El problema central de la economía argentina: la inflación

Ernesto A. O’Connor*

Doctor en Economía, UCA. Exsubsecretario de Planificación Económica Regional y Sectorial.

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La inflación es exclusiva responsabilidad de la política económica, no de agentes del sector privado, pero su aval a lo largo de la historia económica argentina es llamativo.


El Presupuesto Nacional 2021 ha establecido un objetivo de variación del IPC de 29 % anual. El INDEC informó para el primer trimestre una inflación que acumula 13% anual, y aquella meta ha quedado superada. El REM del BCRA REM arroja una estimación promedio de 43.5% anual.

Es que es muy difícil acabar con la alta inflación cuando adquiere, además, un carácter inercial, y quizás, cultural. Entre 2018 y 2020 ha promediado 45.8% anual, dejando una inercia difícil de cortar. ¿Por qué? Probablemente, muchos gobiernos argentinos consideren a la inflación algo positivo.

Permite financiar más gasto público, generar más empleo público, potenciar el ciclo económico y soñar con eternizar el ciclo político. Además, la inflación licúa la transparencia de los números del presupuesto nacional y de los presupuestos provinciales y municipales, abriendo interrogantes en torno a la transparencia, y la subestimación de la inflación en un presupuesto permite obtener mayor recaudación que la presupuestada, abriendo más discrecionalidad en la asignación del gasto.

Parte de la población quizás “disfruta” de la mayor liquidez derivada de la inflación y de una economía que es crecientemente informal.

Los salarios e ingresos (y los planes sociales y jubilaciones) se indexan en parte a la inflación pasada, y si bien el poder adquisitivo se viene deteriorando en los últimos años, no pareciera ser un motivo de debate en las paritarias, donde los sindicatos adquieren un rol más importante, debido a la inflación. Los viajes al exterior se incrementan a medida que el peso se aprecia (atraso cambiario) que será más inflación futura. Así, la inflación nos permite viajar por el mundo - hoy no tanto por la pandemia, esta claro.

La producción privada se enfrenta a recurrentes mayores costos salariales y de insumos, pero fija precios, en un contexto comercial exterior en general proteccionista. El mark-up asegura cuasi-rentas globalmente impensadas, dado que muchas empresas fijan precios, por lo general muy por encima de los internacionales. Mientras siga el proteccionismo, la inflación las beneficia. Con todo, los controles de precios y de insumos importados complican la producción, y la inversión a largo plazo debe elaborar un cash flow donde es casi imposible acertar con la tasa interna de retorno del proyecto. El crédito bancario y no bancario de consumo disimula el proceso con plazos generosos, pero tasas exorbitantes, y permite a los consumidores mayor consumo. Por su parte, el crédito para inversión a largo plazo es casi inexistente.

Si la alta inflación en Argentina tiene un componente cultural, el problema es serio. Y no se combate con controles de precios, como lo demuestran los resultados entre 2010 y 2015, con 27% anual de inflación.

La inflación es exclusivamente responsabilidad de la política económica, no de los agentes del sector privado, pero su aval a lo largo de la historia económica argentina es llamativo. La salida de la estanflación habitualmente es posible con cambios de régimen y un shock económico. Lo mismo, para cambiar la inercia inflacionaria.


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