El sonido del sur

Entrevista con el músico viedmense Fabián Tejada, que acaba de presentar su nuevo disco “Sólo ser” con Kamaruko.



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Fabián Tejada y Karamuko presentan su tercer disco compacto, “Sólo ser”, una propuesta diferente que rescata matices y experiencias combinadas con lenguaje y composiciones propias y expresa con instrumentos milenarios el pulso de nuestro espacio-tiempo. Creado en 1998, Karamuko es hoy dirigido por este músico viedmense radicado en Buenos Aires. El 11 de julio del 98, acompañado por algunos de sus alumnos, Tejada hizo la primera presentación en un centro cultural del Abasto en el que comenzó a gestarse Kamaruko Percusión Argentina. El proyecto buscó un idioma propio que identificara de una manera directa el folclore de vida y nuestras costumbres. “Kamaruko es una ceremonia, una rogativa que el pueblo mapuche realiza año tras año para reafirmar sus creencias, todo lo relacionado con su cosmovisión; por ejemplo el nehuen, fuerza; el rakiduam, pensamiento; el kimün, saber, ser… Yo, por ser de la Patagonia, elegí este nombre a modo de homenaje a mi tierra y para hacer un pequeño aporte a la reivindicación de los pueblos originarios”, dice Tejada durante la entrevista con “Río Negro”. –¿Qué instrumentos mapuches usás y con cuáles otros también traba- jás? –Obviamente el kultrún, básico; luego el trompe, también llamado arpa de boca; la trutruca, que es un aerófono. El trompe es uno de mis favoritos y, según cuentan, se usaba para enamorar y acompañar poesías y cantos. También la pifilka, que es de viento y emite un solo sonido agudo, estridente, llamador. Y después represento sonidos; por ejemplo, en el tema que le dedico a Aimé Painé (“La cantante”) aparece el viento. Uso además djembé y el tama africanos, cajón peruano, udu, steel drum de Trinidad y Tobago, el didgeridoo de Australia, los tambores batá de doble parche, tallados en madera con forma de reloj de arena; hay gongs, cuencos de cuarzo, una cantante de Túnez (Mariem Labidi), una rapera de Trelew (Sara Hebe) muy buena… es un disco muy ecléctico, tiene de todo. El rock y el jazz los mamé de chico. Ahora no hay tanto prejuicio con el folclore y el tango, pero en mi época eran sinónimos de viejo, no había un enganche con esos ritmos tan bellos y nuestros. De hecho, la percusión antes no existía como fenómeno; empieza a partir de la globalización y de la generación de la llamada world music, música del mundo, cuando Peter Gabriel comienza con su sello (Real World) a grabar músicos africanos, asiáticos. Hoy es común escuchar percusión en cualquier evento sociocultural, político o artístico. Hay una apertura en este sentido, un regresar a las fuentes. –Y también percusionistas que te abrieron el camino. –Hay muchos maestros, muchos guías, como Daniel Mele, uno de los pioneros acá. Él comenzó con esto de hacer composiciones propias, con no imitar a los de afuera. Yo tomé esa posta. Adoro la música africana, pero no me voy a pasar la vida imitándola; es imposible que llegue a hacer lo que allí se hace. Ellos tocan lo que viven y contra eso no se puede. Hay tantos estilos que andaría picoteando en cada uno sin conformar un proyecto personal. Me intereso, a través del lenguaje musical, en saber escribirlo, componer mediante la percusión de acuerdo con un estado propio. –¿Y a un espacio propio? ¿Escribís sobre la Patagonia? –Yo escribo mucho sobre mis vivencias en el sur. Viví en Viedma y en Bariloche, en la montaña, en el cerro Otto, muy de refugio, digamos, a modo de retiro espiritual en un momento de mi vida. El mar, la montaña, la Línea Sur, me pega mucho Río Negro… La Línea Sur me encanta, me inspira, esas mesetas, la soledad, el frío, una energía enorme… Parece todo tranquilo pero algo ahí está latente, eterno, pugnando siempre por salir. Todo ese paisaje me influye mucho en las composiciones y, como ya hace diecisiete años que estoy en Buenos Aires, esta gran urbe también me influencia. La percusión antes era de acompañamiento, y está buenísimo, pero puede sugerir música. El eco de un bombo legüero o el golpe de aro es fabuloso como bajo dentro de lo percusivo; lo podés combinar con un zurdo brasileño bien grave o el bajo del udu… Estar orientado hacia la composición me da un criterio para ensamblar todas esas cosas encontrándole a cada una un lugar. –Esos sonidos, ¿los procesás, a su vez, los modulás? –Algunos sí. El berimbau lo uso con pedales de guitarra en vivo y para grabar lo utilizo con wah wah, con flanger o distortion. Los fui investigando, igual que los micrófonos, el equipo, el amplificador, y parece por momentos una guitarra. Por ejemplo, en la pista diez, un tema (“Duelos de nada”) que le dedico a Galeano y contiene un poema suyo (Los Nadies), lo que parecerían violas eléctricas es un berimbau con acordes y todo. –¡Cuánta riqueza y cuánto territorio por descubrir! –¡Uf! Infinito y tortuoso a la vez. Es algo que está siempre fluyendo, mucho más cuando estoy grabando, mezclando, superponiendo instrumentos… –Nadie te empujó… –Seguro. “Vos te lo buscaste”, diría mi viejo (se ríe). Es parte del territorio que voy recorriendo, y cuando encuentro el sonido que busco es muy placentero y la marcha se hace más clara, con un rumbo más definido. Yo digo que sigo una huella, siempre. Me gusta también representar imágenes con la música, que la gente pueda imaginar mientras la escucha. Yo crecí escuchando a Los Beatles, Pink Floyd, Spinetta, Piazzolla… músicos con los que viajaba, y quiero rescatar al escucha de música, a la persona a la que le gusta escuchar sin tiempo, abierta al descubrimiento. En esta época en la que se apunta al resultado rápido, hay que tener mucha paciencia, mucho temple, y saber cuál es el camino atemporal que se transita.

eduardo rouillet


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