El país de los feriados

Redacción

Por Redacción

Lo mismo que su difunto marido, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha sabido combinar sus actividades políticas con otras empresariales, ya que es dueña de una cadena de hoteles. No extraña, pues, que como tantos operadores turísticos se haya convencido de que aumentar por decreto la cantidad de días no laborables, suplementándolos a menudo con “puentes” para que muchos fines de semana sean insólitamente largos, serviría para estimular la economía. La campaña presidencial a favor de los feriados ha sido exitosa. Parecería que la Argentina ya ostenta el récord mundial en la materia, pero el gobierno está resuelto a ir por más, lo que ha motivado quejas entre dirigentes reaccionarios como el intendente porteño, Mauricio Macri. Según el líder de PRO, “es disparate eso de querer batir récords de feriados. No favorece a nadie”. Muchos coinciden, algunos porque a su entender es absurdo privar a los jóvenes de más días de clase y otros, que incluyen a empresarios turísticos, porque creen que la proliferación de feriados y fines de semana extralargos ha tenido un impacto muy negativo para un negocio que antes se había concentrado en aprovechar las vacaciones de verano y de invierno. Si populistas como Cristina tienen una ideología, ésa es el facilismo. Por razones presuntamente psicológicas, hasta hace poco a los kirchneristas no se les había ocurrido que un país con tantos problemas económicos y por lo tanto sociales como la Argentina tendría que apostar al esfuerzo denodado y el ahorro. Querían que su “revolución” resultara ser una fiesta interminable y que “el modelo” se caracterizara por el despilfarro. Antes de acercarse a su fin la “década ganada”, confiaban en que la fe de los militantes bastara para permitirles superar todos los obstáculos en el camino. Como diría Macri, se trataba de un disparate. También lo es el hecho de que, a diferencia de los izquierdistas tradicionales o sus adversarios conservadores que, si bien de modo distinto, reivindican el trabajo duro, Cristina y sus seguidores hayan preferido subordinar todo al consumo, opción que andando el tiempo tendría consecuencias realmente desastrosas para los supuestamente beneficiados; inflación desbocada, un déficit energético gigantesco y, desde luego, la necesidad apremiante de poner en marcha un ajuste que algunos prevén que igualará al Rodrigazo de junio de 1975, cuando la presidenta Isabel Perón se dio cuenta de que no podría continuar el jolgorio consumista que había acompañado su gestión caótica. Puede que exageren quienes hablan así, que sólo sea cuestión de un “Rodrigazo” en cuotas soportables, pero no cabe duda de que, hasta nuevo aviso, el grueso de la población tendrá que acostumbrarse a gastar menos. La negativa del gobierno kirchnerista a tomar en serio el estado en que se encuentra el país se ha manifestado de mil maneras. La adulteración grotesca de las estadísticas oficiales con el propósito de hacer creer que la Argentina es una isla de prosperidad creciente en un mundo que se va a pique es una. Otras han sido la decisión de entregar, durante años, el manejo de la economía nacional a un personaje tan asombrosamente inepto y extravagante como el exsecretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, la de poner a las Madres de Plaza de Mayo a cargo de la construcción de miles de viviendas sociales, dejar Aerolíneas Argentinas en manos de los muchachos de La Cámpora, gastar muchísimo dinero en Fútbol para Todos y así largamente por el estilo. El entusiasmo de Cristina por los feriados es un síntoma más de la frivolidad congénita al credo populista. Sin embargo, para que una preferencia personal acaso explicable a la luz de su trayectoria como hotelera exitosa incidiera tanto en la vida del país fue preciso que los demás funcionarios del gobierno y legisladores oficialistas compartieran las mismas prioridades; en caso contrario, le hubieran señalado que la Argentina no está en condiciones de darse lujos que podrían ser apropiados para países más ricos pero que no lo son para uno en el que una parte sustancial de la población está sumida en la pobreza. Huelga decir que no lo hicieron. Antes bien, por temor a enojarla o porque ellos también creían que la mejor forma de solucionar los problemas del país consistiría en trabajar mucho menos, le aseguraron que agregar más feriados a los ya existentes sería genial.


