El puente que une la biblioteca con el barrio

El poeta, guionista y ensayista acaba de publicar “La supremacía Tolstoi y otros ensayos al tuntún” (Emecé), en el que aborda algunas de sus obsesiones y gustos, desde el fútbol a la literatura, pasando por su familia, el cine y la amistad. De eso habló con “Río Negro”.

Redacción

Por Redacción

Fabián Casas

Pablo Perantuono

perantuonopablo@gmail.com

Poeta, ensayista, periodista, karateca amateur, sanlorencista recalcitrante, Fabián Casas (Boedo, 1965) se sienta ante “Río Negro”, corta un pedazo de pan, pide un plato de ravioles y desnuda, con un chascarrillo, ese humor particular –siempre vinculado al lenguaje– que lo hace un ser entrañable, desenfadado: “A este bar –un bodegón de Almagro– quisieron venir los músicos de U2 pero pusieron como condición que lo cerraran. La dueña los miró y les dijo: ‘Todo bien, ¿pero qué hago con mis clientes habituales? Muchas gracias pero no, vayan a otro’. Una genia. Es ésa que está en la barra. Lo miró a Bono y le dijo: ‘Vo… no’”.

Al lado de Casas, en su mesa, hay un libro de Martin Heidegger, filósofo alemán. “Lo traje para que cuando vos llegaras me vieras leyendo a Heidegger, así todos se creen que soy un súper intelectual, alguien que vive pensando en cosas superiores”. Casas se ríe, y contagia al parroquiano de la mesa de al lado –un hombre mayor–, que nos mira y sonríe en silencio. Estamos en un bodegón de Almagro y la verdad es que Casas sí estaba leyendo al padre del existencialismo antes de comenzar la nota. Es conocida –al menos en cierto ambiente– su debilidad por los grandes pensadores: en los 80, previo a comenzar a alternar el periodismo con la edición de una revista de poesía (18 whiskys), Casas estudió filosofía en la UBA. Aquel fue el lugar y aquellas las lecturas que, junto a las influencias del rock, el cine y, por supuesto, la literatura, le moldearon el espíritu, lo convirtieron en escritor.

Tras atravesar tiempos aciagos –hace unos años se hundió en una depresión demoledora de la que emergió a base de terapia, tratamiento y humor– y luego de realizar un largo viaje por Latinoamérica, Casas irrumpió en la escena literaria allá en los 90 con algunas de las obras –Los lemmings, Ocio o Tuca– que sirvieron para revitalizar y resignificar la poesía nativa. Esa irrupción estuvo propiciada por un puñado de versos que, al calor de una década que veía cómo se resquebrajaban algunos de los valores tradicionales de Occidente, aludían al desencanto y a la derrota de una época oscura. Versos colosales como “Parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia” –del poema “Hace algún tiempo”, incluido en “Tuca”– funcionaron como la música de réquiem de un modelo social astillado. Ese era –es– Casas: un hacedor de eslóganes, sensibles e hiperbólicos, que abordan con crudeza la desesperanza o la contradicción del ser humano.

¿Pero qué quedó de ese tipo de sentencias para un hombre que, a los 48 años y después de atravesar el dolor, hoy, justamente, formó una familia? ¿Cuánto hay de ese escepticismo en alguien que logró una módica consagración y se animó a comprar una casa luminosa, vivir con su mujer Guadalupe, una perra –Rita– y criar a una hija hermosa?

Aunque parezca banal, la mención de su perra Rita no es casual: uno de los textos que conforman su último libro, “La supremacía Tolstoi y otros ensayos al tuntún” (Emecé), está dedicado justamente a su mascota. En Lovely Rita –así se llama el “ensayo”–, el autor asegura que la aparición de la perra en su vida –se la regalaron a su mujer– al principio le asustó un poco, pero al poco tiempo pasó a ser una presencia esencial, una pieza vital que le ayudó a superar su importancia personal, lo mejoró. “Una enseñanza evidente que me da mi relación con Rita es que cuanto menos piense uno es sí mismo, cuanto más te ocupes de los demás, más feliz sos. La felicidad –cuenta Casas– es la ausencia de pensamientos utilitarios sobre el ego que todo lo quiere”.

El amor, la ternura, la muerte –las pulsiones vitales freudianas– son los temas recurrentes en la literatura de Casas. Como una suerte de alquimista que camina por la llanura de la vida –muchas veces de noche, muchas veces a tientas– en busca de un nirvana personal, de algunas respuestas que desentrañen el misterio de vivir, pensar y sentir.

–En el libro aparecen muchas de tus relaciones más entrañables (padrino, amigos, gente a la que admirás). Siendo que el hombre suele sentirse incómodo en la expresión oral o corporal a sus amigos, ¿la literarura te dio la posibilidad de poder transmitir ese afecto tan esquivo?

–Bueno, ahora Facebook creó los amigos zombies, que son esos a los que dejaste de ver por miles de razones y que de golpe aparecen de nuevo y te piden amistad. Una mierda. Para mí los amigos son los que hacen que el mundo se a un lugar hermoso. No me puedo imaginar seguir viviendo sin ciertos amigos, la verdad. Creo que mas allá de la literatura a mí me gusta, con mis amigos, tener relaciones reales, tocarlos, hablarles, discutir.

