El superávit se derrumba



Algunos países, como Estados Unidos, pueden darse el lujo de sufrir una serie al parecer interminable de déficits comerciales sin enfrentar crisis económicas graves porque cuentan con la confianza de los inversores internacionales. Otros, la Argentina entre ellos, tienen forzosamente que mantenerse en superávit porque nadie pensaría en prestarles dinero a tasas razonables. Por fortuna, merced al nivel insólitamente alto que a partir del 2002 han alcanzado los precios de los productos agrícolas que exportamos, lograrlo hasta ahora no ha sido demasiado difícil, pero este pilar del modelo kirchnerista podría estar en peligro de derrumbarse. Para sorpresa de todos los economistas, en especial de los habitualmente optimistas, en febrero el saldo positivo fue de sólo 44 millones de dólares, un 92% menos que en el mismo mes del año pasado. Las importaciones crecieron poco debido a los denodados esfuerzos del gobierno por limitar el ingreso hasta de insumos necesarios, pero el país no pudo dejar de comprar cantidades cada vez mayores de combustibles y lubricantes, rubro que subió el 47%. En cuanto a las exportaciones, cayeron el 6%, en parte porque había menos maíz y trigo para vender, pero también porque muchos productores de soja creían que les convendría esperar a que se aclarara el panorama financiero. Parecería que no les impresionó bastante la fuerte devaluación del peso que se realizó en enero. Si bien se prevé que pronto comience a tener el efecto deseado de estimular las exportaciones y desalentar a los importadores, la demora en reaccionar de quienes deberían sentirse beneficiados es motivo de preocupación. De todos modos, es evidente que la economía nacional sigue dependiendo tanto del campo como en aquellas épocas en que, según los “revisionistas” favorecidos por los ideólogos del kirchnerismo, estaba bajo la férula de una oligarquía extranjerizante vinculada con el imperialismo anglosajón. La voluntad de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros integrantes del gobierno de modificar dicha realidad no ha producido cambios significantes. Por el contrario, de no haber sido por el campo, el sector que ha sido blanco de las diatribas oficiales más furibundas, al país no le hubiera sido posible levantarse después del cataclismo desatado por el colapso de la convertibilidad. Aunque el gobierno kirchnerista ha querido privilegiar la industria manufacturera, su forma de hacerlo, adoptando medidas proteccionistas, repartiendo subsidios y ayudando con generosidad a los empresarios amigos, ha resultado ser contraproducente. Lo ha sido porque en el mundo actual, incluso para una economía gigantesca como la china o la estadounidense, y ni hablar de una de las modestas dimensiones de la nuestra, el sector industrial nacional no podrá prosperar a menos que se vea integrado plenamente al internacional. Lejos de servir para fortalecerlo, como siempre han imaginado los proteccionistas, el aislacionismo lo debilita. Es lo que ha sucedido aquí al culminar el ciclo kirchnerista. Sin insumos importados, empresas como las automotrices de Córdoba y las tecnológicas de Tierra del Fuego, además de una miríada de otras pequeñas y medianas que producen bienes de diverso tipo, son incapaces de continuar operando como habían previsto. Pero no sólo se trata de las trabas a las importaciones aplicadas por funcionarios decididos a subordinar todo a la balanza comercial. También ha atentado contra el desarrollo industrial el enfrentamiento del gobierno kirchnerista con el sistema financiero internacional, que ha privado a los empresarios de acceso al crédito que, lo mismo que sus homólogos en el resto del mundo, necesitan para invertir y para comercializar sus productos. Desgraciadamente para virtualmente todos salvo los que han sabido aprovechar las oportunidades para lucrar que les ha brindado un gobierno dominado por personas de ideas económicas rudimentarias, la estrategia supuestamente nacionalista de los kirchneristas más influyentes ha obstaculizado tanto el desarrollo del país que para recuperar el terreno perdido los próximos gobiernos tendrían que adoptar una que sea radicalmente distinta y que, desde luego, sería denunciada con vehemencia por los irremediablemente populistas.


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