El peso bajo presión
Por tratarse de una medida que, en principio por lo menos, debería tomar por sorpresa a todos, a los ministros de Economía les está permitido mentir descaradamente cuando ya han decidido devaluar de golpe la moneda local. En tales casos, no les es dado informar a nadie, salvo los funcionarios más encumbrados del gobierno, sobre lo que se han propuesto. Así y todo, no hay motivos para dudar de la voluntad de Axel Kicillof de defender el valor del peso contra viento y marea, resistiéndose a prestar atención a las súplicas de los industriales. Si bien por motivos ideológicos tanto el encargado de la economía nacional como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner serán partidarios de un tipo de cambio “competitivo”, les preocupa más la inflación que la recesión en la que el país ha caído y entienden que, liberados del ancla del atraso cambiario, los precios al consumidor no tardarían en reanudar su marcha ascendente. Aunque nuestra tasa de inflación sigue encontrándose entre las más altas del mundo, superada sólo por la anotada por la Venezuela chavista, en los meses últimos ha bajado un poco al ubicarse en torno al 30% anual, una hazaña que fue posibilitada por el enfriamiento de la economía. El gobierno estima que los costos políticos de la recesión serán menores que los que le supondría un estallido inflacionario, de ahí la decisión de prolongar lo más posible “la paz cambiaria” que se instaló el año pasado. Si no fuera por el peligro planteado por la inflación, Kicillof no vacilaría en acompañar a sus homólogos en otras partes del mundo en que las devaluaciones se han hecho rutinarias, lo que a juicio de algunos presagia una crisis equiparable con la desatada por el hundimiento del gigantesco banco de inversión Lehman Brothers en septiembre del 2008. El Banco Central Europeo ha dejado caer el euro a niveles no vistos desde el 2003; pronto podría alcanzar la paridad con el dólar estadounidense, la divisa que, luego de algunos años de debilidad, se ha fortalecido mucho al optar la Reserva Federal por poner fin al programa de “facilitación cuantitativa”. En el Japón, el gobierno está resuelto a continuar devaluando el yen. Con todo, lo que nos afectaría aún más en el corto plazo que lo que está ocurriendo en las economías avanzadas sería que en Brasil el real siguiera perdiendo terreno frente al dólar. Desde mediados del año pasado ha sufrido una devaluación de más del 25%, mientras que el peso se ha mantenido acoplado al dólar, lo que, conforme a Kicillof, significa que la Argentina ha podido “evitar la inestabilidad y dar certidumbre”. Lo que no dice es que fue precisamente por tales motivos que, en los años noventa, Domingo Cavallo logró frenar en seco la inflación con la convertibilidad. Kicillof exagera, ya que virtualmente nadie cree que la economía nacional sea un dechado de estabilidad, pero tal y como están las cosas no le quedan muchas más alternativas que la de hablar de los beneficios proporcionados por un peso fuerte. De todos modos, el que Brasil haya entrado en una fase recesiva de la que espera salir devaluando la moneda es una pésima noticia para nuestro país. Ya antes de empezar los brasileños a intentar moderar el impacto sobre su economía del fin del boom de los commodities reduciendo abruptamente el valor del real, muchas ramas industriales locales no lograban competir con las brasileñas, razón por la que el gobierno se sintió constreñido a ayudarlas levantando una serie de barreras proteccionistas. De ahora de adelante les será aún más difícil, ya que las empresas brasileñas podrán vender sus productos a precios muy inferiores a los que necesitarían para mantenerse a flote las argentinas. Puede entenderse, pues, la preocupación que sienten los ya alarmados por las eventuales consecuencias de “la alianza estratégica” con China que el gobierno kirchnerista quiere consolidar antes de irse. Si bien la falta de competitividad de la industria nacional se debe a mucho más que el atraso cambiario actual –en los años que siguieron al colapso de la convertibilidad se vio ayudada por una tasa de cambio decididamente favorable que por distintos motivos no supo aprovechar para modernizarse–, el que el valor del peso frente a otras monedas se haya acercado al vigente quince años atrás le plantea un desafío que no estará en condiciones de superar.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 8 de marzo de 2015
