En contra del sentido común




El sentido común siempre es brutal, es un no-razonamiento. Es una imposición: una máquina que no soporta la crítica y responde con violencia. La única salida a esto es individual, por medio del pensamiento crítico


El diccionario de la Real Academia define al sentido común como “el modo de pensar y proceder tal como lo haría la generalidad de las personas”. Esta definición supone que el sentido común es la forma de pensar masiva en cada época histórica (la nuestra o la de las Cruzadas o la de la Revolución de Mayo), porque todos sabemos que en cada época histórica las creencias de las mayorías son distintas.

¿Por qué es importante interrogar el sentido común? Porque algo hay algo que no figura en la definición de la Real Academia, pero que es esencial: el sentido común es obligatorio o imperativo para todas las personas de cada época. El que se distancia del sentido común, el que no acepta las creencias esenciales de su época, es agredido, es separado de la comunidad. Es el exiliado del sentido impuesto por la época.

Tiene un valor religioso, que es lo que le permite a una comunidad sentirse plenamente re-ligada en un cuerpo común.

¿Cómo puede el sentido común tener tanta fuerza? En primer lugar porque nos ofrece algunos beneficios. Nada que sea solamente negativo logra imponerse a las mayorías de ninguna época (menos aún, de todas las épocas). El sentido común parte de verdades a medias, simplificaciones y prejuicios que suelen ser útiles. Que en muchos contextos (aquellos que se las arreglan sin drama ante las simplificaciones más brutales) pueden funcionar.

El problema es cuando se intenta cuestionar algunas de esas verdades a medias (o directamente mentiras) en las que se basa el sentido común. En ese caso surge la violencia social porque se piensa que se está atentando contra las creencias sagradas de la época. El sentido común tiene un valor religioso, que es lo que le permite a una comunidad sentirse plenamente re-ligada en un cuerpo común.

En cada época hay creencias tan arraigadas en el sentido común (que son siempre, sin excepciones, el resultado de una lucha política, ideológica o cultural -o todo eso junto-) que es casi imposible que se las tome como transitorias, y posiblemente falaces, en la misma época en la que se las toma por sentido común. Pero es fácil ver cuán erradas son esas creencias si miramos las “verdades” de sentido común de otras épocas.

Hace un siglo era el sentido común de todas las sociedades (también en las occidentales y entre las personas más cultas e informadas) que las mujeres no podían tener los mismos derechos que los varones porque eran animales meramente sensibles, casi irracionales, duchas en la tarea de parir y cuidar las crías pero incapaces de racionalidad y de fortaleza espiritual. Esto no era algo que declaraba un machista militante aislado: era una creencia que compartía la inmensa mayoría, tanto de las mujeres como de los varones. Había algún grupo aquí y allá que cuestionaba esta forma de pensar, pero era minoritario.

En el siglo XVII (así como en toda la Antigüedad) la esclavitud estaba tan naturalizada que nadie pensaba que estaba mal tener esclavos, y la inmensa mayoría tampoco creía que estuviera mal maltratarlos para “ponerlos en caja” o como forma de “educarlos”. Algo similar sucedía hace poco más de 50 años con las mascotas, que solían ser brutalmente maltratadas sin que nadie considerara mal esa forma de relación entre el humano y un animal.

El sentido común suele tener tal fuerza porque además de estar impuesto por algún grupo cultural-ideológico-político que ganó la guerra por el sentido, se naturaliza, se convierte en “lo obvio” y, además, se lo considera un adelanto en la lucha por la mejora social: “ahora somos más sabios que nuestros antepasados, que eran todos brutales y tontos”.

Pues no: lamento desilusionarnos. El sentido común de nuestra época es tan brutal, ignorante y totalitario como fueron todos los sentidos comunes en todas las épocas. La única diferencia es que ahora es “nuestro” sentido común. Es la forma en la que mayoría piensa el mundo. Hoy el sentido común en Occidente es el feminismo radical: “las mujeres son víctimas, son esencialmente buenas y siempre dicen la verdad; los hombres son violadores -al menos en potencia-, son esencialmente violentos y malvados y siempre mienten”. Esta forma de ver el mundo, tan sesgada, es tan totalitaria y falaz como la que defendía la esclavitud o la inferioridad de la mujer o pedía quemar vivo a los homosexuales.

El sentido común siempre es brutal: es un no-razonamiento. Es una imposición: una máquina que no soporta la crítica y siempre responde con violencia. Pero conocemos cómo funciona: aunque se presente como eterna y verdadera, cambiará (por otro sentido común igualmente intolerante y falaz). Así viene funcionando desde el origen de la historia.

La única salida a esto es individual, por medio del pensamiento crítico: ensayar la ironía y tener una enorme fortaleza de espíritu para poder soportar la violencia que se descarga sobre el disidente.


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