El turno de Prat Gay

Por Redacción

Para algunos, el hecho de que las escandalosas peleas públicas que se produjeron con cierta frecuencia entre el ministro de Economía Roberto Lavagna y el entonces jefe del Banco Central, Aldo Pignanelli, apenas incidieran en la conducta de los mercados habrá sido motivo de alivio, pero puesto que la escasa repercusión de un episodio que en otros tiempos hubiera ocasionado estupor se debió a que a esta altura el caos atribuible a la interminable interna peronista parece normal, hace pensar que una reacción menos catatónica ante los sucesos de los días últimos hubiera sido decididamente más saludable. De todos modos, cuando por fin Pignanelli le ofreció su renuncia, Eduardo Duhalde no tardó mucho en sustituirlo por Alfonso Prat Gay, un economista joven con mucha experiencia en la banca internacional cuyo perfil, dicen, es aquel de un «liberal» con algunos toques levemente «heterodoxos», lo cual no es exactamente una sorpresa, porque al presidente interino le hubiera resultado muy difícil encontrar un profesional respetado cuyas ideas en la materia coincidieran con las predominantes entre los miembros más eminentes de nuestra clase política, los que, como es notorio, raramente dejan pasar una oportunidad para hablar pestes del «liberalismo» en todas sus variantes.

Así, pues, podría considerarse la designación de Prat Gay como una nueva confirmación, si una más fuera necesaria, de la extraña costumbre nacional de encargar a «liberales» el manejo de las palancas económicas principales a pesar de que en el mundillo político constituyen una minoría muy pequeña. Antes de llegar a la Casa Rosada, Duhalde, lo mismo que su aliado radical Raúl Alfonsín, hablaba de los «liberales» como si a su juicio fueran los responsables de todos los males del país, tesitura que, huelga decirlo, no ha sido óbice para que les hayan pedido ocupar puestos clave en el gobierno, lo que podría tomarse por una forma de confesar que sabe muy bien que su discurso político es demagogia pura destinada a permitirle congraciarse con los habituados a la retórica antiliberal pero que en el fondo sólo refleja lo escaso que es su interés en pensar en las connotaciones de sus propios planteos vehementes.

Si bien es de suponer que Prat Gay, lo mismo que el titular del Banco Central del Brasil, Arminio Fraga, otro funcionario que antes de asumir su puesto actual había acumulado mucha experiencia en el ámbito de las finanzas internacionales privadas, cumplirá sus tareas con la mezcla de realismo y «heterodoxia» exigida por las circunstancias, nadie ignora que su gestión dependerá en gran medida de su relación personal con Lavagna y los demás integrantes del gobierno duhaldista. Por desgracia, en nuestro país los méritos profesionales suelen pesar mucho menos que «la lealtad» o, cuando menos, la capacidad para convencer a otros miembros del mismo gobierno de que las decisiones que se tomen no se inspiran en la ambición de conquistar «espacios de poder» a costillas de otros. Por lo tanto, el destino inmediato de Prat Gay será determinado por factores que en un país mejor organizado podrían carecer de significado porque, al fin y al cabo, el futuro de la economía nacional debería importar algo más a los responsables de manejarla que las rencillas particulares, sobre todo cuando dicha economía está debatiéndose en «la peor crisis de la historia». Si Prat Gay logra persuadir a sus compañeros de tareas de que es un «tecnócrata» sin ambiciones que a pesar de no comulgar con la «ortodoxia» se sabe constreñido a practicarla, podría lograr desempeñarse sin ser el blanco inmediato de ataques como aquellos que redundaron en la caída de Pedro Pou, Roque Maccarone, Mario Blejer y, últimamente, Pignanelli. En cambio, si resulta ser dueño de una personalidad fuerte que esté más que dispuesto a defender la independencia del Banco Central, resistiéndose a ponerse al servicio de alguna que otra fracción política o a probar suerte intentando medidas meramente voluntaristas, pronto se verá convertido en el enemigo número uno de los muchos que se han acostumbrado a achacar la falta de dinero «fresco» no al estado lamentable de las finanzas del país, sino al apego del titular de turno del Central a siniestras doctrinas ajenas a nuestro ser que lo hacen anteponer «los números» a «la gente».


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