Lo mismo que su difunto marido, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha sabido combinar sus actividades políticas con otras empresariales, ya que es dueña de una cadena de hoteles. No extraña, pues, que como tantos operadores turísticos se haya convencido de que aumentar por decreto la cantidad de días no laborables, suplementándolos a menudo con “puentes” para que muchos fines de semana sean insólitamente largos, serviría para estimular la economía. La campaña presidencial a favor de los feriados ha sido exitosa. Parecería que la Argentina ya ostenta el récord mundial en la materia, pero el gobierno está resuelto a ir por más, lo que ha motivado quejas entre dirigentes reaccionarios como el intendente porteño, Mauricio Macri. Según el líder de PRO, “es disparate eso de querer batir récords de feriados. No favorece a nadie”. Muchos coinciden, algunos porque a su entender es absurdo privar a los jóvenes de más días de clase y otros, que incluyen a empresarios turísticos, porque creen que la proliferación de feriados y fines de semana extralargos ha tenido un impacto muy negativo para un negocio que antes se había concentrado en aprovechar las vacaciones de verano y de invierno. Si populistas como Cristina tienen una ideología, ésa es el facilismo. Por razones presuntamente psicológicas, hasta hace poco a los kirchneristas no se les había ocurrido que un país con tantos problemas económicos y por lo tanto sociales como la Argentina tendría que apostar al esfuerzo denodado y el ahorro. Querían que su “revolución” resultara ser una fiesta interminable y que “el modelo” se caracterizara por el despilfarro. Antes de acercarse a su fin la “década ganada”, confiaban en que la fe de los militantes bastara para permitirles superar todos los obstáculos en el camino. Como diría Macri, se trataba de un disparate. También lo es el hecho de que, a diferencia de los izquierdistas tradicionales o sus adversarios conservadores que, si bien de modo distinto, reivindican el trabajo duro, Cristina y sus seguidores hayan preferido subordinar todo al consumo, opción que andando el tiempo tendría consecuencias realmente desastrosas para los supuestamente beneficiados; inflación desbocada, un déficit energético gigantesco y, desde luego, la necesidad apremiante de poner en marcha un ajuste que algunos prevén que igualará al Rodrigazo de junio de 1975, cuando la presidenta Isabel Perón se dio cuenta de que no podría continuar el jolgorio consumista que había acompañado su gestión caótica. Puede que exageren quienes hablan así, que sólo sea cuestión de un “Rodrigazo” en cuotas soportables, pero no cabe duda de que, hasta nuevo aviso, el grueso de la población tendrá que acostumbrarse a gastar menos. La negativa del gobierno kirchnerista a tomar en serio el estado en que se encuentra el país se ha manifestado de mil maneras. La adulteración grotesca de las estadísticas oficiales con el propósito de hacer creer que la Argentina es una isla de prosperidad creciente en un mundo que se va a pique es una. Otras han sido la decisión de entregar, durante años, el manejo de la economía nacional a un personaje tan asombrosamente inepto y extravagante como el exsecretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, la de poner a las Madres de Plaza de Mayo a cargo de la construcción de miles de viviendas sociales, dejar Aerolíneas Argentinas en manos de los muchachos de La Cámpora, gastar muchísimo dinero en Fútbol para Todos y así largamente por el estilo. El entusiasmo de Cristina por los feriados es un síntoma más de la frivolidad congénita al credo populista. Sin embargo, para que una preferencia personal acaso explicable a la luz de su trayectoria como hotelera exitosa incidiera tanto en la vida del país fue preciso que los demás funcionarios del gobierno y legisladores oficialistas compartieran las mismas prioridades; en caso contrario, le hubieran señalado que la Argentina no está en condiciones de darse lujos que podrían ser apropiados para países más ricos pero que no lo son para uno en el que una parte sustancial de la población está sumida en la pobreza. Huelga decir que no lo hicieron. Antes bien, por temor a enojarla o porque ellos también creían que la mejor forma de solucionar los problemas del país consistiría en trabajar mucho menos, le aseguraron que agregar más feriados a los ya existentes sería genial.

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