El terremoto francés

El electorado francés es responsable del lamentable batacazo del candidato xenófobo, al tomar la primera vuelta como una oportunidad para protestar contra políticos aburridos.

Redacción

Por Redacción

En cualquier país, el que los candidatos de la derecha xenófoba y globalifóbica acabaran de cosechar el veinte por ciento de los votos en comicios nacionales sería motivo de gran preocupación, pero aun así no necesariamente provocaría muchos cambios por ser la mayoría firmemente contraria a sus pretensiones. En Francia, empero, el batacazo anotado por Jean-Marie Le Pen a caballo de un módico 17% del total parece destinado a tener consecuencias realmente traumáticas. Gracias al sistema electoral vigente, el político más racista de Europa occidental pudo privar al moderado Lionel Jospin de la posibilidad de competir contra el presidente Jacques Chirac en el ballottage, transformando de este modo lo que había sido una campaña anodina de la que Jospin bien podría haber salido victorioso en un desastre sin atenuantes. Aunque todo hace prever que el 5 de mayo próximo Chirac triunfará por un margen ridículamente amplio, el protagonismo de Le Pen ya ha servido para difundir un clima de crispación, sembrando el miedo entre los millones de inmigrantes norafricanos, desatando manifestaciones callejeras y convenciendo a muchos franceses habitualmente pacíficos de que la violencia política puede justificarse. En efecto, no sorprendería en absoluto que las dos semanas previas a la segunda y última vuelta se vieran caracterizadas por batallas campales en las ciudades principales de Francia. Por cierto, muchos lepenistas no necesitan pretexto alguno para actuar con brutalidad: si tienen derecho a considerarse víctimas de provocaciones intolerables, sería asombroso que vacilaran en aprovechar al máximo la ocasión así brindada.

De más está decir que en última instancia el responsable de este desaguisado es el electorado francés que decidió tomar la primera vuelta por una oportunidad para protestar contra lo aburridos que eran los políticos convencionales votando en favor de una gama pintoresca de personajes testimoniales. A la inmensa mayoría de quienes se prestaron a aquel juego, el «voto táctico» les salió por la culata. De haber pensado un poco más en lo que hacían, los que se consideran «izquierdistas» podrían haber dado a Jospin una cantidad de votos más que suficiente como para mantenerlo en la carrera pero, claro está, para su pesar optaron por castigarlo por su personalidad nada carismática, lo cual resultó extraño porque según las encuestas celebradas antes de la campaña electoral una proporción importante de los franceses se afirmaba satisfecha con su desempeño como primer ministro. En cuanto al propio Jospin, su voluntad de asumir la plena responsabilidad por la derrota y de anunciar en seguida su próximo retiro de la vida política contrasta llamativamente con la actitud de tantos políticos de otros países, entre ellos, el nuestro, que se aferran a sus puestos sin dejarse perturbar por la opinión de sus compatriotas.

El sistema electoral francés permite a las diversas corrientes -la derecha y la izquierda democráticas, más sus alas autoritarias o totalitarias- hacer coincidir sus respectivas internas con las elecciones nacionales, modalidad que al quitar votos a los candidatos «serios» que la mayoría aceptaría sin inquietarse posibilita el surgimiento vertiginoso de extremistas aun cuando éstos reciban menos del 20% del total. Tan perverso es el esquema, que para los franceses el resultado de la elección del domingo pudo haber sido peor aún: de haber contado la ultraizquierda con un candidato «carismático» al que los moderados hubieran podido votar con miras a «enviar un mensaje» a los gaullistas y socialistas, habría sido por lo menos factible que a pesar de recibir un ultra de otro signo apenas el 15 o el 16% de los sufragios, su país estaría preparándose para una segunda vuelta disputada por Le Pen y alguno que otro trotskista, eventualidad que hubiera tenido consecuencias devastadoras para Francia y para la mayoría abrumadora de sus habitantes. Del mismo modo, a menos que nuestro panorama político se aclare muy pronto, en el caso de que resultara necesario convocar a elecciones anticipadas, los protagonistas hipotéticos podrían ser personajes duchos en el arte de representar a los resueltos a protestar, pero totalmente incapaces de gobernar con un mínimo de eficiencia.


En cualquier país, el que los candidatos de la derecha xenófoba y globalifóbica acabaran de cosechar el veinte por ciento de los votos en comicios nacionales sería motivo de gran preocupación, pero aun así no necesariamente provocaría muchos cambios por ser la mayoría firmemente contraria a sus pretensiones. En Francia, empero, el batacazo anotado por Jean-Marie Le Pen a caballo de un módico 17% del total parece destinado a tener consecuencias realmente traumáticas. Gracias al sistema electoral vigente, el político más racista de Europa occidental pudo privar al moderado Lionel Jospin de la posibilidad de competir contra el presidente Jacques Chirac en el ballottage, transformando de este modo lo que había sido una campaña anodina de la que Jospin bien podría haber salido victorioso en un desastre sin atenuantes. Aunque todo hace prever que el 5 de mayo próximo Chirac triunfará por un margen ridículamente amplio, el protagonismo de Le Pen ya ha servido para difundir un clima de crispación, sembrando el miedo entre los millones de inmigrantes norafricanos, desatando manifestaciones callejeras y convenciendo a muchos franceses habitualmente pacíficos de que la violencia política puede justificarse. En efecto, no sorprendería en absoluto que las dos semanas previas a la segunda y última vuelta se vieran caracterizadas por batallas campales en las ciudades principales de Francia. Por cierto, muchos lepenistas no necesitan pretexto alguno para actuar con brutalidad: si tienen derecho a considerarse víctimas de provocaciones intolerables, sería asombroso que vacilaran en aprovechar al máximo la ocasión así brindada.

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