El partido porteño
Cuando el presidente de turno de la República goza de la aprobación de la mayoría, muchos candidatos a puestos electivos procuran apropiarse de un trozo de su popularidad, de suerte que no sorprende que al acercarse a su culminación la campaña electoral porteña el papel de Néstor Kirchner se haya hecho más importante por momentos. En este ámbito, el más exitoso ha sido con toda seguridad el jefe de Gobierno -es decir, el intendente- actual Aníbal Ibarra, quien según sus propagandistas es Kirchner, aunque su rival principal, el empresario y mandamás del club de fútbol Boca Juniors Mauricio Macri, ha tratado de hacer pensar que en cierto modo es un kirchnerista también, aunque sus adversarios insisten en que en verdad es Menem y por lo tanto culpable de todos los males del país. Sin embargo, aunque parecería que los porteños están entre los más contentos con el desempeño inicial de Kirchner, esto no significa que Ibarra tenga la reelección garantizada: conforme a las infaltables encuestas de opinión, el aliancista podría perder en la primera vuelta aunque es favorito, por un margen estrecho, para triunfar en la segunda, pero sabrá que hoy en día los sondeos no siempre son confiables.
Para Kirchner, la eventual derrota de su “amigo” sería un golpe bastante desagradable no sólo porque al apostar por él se separó del PJ cuyo aparato local prefirió a Macri sino también porque Ibarra, un admirador incondicional de Fidel Castro, es un progresista porteño emblemático y por lo tanto una pieza esencial del movimiento que según parece el presidente está procurando construir en torno de su propia persona, a fin de no tener que depender tanto de caudillos peronistas como su apadrinador, el ex presidente interino Eduardo Duhalde. Asimismo, Kirchner entenderá que si a pesar de haberle prestado su carisma Ibarra no puede ganar con cierta comodidad en el distrito más progresista del país, en el resto del territorio nacional los políticos podrían llegar a la conclusión de que contar con el apoyo del presidente no les serviría para mucho porque su popularidad actual, por asombrosa que parezca, carece de valor electoral. Puesto que el futuro de la gestión de Kirchner podría verse decidido por el respaldo que reciba de los legisladores y gobernadores provinciales, le es fundamental probar cuanto antes que su capacidad para cosechar votos no es inferior a la poseída por Carlos Menem en los años noventa.
Si no fuera por esta realidad, el resultado de las elecciones tanto en Buenos Aires como en las demás jurisdicciones del país no sólo se vería determinado por factores locales, sino que nadie tendría motivos para dudarlo. En tal caso, sería probable que Ibarra perdiera porque a juicio de la mayoría de los porteños su gestión ha dejado mucho que desear, razón por la que se las ha arreglado para “nacionalizar” los comicios con el propósito indisimulable de brindar la impresión de formar parte del liderazgo de un movimiento embrionario encabezado por Kirchner. Pero, desgraciadamente para los porteños y para el resto de la población del país, en los meses próximos los resultados de todos los comicios serán analizados por los interesados en calibrar el poder de convocatoria del presidente de la República que, por su parte, se ha sentido obligado a subordinar casi todo a la conservación de su propia popularidad, por constituir ésta el grueso de su capital político. Que sea así es aberrante por estar la Argentina en medio de una crisis gigantesca de la que le podría ser imposible salir sin una serie de reformas bastante drásticas. Aun cuando la mayoría estuviera dispuesta a apoyar los esfuerzos de un gobierno reformista, siempre habría minorías que en defensa de sus propios intereses, sean “legítimos” o no, tratarán de frustrarlos, pero por razones electoralistas comprensibles el presidente es reacio a enojarlas, de suerte que todo hace suponer que están en lo cierto aquellos que sostienen que la gestión “auténtica” de Kirchner no empezará hasta fines del año cuando ya haya concluido la larguísima temporada electoral en la que el presidente, como un gran ajedrecista, tiene que participar de todos los partidos frente a oponentes muy distintos, a sabiendas de que sus adversarios no le perdonarían ninguna derrota.
Cuando el presidente de turno de la República goza de la aprobación de la mayoría, muchos candidatos a puestos electivos procuran apropiarse de un trozo de su popularidad, de suerte que no sorprende que al acercarse a su culminación la campaña electoral porteña el papel de Néstor Kirchner se haya hecho más importante por momentos. En este ámbito, el más exitoso ha sido con toda seguridad el jefe de Gobierno -es decir, el intendente- actual Aníbal Ibarra, quien según sus propagandistas es Kirchner, aunque su rival principal, el empresario y mandamás del club de fútbol Boca Juniors Mauricio Macri, ha tratado de hacer pensar que en cierto modo es un kirchnerista también, aunque sus adversarios insisten en que en verdad es Menem y por lo tanto culpable de todos los males del país. Sin embargo, aunque parecería que los porteños están entre los más contentos con el desempeño inicial de Kirchner, esto no significa que Ibarra tenga la reelección garantizada: conforme a las infaltables encuestas de opinión, el aliancista podría perder en la primera vuelta aunque es favorito, por un margen estrecho, para triunfar en la segunda, pero sabrá que hoy en día los sondeos no siempre son confiables.
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