Si es cierto aquel pensamiento que sugiere que el hombre, para ser feliz, además de trabajo y cariño necesita conservar un poco de infancia, Casas pareciera habitar todo el tiempo ese estado de inocencia y de conservación de lo lúdico que tanta ternura y tanto oxígeno le dio –le da– al ser humano. No sólo su literatura está impregnada –atestada– de recuerdos infantiles, sino también lo está su discurso, plagado de metáforas e imágenes que remiten, una y otra vez, a ese universo tan querido. El bar de la guerra de las galaxias, su padrino, la camiseta naranja de Holanda en el 74, los primeros discos de Led Zepellin, todo un enorme caudal iconográfico y emocional va y viene en su nuevo libro y le sirve para dialogar permanentemente con la actualidad.

–Pareciera haber una preocupación permanente en vos por inquirir e inquirirte, por tomar mucho de lo que la naturaleza te da (tu perra Rita, tu hija, algún nuevo amigo, el karate) como una oportunidad de crecimiento, aquello que te permite avanzar hacia lugares de sosiego, como si el amor o la integridad fueran un músculo que hay que laburar siempre porque es aquello que va a salvarnos. ¿Te parece correcta esta lectura?

–Sí, me gusta trabajar pensando contra mí mismo. No ponerme nunca en un lugar de confort, porque el confort te debilita. Las utopías que te proponen las compañías celulares son para mí distopías. El otro día en Chile vi el eslogan de una publicidad que decía: ser uno más es ser uno menos. Estoy en contra de eso.

Casas es un lector generoso o un metaescritor: se entusiasma con el descubrimiento de la obra de un colega con la misma pasión con la que un astrónomo se maravilla por la aparición de un planeta nuevo. Aparecen citados y homenajeados héroes como Coetzee, Lamborghini, Pavese, Spinosa, Aira, los franceses y, por supuesto, su amado Tolstoi, de quien cita una frase que aborda –otra vez– una de sus obsesiones, la vida en pareja: “El hombre soporta con relativa facilidad los horrores de las epidemias y de los terremotos y de las torturas del alma, pero la tragedia más terrible fue y será, siempre, la tragedia de la alcoba”.

–Salinger decía que cuando leía algo que le gustaba le daban ganas de llamar al autor a la casa por teléfono? ¿Qué te produce el descubrimiento de una buena obra?

–Creo que soy más lector que escritor. Me gusta mucho leer desde que empecé a hacerlo y escribir, la verdad, escribo poco. Pero puedo pasar mucho tiempo sin escribir y no puedo pasar tiempo sin leer. Leo todos los días es como una actividad fisiológica más. Leo de a tres a cuatro libros de diferentes géneros (biografías, ensayos , novelas, poemas) y ahora también leo los cuentos infantiles que le relato a mi hija a la noche, para que duerma. Creo que así como para el fumador el hecho de fumar, el humo, hace que el mundo pase, lo mismo me sucede con la lectura, es lo que le da cuerda al mundo.

La cuerda del pensamiento de Casas incluye, claro, el tiempo que le toca vivir, el clima político y social de un país que, como en una obra de Shakespeare, atraviesa un clima de agonismo oral, de discurso casi trágico. Casas admira los estructuralistas, y fue Michel Focault quien habló de que la función del intelectual “estriba más bien en cuestionar, a través de los análisis que lleva a cabo en terrenos que le son propios, las evidencias y los postulados, en sacudir los hábitos, las formas de actuar y de pensar, en disipar las familiaridades admitidas, en retomar la medida de las reglas y de las instituciones y a partir de esta reproblematización participar en la formación de una voluntad política”. Tal vez esa inclinación a poner en estado de pregunta el dominio de su época es la que lo llevó a Casas a escribir frases tan audaces –y provocadoras– como “Se puede afirmar que las Madres de Plaza de Mayo fueron infiltradas dos veces: una vez por el asesino Astiz y otra por el ex presidente Kirchner”. La sentencia, claro, le valió un alud de diatribas monumentales por parte de las trincheras del poder. Desde “miserable” a “amigo de Clarín”, a Casas le llenaron la casilla de mail con invocaciones de todo tipo, sobre todo con procaces apelaciones a su familia, especialmente a su madre, ya muerta.

En otro momento de su nuevo libros de ensayos, Casas dice que “La economía es como la religión: está basada en papeles vacíos pero produce sangre”, para terminar escribiendo que “(la economía) es pura inmanencia. Sin embargo, el modelo, el diagrama con el que se expande en el mundo, suele replicarse”.

–En tus textos la infancia es un espacio muy presente. Se dice que un artista es un chico que sobrevivió. ¿Lo ves así?

–Pienso que en la infancia se carga combustible por única vez y depende de la calidad de ese combustible es lo que vamos a ser cuando las papas quemen, es decir, las decisiones que vamos a tomar. Si creciste rodeado de amor y de solidaridad, vas a ser ese tipo de persona. Yo estoy luchando contra la importancia personal, no me gusta una mierda eso. No me gusta en ese contexto la palabra artista. Me gusta y admiro a la gente real, común, que no tiene deseos de importancia social, que se preocupa por darles amor a los demás, lavar los platos por la noche después de cenar, ver una peli en la tele o sacar a pasear el perro, ésos son los verdaderos budistas.

(sigue en Página 40)

(Viene de página 39)


Fabián Casas

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