El precio de la terquedad
Como consecuencia del letargo intelectual de los políticos, una parte del país sigue resistiendo a las reformas para modernizar el país.
La vorágine turbulenta en la que un país desconcertado se precipitó hace un par de semanas tiene un origen evidente: la negativa de la «clase política» nacional a adaptarse a los tiempos que corren. Casi todos sus integrantes siguen hablando como si vivieran en los años sesenta, cuando aún fue posible plantear alternativas de apariencia viable al capitalismo liberal globalizado actual. No es que se crean capaces de construir una «alternativa» -aunque en teoría lo fueran, el que ninguno haya hecho el menor esfuerzo por proponer medidas concretas privaría al país de cualquier posibilidad de intentarlo-, es que sus protestas, reclamos y afirmaciones se basan en el supuesto de que no habrá nada más fácil que transformar la Argentina en una utopía sesentista y que los únicos que rehúsan entenderlo son agentes siniestros al servicio de un credo ajeno.
Además de sentirse desubicados en el mundo del siglo XXI, la mayoría de los políticos se aferra a la superstición de que la Argentina es un «país rico», pletórico de recursos materiales y humanos de todo tipo, de suerte que sólo a un loco se le ocurriría ordenar un «ajuste». En efecto, en las semanas últimas miles de personajes de la más variada procedencia han estado advirtiéndonos de que el país no está en condiciones de tolerar un solo «ajuste» más, que un programa de recortes como el propuesto por Ricardo López Murphy en el curso de su breve gestión sería «políticamente inviable» y así, largamente, por el estilo. Si bien muchos de los que hablan de este modo son lobbistas que defienden un interés particular, la tesis que tantos sostienen es totalmente incompatible con la realidad económica, porque hasta un alumno primario comprendería que es insensato insistir en gastar lo que no existe. Si ningún «ajuste» es viable, tampoco lo es la Argentina, porque parecería que el resto del mundo no tiene la intención de pagarle un subsidio regular a fin de que todo pueda continuar sin que haya cambios muy profundos.
Acaso fuera entendible que luego del Proceso militar tanto los radicales como los peronistas interpretaran mal las lecciones dejadas por la incapacidad del régimen para mejorar el desempeño de la economía, desastre que, por rutina, atribuyeron a la influencia a su juicio nefasta de teorías «liberales». Lo que no tuvo perdón, en cambio, fue la ceguera de la cual harían gala los miembros del ala supuestamente progresista de la UCR después del fracaso alucinante de su gestión. Más preocupados por su propia imagen que por los problemas del país, se negaron tercamente a prestar atención a lo ocurrido, con el resultado de que, más de una década más tarde, se las arreglarían para regalarle al país otra crisis no tan distinta.
La situación en el seno del peronismo no es mucho mejor. Aunque el ex presidente Carlos Menem y, quizás, el gobernador Carlos Reutemann parecen entender que a esta altura las tradicionales actitudes populistas -las cuales ya parecieron anacrónicas cincuenta años antes- no sirven para nada y que por lo tanto es necesario abrazar con entusiasmo el capitalismo liberal, los demás peronistas siguen reiterando los lemas de antaño y, lo que es peor, en su nombre están más que dispuestos a obstaculizar la gestión de cualquier gobierno de otro signo partidario.
Como consecuencia del letargo intelectual de «los políticos», buena parte del país sigue rehusando reconocer que reformas encaminadas a modernizar el país ya no son meramente deseables sino urgentes, de ahí las inmensas dificultades con las cuales tendrá que luchar Domingo Cavallo. Además de verse frente a una multitud de problemas técnicos, el ministro también tendrá que bregar contra la incomprensión de amplios sectores que están atrapados en una cultura política arcaica de la cual no podría salir ninguna «solución». ¿Será capaz de hacerlo? Sólo si una proporción suficiente de la ciudadanía entiende que en el fondo la crisis es «política» en el sentido de que es producto no tanto de circunstancias objetivas adversas, cuanto de la actitud reaccionaria de casi todos los líderes partidarios, de los sindicatos y de los muchos intelectuales que se sienten decididamente más estimulados por lo que podría encontrarse en la selva de Chiapas que en cualquier lugar del Primer Mundo.