibilidades de trabajo y mejores remuneraciones y/o resultados. Sin embargo, entrar en el ámbito de igualdad es mucho más complejo. Christian Baudelot y Francois Leclercq en “Los efectos de la educación”, refiriéndose a Francia, comentan que la escuela ha elevado su nivel intelectual. Y que ha conformado una elite mejor formada y más numerosa pero que ha mantenido o aumentado su distanciamiento con el otro sector. Es decir: la distancia entre ellos, un pelotón de avanzada en relación a una cantidad no menor de alumnos desorientados y mal formados. Y este fenómeno es, afirman los autores, una realidad que se da en todos los países aunque en proporciones variables. No obstante en Argentina deberemos trabajar, primero, en la inclusión fuertemente. Sin inclusión no hay igualdad posible o, más precisamente, es ridículo discutirla. Más allá de la ficción de inclusión educativa que suponemos para la Argentina, existen casos reales de algo diferente de lo anterior, como es el caso del Proyecto Educar 2050 (www.educar2050.org.ar), o el del Cesaj (Centro de Escolarización para Adolescentes y Jóvenes) de la provincia de Buenos Aires y las ER (Escuelas de Reingreso), que ofrecen un ejemplo interesante de inclusión educativa. La directoras Leticia Orrego y Elena Canadell escriben una reseña interesante del proyecto en “Le Monde diplomatique” de agosto. Pero no debemos engañarnos: las excepciones muchas veces afirman la regla antigua anquilosada. ¿La ficción de inclusión puede volverse realidad en su cuadro completo? En principio, podemos trabajar por acceder a la inclusión en el proceso educativo para nuestros estudiantes. Nadie debería sentirse excluido ni repetir el año, y mucho menos irse de la escuela: elemental. (*) Licenciado en Letras