El presidente iraní no genera confianza doméstica
La popularidad del presuntamente moderado presidente de Irán, Hassan Rouhani, está en baja. Rouhani, que resultó electo con el apoyo de las clases medias urbanas de su país, no consigue la mejoría en materia económica que prometió a lo largo de su campaña electoral y está –por ello– generando desilusión entre quienes fueron sus seguidores y porque, además, los populares líderes reformistas que presuntamente iban a ser liberados luego de su victoria electoral siguen detenidos, como si nada hubiera pasado y como si fueran altamente peligrosos y desestabilizadores. Por si acaso ello fuera así. El mencionado Rouhani acaba de sufrir su primera gran derrota política en una batalla que era ciertamente difícil de ganar: la que tiene que ver con la urgencia de eliminar la montaña de subsidios que están deformando y carcomiendo, noche y día, la frágil economía iraní. En subsidios, Irán gasta unos 18.000 millones de dólares por año. Uno de ellos, precisamente, es el que ha derivado ahora en una clara derrota para Rouhani. Me refiero al subsidio distribuido en forma de un pago mensual, en efectivo, equivalente a 14 dólares por cabeza. Lo recibe una buena parte de los 77 millones de iraníes. Altos y bajos, gordos y flacos, ricos y pobres por igual. Se pidió oficialmente a los beneficiarios del mismo que dijeran si estaban, o no, dispuestos a renunciar a él. Se esperaba que muchos, influenciados por una propaganda masiva y agresiva, expresaran patrióticamente su decisión de renunciar. Pero no ocurrió así. El 95% de los beneficiarios se pronunció por continuar recibiendo el subsidio. Hablamos, en este caso, de unos 1.000 millones de dólares mensuales que debe desembolsar –mes a mes– el desgastado tesoro iraní. Para Rouhani, un papelón humillante por demás. En rigor, Rouhani sólo ha logrado bajar un poco la altísima tasa de la inflación, que es del 34,7% anual. Igual, eso es una barbaridad. La economía iraní sigue deprimida y las sanciones externas no han sido eliminadas, al menos en sustancia. Hay estanflación. Y creciente mal humor. Rouhani no se amilana necesariamente por esto. Sigue cortando subsidios y generando, de paso, el mal humor social consiguiente. Pero tiene que hacerlo, por el bien de todos. Así Irán no puede seguir. Por eso, Rouhani acaba de aumentar el precio de las naftas, un fuerte 75%. Y hará lo mismo con la electricidad muy pronto. En este clima absolutamente adverso, los clérigos conservadores –que recelan abiertamente de Rouhani– se animan a atacarlo ahora en todos los frentes abiertamente, incluyendo a su mujer, Sahebeh, a la que se está imputando, groseramente, una conducta “reprobable” porque en medio de la crisis hizo una fiesta (para conmemorar el Día de la Mujer) en uno de los expalacios del sah donde está precisamente ubicada la residencia en donde mora la familia Rouhani; en su casa, entonces. De no creer. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
EMILIO J. CÁRDENAS (*)