Elogio de la actividad física





MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)

Hoy aceptamos como una verdad que un poco de ejercicio diario es bueno para la salud. Para llegar a tal conclusión no hay que ser un erudito, aunque por las dudas siempre habrá un médico, amigo o artículo periodístico dispuesto a recordarnos las bondades de su práctica. Así, podríamos enumerar los múltiples beneficios que produce la actividad física: 1) a nivel muscular aumenta la masa fibrosa y por lo tanto la fuerza y la resistencia a la fatiga, provocando reacciones más ágiles y evitando dolores difusos como la fibromialgia; 2) a nivel óseo, los huesos se hacen más gruesos, se vuelven más resistentes a las caídas traumáticas y, en su caso, se logra recuperar el estado normal antes que una persona sedentaria; 3) a nivel de las articulaciones, optimiza su funcionamiento debido a la musculación de tendones y ligamentos y a una mejora de la lubricación interna; 4) a nivel cardiovascular, a diferencia de una dieta o solución farmacológica, sólo el ejercicio mejora el corazón en tamaño, fuerza y eficiencia, aumentando el calibre de las arterias coronarias y la transmisión del oxígeno a la sangre, y 5) a nivel pulmonar, acrecienta la capacidad y limpia nuestros pulmones, evitando toses y ahogamientos. Hasta aquí las ventajas que, desde antaño, se conocen como consecuencia directa de la actividad física. Pero hay un costado tan fascinante como descuidado –sobre el cual hoy más que nunca se debe poner énfasis– que es el efecto del ejercicio regular sobre nuestra psiquis y el cerebro. Si bien desde la época de los romanos se habla de “men sana in corpore sano”, la historia se ha encargado de dividir las aguas de lo físico y de la mente. El dualismo cartesiano se empeñó en separar el espacio donde vive el cuerpo (la “res extensa”) de su parcela pensante (“la res cogitans”). Movimientos literarios como el existencialismo nos persuadieron de que para ser creativos había que aquietar las aguas del movimiento y sufrir sin compasión. Aún hoy para cierto sector de la intelectualidad la actividad física es un tema menor y peyorativamente la reducen a una cuestión estética, irreflexiva y frívola. La ciencia está demostrando que esta idea es falsa. Quienes practican actividad física sufren menos depresiones, aumentan su autoestima y capacidad de concentración y acrecientan la socialización y la tolerancia al estrés. Ergo, las personas activas ganan en felicidad y sosiego. Gran parte de esa sensación se debe a que nuestro cuerpo produce endorfinas, un conjunto de opioides naturalmente sintetizados por el organismo que calman los dolores y modulan nuestro ánimo. De hecho, personas que realizan actividad física de manera consistente tienen niveles más bajos de depresión, ansiedad e ira y denotan cierto vacío y hasta a veces malhumor cuando faltan a sus prácticas. Según el médico deportólogo Norberto Debbag, “El ejercicio físico sería como un fertilizante de las neuronas; las alimenta, las refuerza y las protege y, al mismo tiempo, obliga al cerebro a que trabaje, se regenere y fortifique, como otro músculo del cuerpo. Pero, además, estimula las conexiones entre neuronas disminuyendo la posibilidad de cuadros depresivos o enfermedades neuronales como el Alzheimer”. En un muy interesante artículo titulado “El cerebro se beneficia cuando se calza el jogging” (“Clarín”, 18/3/12), Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva, destaca diferentes investigaciones: a) científicos de Suecia demostraron que personas en edad media que entrenan al menos dos veces por semana tienen un 60% menos de probabilidad de desarrollar trastornos cognitivos en comparación con personas sedentarias; b) en un estudio con 120 adultos mayores sedentarios pero saludables y sin problemas de memoria se asignó a la mitad un programa de actividad física de tres veces por semana y, después de un año, se encontró que el volumen de sus hipocampos –una estructura fundamental para la consolidación de la memoria– no sólo no había disminuido sino que había aumentado de tamaño y c) en Irlanda un grupo de hombres sedentarios completó una prueba de memoria. La mitad, luego, se sentó en una bicicleta fija sin pedalear por 30 minutos y la otra mitad se entrenó de manera intensa hasta agotarse. Este último grupo demostró una gran mejoría respecto del anterior cuando volvieron a hacer la prueba de memoria. Al analizar su sangre, los investigadores notaron que en el grupo que había realizado ejercicio había niveles elevados de una proteína que promueve la salud de las neuronas. Para quienes detractan la actividad física por escasez de tiempo o una vida sedentaria no son necesarios grandes martirios ni exigencias desmedidas. Se pueden obtener grandes mejoras solamente con ejercicios físicos leves a moderados, concretados en forma regular tres veces a la semana, como caminatas de treinta minutos, andar en bicicleta, nadar o simplemente estar activo realizando actividades cotidianas de la casa. El caminar es gratis, no requiere de habilidades especiales, tiene bajo riesgo de lesiones y nos puede evitar horas enteras de consultorios y remedios. Estos minutos de movimiento, aliados a una buena organización del tiempo, pueden repercutir en la fase creativa, “oxigenando” las decisiones laborales, familiares, profesionales o intelectuales que debemos tomar cotidianamente. Por ello, pensar el ser humano como “un todo” es un gran favor que podemos hacernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos, sobre todo en tiempos en que observo con perplejidad cómo ciertos profesionales aconsejan la práctica indiscriminada de los videojuegos bajo el argumento de “la productividad, la atención exclusiva y de que a sus ejecutores se los está entrenando para cambiar al mundo”. Pues bien, si hay algo que la quietud y la larga exposición a los videojuegos jamás podrán conseguir por más marketing y publicidades que se empleen en ello es que las personas se muevan y junto con ellas, su voluntad y su corazón. Lo dicho no significa demonizar el ocio digital cuando éste es moderado ni los tiempos dedicados a la intelectualidad, al pensamiento, al arte y la meditación. Ellos son tan necesarios como la actividad física misma. Al decir de Haruki Murakami, el prestigioso escritor japonés, “la mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana… Precisamente por ello, aunque me digan que eso no es propio de artistas, yo sigo corriendo”. En síntesis, elogiar la actividad física no es más que una invitación a salir del letargo y demostrarnos a nosotros mismos que estamos vivos. Porque, como bien reza el dicho, “quien mueve las piernas mueve el corazón”. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física. marceloangriman@ciudad.com.ar


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