El modelo no tiene futuro



A los voceros oficiales no les gusta hablar de los desafíos económicos que nos aguardan porque, según el relato, merced a la década ganada apenas existen y, aunque los hubiera, sería muy fácil superarlos. Tampoco quieren parecer demasiado preocupados por el estado de la economía los opositores, ya que en tal caso brindarían la impresión de estar impulsando un ajuste salvaje, lo que, claro está, les supondría costos políticos muy altos. Como resultado, buena parte de la clase dirigente nacional ha optado por asumir una postura parecida a la atribuida al avestruz, ya que tanto los oficialistas como los opositores entienden que no les convendría señalar que “el modelo” no podrá sostenerse por mucho tiempo más. Sin embargo, no pueden ignorar que el país sencillamente no cuenta con los recursos financieros necesarios para continuar importando cada vez más energía a un costo anual de, por ahora, aproximadamente 14.000 millones de dólares y que, para hacer aún más sombrío el panorama, el precio internacional de la soja, el producto en que se basa “el modelo” kirchnerista, propende a caer; a comienzos de la semana pasada, estuvo el 20% por debajo del presupuestado para 2013. Asimismo, hay señales de que la inflación está acelerándose, como si el gobierno quisiera impedir que Venezuela, donde la tasa anual es del 42,6%, conservara el liderazgo latinoamericano en la materia, mientras que las reservas del Banco Central siguen evaporándose. Tal y como están las cosas, pues, el país se dirige hacia una crisis socioeconómica sumamente grave, pero, por motivos políticos, ni el gobierno actual ni los líderes opositores están interesados en preparar a la ciudadanía para enfrentarla, tal vez porque ellos mismos se han convencido de que, como sucedió en el 2002, soplará nuevamente un viento de cola fortísimo que les suministre recursos suficientes para ahorrarles la necesidad de tomar medidas antipopulares. De ser así, están engañándose. Para que el petróleo y gas shale de Vaca Muerta vinieran al rescate sería forzoso invertir mucho dinero. Por lo demás, aun cuando más empresas internacionales decidieran pasar por alto los riesgos políticos planteados por el populismo autóctono y participar, como la estadounidense Chevron, en lo que en buena lógica debería ser un negocio extraordinariamente lucrativo, tendrían que transcurrir varios años antes de que el país dejara de tener que importar cantidades crecientes de energía. En cuanto al precio de la soja y de otros productos del campo, depende de factores que no estamos en condiciones de modificar mucho. Lo mismo puede decirse de la evolución económica de nuestro socio principal, Brasil, que, para sorpresa de quienes imaginaban que pronto se erigiría en una gran potencia, parece haber alcanzado un techo, ya que para progresar en adelante necesitará hacerse mucho más competitivo. El “modelo” kirchnerista fue fruto de una coyuntura nacional e internacional pasajera. No sería sostenible a menos que el precio de la soja siguiera aumentando, duplicándose cada dos o tres años, no hubiera problemas con la energía, fuera posible frenar la inflación apretando a los empresarios, Brasil creciera a un ritmo frenético y los inversores se negaran a permitirse desanimar por los constantes atropellos oficiales. Sin embargo, puesto que parecería que el “superciclo” de las commodities está por terminar, el costo de importar energía sube exponencialmente, combatir la inflación requerirá algo más que exhortaciones acompañadas por medidas policiales y Brasil se ha estancado, no cabe duda de que “el modelo” se agotó hace tiempo y que la economía nacional no tardará en experimentar otra crisis de dimensiones muy grandes. Como siempre ha sido el caso, la mayoría de los dirigentes políticos prefiere minimizar los riesgos; a su juicio, es mejor mantener cruzados los dedos y rezar para que no suceda nada ingrato de lo que sería prepararse para lo peor, tomando medidas a tiempo para amortiguar el impacto. Parecería que el cortoplacismo forma parte del ADN de la clase política nacional, razón por la que desde hace décadas en el país alternan etapas de euforia en que se difunde la sensación de que, por fin, se han solucionado todos aquellos engorrosos problemas “estructurales”, con otras signadas por la angustia generalizada.


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