Por tratarse de una medida que, en principio por lo menos, debería tomar por sorpresa a todos, a los ministros de Economía les está permitido mentir descaradamente cuando ya han decidido devaluar de golpe la moneda local. En tales casos, no les es dado informar a nadie, salvo los funcionarios más encumbrados del gobierno, sobre lo que se han propuesto. Así y todo, no hay motivos para dudar de la voluntad de Axel Kicillof de defender el valor del peso contra viento y marea, resistiéndose a prestar atención a las súplicas de los industriales. Si bien por motivos ideológicos tanto el encargado de la economía nacional como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner serán partidarios de un tipo de cambio “competitivo”, les preocupa más la inflación que la recesión en la que el país ha caído y entienden que, liberados del ancla del atraso cambiario, los precios al consumidor no tardarían en reanudar su marcha ascendente. Aunque nuestra tasa de inflación sigue encontrándose entre las más altas del mundo, superada sólo por la anotada por la Venezuela chavista, en los meses últimos ha bajado un poco al ubicarse en torno al 30% anual, una hazaña que fue posibilitada por el enfriamiento de la economía. El gobierno estima que los costos políticos de la recesión serán menores que los que le supondría un estallido inflacionario, de ahí la decisión de prolongar lo más posible “la paz cambiaria” que se instaló el año pasado. Si no fuera por el peligro planteado por la inflación, Kicillof no vacilaría en acompañar a sus homólogos en otras partes del mundo en que las devaluaciones se han hecho rutinarias, lo que a juicio de algunos presagia una crisis equiparable con la desatada por el hundimiento del gigantesco banco de inversión Lehman Brothers en septiembre del 2008. El Banco Central Europeo ha dejado caer el euro a niveles no vistos desde el 2003; pronto podría alcanzar la paridad con el dólar estadounidense, la divisa que, luego de algunos años de debilidad, se ha fortalecido mucho al optar la Reserva Federal por poner fin al programa de “facilitación cuantitativa”. En el Japón, el gobierno está resuelto a continuar devaluando el yen. Con todo, lo que nos afectaría aún más en el corto plazo que lo que está ocurriendo en las economías avanzadas sería que en Brasil el real siguiera perdiendo terreno frente al dólar. Desde mediados del año pasado ha sufrido una devaluación de más del 25%, mientras que el peso se ha mantenido acoplado al dólar, lo que, conforme a Kicillof, significa que la Argentina ha podido “evitar la inestabilidad y dar certidumbre”. Lo que no dice es que fue precisamente por tales motivos que, en los años noventa, Domingo Cavallo logró frenar en seco la inflación con la convertibilidad. Kicillof exagera, ya que virtualmente nadie cree que la economía nacional sea un dechado de estabilidad, pero tal y como están las cosas no le quedan muchas más alternativas que la de hablar de los beneficios proporcionados por un peso fuerte. De todos modos, el que Brasil haya entrado en una fase recesiva de la que espera salir devaluando la moneda es una pésima noticia para nuestro país. Ya antes de empezar los brasileños a intentar moderar el impacto sobre su economía del fin del boom de los commodities reduciendo abruptamente el valor del real, muchas ramas industriales locales no lograban competir con las brasileñas, razón por la que el gobierno se sintió constreñido a ayudarlas levantando una serie de barreras proteccionistas. De ahora de adelante les será aún más difícil, ya que las empresas brasileñas podrán vender sus productos a precios muy inferiores a los que necesitarían para mantenerse a flote las argentinas. Puede entenderse, pues, la preocupación que sienten los ya alarmados por las eventuales consecuencias de “la alianza estratégica” con China que el gobierno kirchnerista quiere consolidar antes de irse. Si bien la falta de competitividad de la industria nacional se debe a mucho más que el atraso cambiario actual –en los años que siguieron al colapso de la convertibilidad se vio ayudada por una tasa de cambio decididamente favorable que por distintos motivos no supo aprovechar para modernizarse–, el que el valor del peso frente a otras monedas se haya acercado al vigente quince años atrás le plantea un desafío que no estará en condiciones de superar.
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