“El que capta su ser no usa más máscaras”
Se presenta este domingo en el teatro La Baita de Bariloche.
Claudio María Domínguez también se estresa. Por eso el sonido de su voz viene llegando desde Uruguay, donde ahora tiene su casa y su base de operaciones. Dejó Buenos Aires después de un largo período de pura marcha mediática, durante el cual uno podría jurar que Claudio María Domínguez se transformó en el gurú que a todos nos resulta familiar. Los últimos 15 años fueron un punchi punchi áurico (por llamar de alguna manera su derrotero), una inyección de pura energía tecnoespiritual que nos ha dejado un recuerdo persistente en la memoria. Como sucede con ciertas canciones que despiden las FM más escuchadas. Ciertos momentos de determinadas películas taquilleras que hemos visto tres veces comiendo papas fritas. Su nombre sobrevive al agua. Su mensaje se mezcla con los comerciales de gaseosas y con visiones del papa, Lionel Messi y el Dalai Lama tomando un expreso en Roma.
Desde que se hizo famoso con mayúsculas, Claudio María Domínguez admite muchas definiciones, algunas de ellas se anulan y se contradicen entre sí. El conductor, el conferencista, el escritor, el columnista, el confesor, el doctor amor, el self made man y, en definitiva, el buscador de los saberes ajenos tiene mil rostros, pero una manera única de llegar al corazón de su audiencia. Porque su vehículo es, fue y será la palabra. Como una llave mágica capaz de abrirse paso ante la duda o la incredulidad de los otros. Sus seguidores son también sus oponentes. Sus enemigos en potencia. Así son las reglas de este negocio en el que se pone en juego la inocencia de los adultos.
Domínguez estará este domingo a las 21 en el teatro La Baita de Bariloche para presentar su ciclo “Naciste para ser feliz”. Antes conversó con “Río Negro”.
En tus programas se te ve cerca de una playa ¿es así, vivís junto al mar o es una locación para el programa?
–Sí, vivo en Uruguay. Me cansé de Buenos Aires, de los automóviles, de los celulares, del ruido. Uno de mis hijos se recibió de médico acá en Uruguay y le salió una beca muy linda en Punta del Este. Así que como tengo a mis hijos por acá, me vine. Tengo cuenta de mail y estoy en Facebook pero no celular y cambié por una mejor calidad de vida. A los 50 quiero un poco de descanso.
–¿Estás de cumpleaños?
–Mirá, hoy estoy de cumpleaños, pero a partir de los 50 voy contando hacia atrás. No sé si me entendés, hoy cumplo 49 años.
–Te alejaste de la metrópolis y de la rutina mediática.
– Los últimos años fueron de mucho remar, un boom. Mucha exposición. Hoy conservo mis espacios pero no necesito trabajar en Buenos Aires. Tuve que remar mucho hasta que un día Daniel Hadad me dio un espacio. Creyó en mí cuando nadie creía en esto y me dijo ‘tengo un espacio para vos en el canal’. Yo le dije no me cobres caro, mirá que yo por un espacio te limpio los baños del canal. Creyó en este proyecto y ahora estoy en la tele, tengo mi columna en Infobae, que aparece entre los muertos y las crisis políticas, y yo diciendo que hay que amar, también está mi revista, hago radio por teléfono, y grabo mi programa de televisión y lo mando por internet.
–Un amigo en común me contó que eras literalmente un “genio”, alguien con un gran coeficiente intelectual.
–No, no, no. Pero yo sé de quién hablás y por qué lo dijo.
–Me dijo además que sos un genio para los negocios.
–(Risas) Sabés que sé por qué lo dice. Yo en los 80 tenía el negocio de traer películas y me fue superbien. Yo traía todo Bergman, “El Padrino”, Pasolini, pero para darme ese lujo tenía que traer también películas como “Emmanuelle” y americanas que venían con títulos en inglés pero yo se los cambiaba. A una le puse “Déjala morir adentro” ¡y con esa película ganamos más plata que con “Rocky” y “Rambo” juntos!
–Lo dicho, un genio.
–Yo compraba mis espacios porque nadie quería poner plata, ninguna empresa y hacía esos negocios para hablar 10 minutos de amor.
–Recuerdo una historia que me hizo pensar en vos. Ramiro Calle, un buscador espiritual español, una vez fue a India para encontrarse con un famoso monje hinduista. Cuando estuvieron juntos en su cueva el tipo no dijo una palabra. Al final, Ramiro Calle se fue, pero cuando estaba de espaldas escuchó que el monje le decía: “Yo sé”.
–Tal cual, tal cual, tal cual.
–¿Cuál sería tu frase?
–Yo soy. El que capta su ser no personifica más, no usa más máscaras, no busca más viajes esotéricos. Tiene ese grado de conciencia que le permite dejar de meter cosas en el hipotálamo. Ésta es una sabiduría de todos los tiempos. Habla de la trascendencia del ser. Yo en mis conferencias hablo mucho de esto y hay un plano de acceso más fácil y otro más complejo. Hay cien cosas referidas al ser y puedes tomar 1 ó 10. De los griegos viene ese sólo sé que no sé. El acto de pensar, ser consciente y respirar.
–Pero el ser contemporáneo necesita llenarse.
–Yo voy por lo contrario. Dirijo todo hacia afuera. Hablo de la espiritualidad, práctica que es respetuosa de todas las religiones. Pero es algo práctico. Es simple.
–Dicen que el dinero no hace la felicidad pero que se parece tanto que no se nota la diferencia.
–Es cierto, puede no notarse ¡pero no se trata de vivir como un asceta! Yo no creo en el sabio que anda por ahí caminando en bolas y que va comiendo semillas. Puedes conocerte y tener abundancia. El universo es abundancia. La espiritualidad no es “a ver, ahora todos levitemos”.
–¿No?
–¡No! Dejate de joder, respirá profundo, conectate con tu ser, el resto es puro cuento.
Claudio Andrade
candrade@rionegro.com.ar
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