El pasado actualizado

Por Redacción

De tomarse en serio la teoría de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la razón por la que la Argentina no es “la potencia industrial más fuerte del mundo” consiste en que “perdimos en Caseros”; caso contrario, da a entender, nos hubiera ido tan bien como a los norteamericanos que “ganaron la Guerra de Secesión”. Para ella, pues, “no hay misterio”: el atraso económico que tantas desgracias continúa ocasionándonos tiene sus raíces en la derrota que puso fin al régimen del Restaurador de las Leyes, tesis ésta que algunos encontrarán bastante alarmante en boca de una presidenta que, por falta de colaboradores confiables, en efecto maneja a su antojo la política económica nacional. Sea como fuere, en un esfuerzo un tanto tardío para remediar, aunque sólo sea parcialmente, lo que a su parecer fue un desastre geopolítico de consecuencias nefastas no sólo para la Argentina sino también para el planeta entero, ya que lo privó de una potencia industrial, la primera mandataria acaba de crear, decreto mediante, el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, que dependerá de la Secretaría de Cultura –y por lo tanto de los aportes de todos los contribuyentes, sean o no “revisionistas”–, que se dedicará a exaltar los méritos de los buenos del pasado argentino, comenzando, desde luego, con aquel gran anglófilo Juan Manuel de Rosas, y denostar a los malos como, es de suponer, Domingo Faustino Sarmiento. Como no pudo ser de otra manera, la iniciativa ha motivado la extrañeza de aquellos historiadores que, a diferencia de Cristina, no sienten nostalgia por los años setenta cuando entre cierta juventud contestataria el revisionismo histórico disfrutó de un boom. Señalan que la visión maniquea reivindicada por la presidenta, según la que hace un siglo y medio patriotas telúricos procuraron en vano salvar al país de las garras de liberales de ideas netamente europeas pero que aún hay tiempo para emprender una epopeya libertadora, es de por sí anticuada y que a esta altura convendría más intentar interpretar el pasado de manera más equilibrada. Aunque puede considerarse encomiable la voluntad de la presidenta de estimular el trabajo de los historiadores, no lo es que se haya comprometido de forma casi belicosa con un enfoque determinado. Asimismo, se equivoca por completo si cree que contar con el apoyo del gobierno, o de un movimiento político, ayudará a prestigiar a los académicos dispuestos a colaborar con la iniciativa y a aquellas figuras del pasado que se sentirán constreñidos a reivindicar. Antes bien, hará de los primeros meros propagandistas, cuando no burócratas a sueldo, parecidos a los que la Unión Soviética o la Alemania nazi trabajaban afanosamente en un intento de convencer a sus compatriotas de que el régimen representaba la culminación de un largo proceso histórico, y no agregará nada a la reputación póstuma de los próceres supuestamente “oscurecidos y relegados” por los responsables, “en pro de sus intereses”, del “embate liberal y extranjerizante. Siempre habrá debates vigorosos entre quienes se sienten partidarios de los distintos protagonistas de los conflictos de otros tiempos –siguen produciéndose polémicas furiosas en torno a lo hecho hace dos milenios o más por personas como Alejandro Magno y Julio César–, pero la participación de políticos activos sólo sirve para darles un perfil caricaturesco, sobre todo si éstos se proponen fortalecer las tesis propias aplicando presiones económicas o sociales a fin de intimidar a los disidentes. Mientras que Cristina cuestiona la buena fe de los que “en pro de sus intereses” discrepan con sus preferencias personales, merced a la decisión oficial de hacer de ellas la verdad oficial, los reacios a hacer suya la versión kirchnerista de la historia nacional tendrán motivos de sobra para cuestionar la buena fe de los revisionistas militantes. En efecto, tendrán derecho a preguntarse si realmente creen en lo que dicen o no será que quieren congraciarse con el poder. Por lo tanto, en adelante será virtualmente imposible no sospechar que los juicios u opiniones de muchos historiadores argentinos se han visto contaminados por las urgencias políticas actuales, en especial las de la presidenta que, no satisfecha con dominar el presente, aspira a hacer lo mismo con el pasado.


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